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Monsiváis y la vieja peste de la homofobia

Misael Habana analiza cómo la figura de Carlos Monsiváis es utilizada como pretexto para reactivar discusiones políticas ajenas a su obra y contexto histórico

Se asegura que la desinformación circula con mayor facilidad cuando se apoya en nombres de alta carga simbólica dentro de la cultura mexicana

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Por Misael Habana de los Santos


Opinión.- Desde que leí la infamia publicada contra Monsi en El Universal, periódico nacido como bastión histórico del conservadurismo mexicano, me dije de inmediato: esto no puede ser cierto.

Es la reacción natural de cualquiera cuando le atribuyen a una persona que conociste una conducta incompatible con su carácter, con su trayectoria y con la imagen pública que construyó durante décadas. Así intentaron hacerlo con Carlos Monsiváis y, de paso, en algunos pasajes de esa entrevista apócrifa, lastimar también la figura del expresidente Andrés Manuel López Obrador y la de quien fuera su vocero y jefe de Comunicación Social, Jesús Ramírez Cuevas.

La maniobra es la misma: fabricar la mentira para erosionar la autoridad moral y política del adversario.

Lo verdaderamente revelador es el mecanismo utilizado. Se recurre, una vez más, a la homofobia, todavía enquistada en amplios sectores de la sociedad mexicana y, por desgracia, reproducida incluso por algunos espacios que deberían combatirla. La insinuación sexual como arma política; la orientación íntima convertida en expediente judicial; el prejuicio elevado a categoría periodística.

No es nuevo. Es la última trinchera de los desesperados.

Así de ruin suele ser el conservadurismo nacional y sus pequeñas rémoras provincianas: cuando no puede vencer las ideas, intenta destruir la reputación de quienes las sostienen en este caso, la infamia no se conforma con mancillar la memoria de Monsiváis, sino que pretende alcanzar, mediante asociaciones maliciosas y relatos inverosímiles, a López Obrador y a Jesús Ramírez Cuevas.

En Guerrero vimos las réplicas inmediatas de la calumnia, esa antigua costumbre de envolver la cobardía con el celofán del periodismo, confirmando un rezago profesional que ya ni siquiera se esfuerza por ocultarse.

Conocí a Carlos Monsiváis en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Aragón, hoy Facultad de Estudios Superiores, semillero de periodistas y académicos. Éramos un grupo de profesores muy jóvenes, quizá inexpertos, acompañados por figuras mayores como Alicia Poloniato, Eduardo Mosches, Lilian Liberman, Roberto Fernández, Salvador Mendiola, Hortencia Moreno, etc.

Sembrábamos vida intelectual y política en aquel territorio que en los años ochenta algunos llamaban, con humor universitario, la Siberia de la UNAM. Carlos llegó a impartir una conferencia sobre cultura popular, adornada con uno de esos títulos monsivaisianos que eran pequeñas obras literarias en sí mismas, auténticos fuegos artificiales de la imaginación.

De aquel encuentro nació una amistad solidaria que se prolongó durante años, hasta que el terremoto de 1985 me expulsó de la Ciudad de México y, ya sureado, recalé en este puerto de playas coquetas y noches estroboscópicas que entonces parecían extenderse durante las veinticuatro horas del día.

—¿A qué vas a esa secundariota?— me dijo, con la ironía cariñosa que lo caracterizaba, cuando le comenté que trabajaría en la Universidad Autónoma de Guerrero.

Nuestra relación, alimentada por el afecto y la franqueza, continuó a través de largas conversaciones telefónicas. Jamás lo vi utilizar un teléfono celular. Monsiváis pertenecía a esa generación que todavía creía que la palabra dicha, con todas sus inflexiones y silencios, era más importante que la inmediatez electrónica. Así seguimos hablando hasta pocos meses antes al final de sus días.

Mucho se ha escrito ya sobre la infamia levantada contra alguien que ni siquiera puede defenderse. Y, como suele ocurrir, la verdad terminó ocupando su lugar, dejando al descubierto la inmoralidad de los calumniadores y el descrédito de quienes pretenden convertir los prejuicios en noticia.

Pero quizá convenga decir algo más. La grandeza de Carlos Monsiváis jamás dependió de la orientación sexual que le atribuyeran sus amigos, sus enemigos o los fabricantes de escándalos.

Su verdadera estatura provino de otra parte: de haber sido la conciencia crítica de una nación contradictoria, el cronista que convirtió la cultura popular en materia de reflexión y la voz que acompañó, desde la izquierda y desde las minorías, las luchas contra toda forma de discriminación.

Por eso resulta doblemente miserable el intento. Porque no sólo calumnia a un muerto ilustre; pretende utilizar como arma aquello que Monsiváis ayudó a dignificar durante toda su vida pública y, al mismo tiempo, convertir su memoria en un instrumento para golpear políticamente a quienes hoy representan una continuidad histórica y cultural con muchas de las causas que él defendió.

Como escribió alguna vez el propio Monsiváis, México es un país donde el sentido del ridículo suele llegar tarde a las citas importantes. La entrevista apócrifa de un tal Estévez pertenece precisamente a esa tradición: la del escándalo sin pruebas, la injuria sin talento y la homofobia disfrazada de revelación histórica.

Al final, la obra permanece y la basura informativa se la lleva el viento. Monsi sigue siendo Monsi. Los otros apenas alcanzarán la nota al pie de página de la infamia.


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