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Por Misael Habana de los Santos
Hay derrotas que llegan antes que los resultados electorales.
No aparecen en las urnas ni en las encuestas. Ocurren cuando un político deja de escuchar la realidad y comienza a escuchar únicamente el eco de su propia voz.
Las recientes declaraciones de Félix Salgado Macedonio tienen algo de eso.
“No he decidido si me registro o no”.
“No tengo ningún impedimento”.
“Respetaré la decisión de Morena”.
Todo dicho casi en la misma respiración.
Como si fuera posible avanzar y retroceder al mismo tiempo. Como si la realidad pudiera suspenderse mientras se negocia con ella.
Algunos observadores han recurrido al Quijote para explicar este episodio. Y algo de razón tienen. Hay en Félix una obstinación quijotesca, una resistencia a aceptar que los molinos son molinos y no gigantes.
Pero quizá la literatura ofrece una imagen más precisa.
La de Lear.
El viejo rey de Shakespeare.
Aquel monarca que confundió durante demasiado tiempo el poder con un patrimonio familiar.
Lear no entendió que había una diferencia entre gobernar y poseer el reino. Creyó que la autoridad acumulada durante años le pertenecía para siempre. Pensó que podía decidir el futuro como quien reparte una herencia.
Y cuando el mundo comenzó a cambiar, cuando sus propios allegados intentaron advertirle que los tiempos eran otros, simplemente dejó de escucharlos.
La tragedia comenzó ahí. No en la derrota. No en la pérdida del trono.
Sino en la incapacidad para reconocer que la historia ya había doblado la esquina. Algo parecido parece ocurrir hoy en Morena.
Claudia Sheinbaum ha sido categórica. Una y otra vez ha dicho que no está de acuerdo con que los cargos públicos se hereden entre familiares, incluso cuando medien elecciones.
La dirigencia nacional ha construido un discurso contra el nepotismo.
Los documentos internos hablan del rechazo al influyentismo, al amiguismo y a la utilización de los vínculos familiares como escalera política y arremete contra la corrupción.
Sin embargo, Félix continúa enviando señales contradictorias.
Como si todavía existiera una rendija.
Como si aún fuera posible negociar con la corriente de los acontecimientos.
Pero la política tiene una crueldad que la literatura conoce bien: los tiempos históricos rara vez esperan a quienes se niegan a comprenderlos.
Durante décadas Guerrero fue tierra de caciques. Gobernadores que heredaban el poder a sus grupos.
Alcaldes que entregaban el ayuntamiento a sus hijos.
Familias que confundían el presupuesto con la propiedad privada.
Morena nació precisamente prometiendo romper con esa tradición.
Por eso la discusión ya no gira alrededor de Félix Salgado Macedonio. La discusión es otra.
Morena debe decidir si las reglas contra el nepotismo son una convicción o apenas un discurso de ocasión.
Y Félix debe decidir si quiere pasar a la historia como el dirigente popular que ayudó a construir una nueva etapa política en Guerrero o como el último cacique que se negó a entender que los tiempos habían cambiado.
En Shakespeare, Lear termina solo bajo la tormenta. No porque sus enemigos fueran demasiado fuertes.
Sino porque pasó demasiado tiempo escuchándose a sí mismo.
Las tragedias políticas casi siempre comienzan así. Con un hombre convencido de que todavía manda.
Y con una realidad que hace mucho tiempo dejó de obedecerle.