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Hay muchas maneras de acercarse a Backrooms y todas, absolutamente todas, dan miedo.
Asusta que una película ideada por un director que apenas supera los 20 años esté revolucionando el género de terror. Espanta la genuina indefensión que provoca la simple imagen de un pasillo vacío con luces fluorescentes que zumban. Aterroriza el poder de la memoria (y del olvido) para transformar la realidad más común en algo siniestro. Pero, sobre todo, inmoviliza la certeza de la más terrible de las soledades. El miedo da miedo. Y esta película está firmada para ocupar todas las conversaciones desde ahora mismo hasta mucho más allá del verano.
El chico que aprendió cine pirateando software
Detrás de este fenómeno global está Ken Parsons (conocido en las profundidades de YouTube como Kane Pixels). En 2022, Parsons sacudió internet con una serie de cortometrajes virales en formato found footage (metraje encontrado) con estética de cinta VHS vieja. Eran secuencias perturbadoras en extremo pero extrañamente familiares: oficinas vacías, pasillos infinitos de color amarillo rancio, lugares habitados solo por los fantasmas de una nostalgia postiza.
El salto de la pantalla de una laptop a las salas de cine llegó de la mano de A24, el estudio que convierte en cool y obligatorio todo lo que toca. Le pusieron un presupuesto industrial, estrellas de la talla de Renate Reinsve y Chiwetel Ejiofor, y el hype hizo el resto. La prensa ya lo compara con los inicios de Orson Welles (quien filmó Ciudadano Kane a los 25).
"He pasado la mayor parte de mi vida en internet", confiesa Parsons. "Nací el mismo año que YouTube. A los once años empecé a aprender After Effects, que es como el Photoshop del video, con una laptop y software pirateado".
Un salto al vacío pero con paracaídas de oro
A pesar de su juventud, Parsons no se lanzó al estrellato a ciegas. El proyecto cuenta con la producción ejecutiva y el consejo de auténticos titanes del horror contemporáneo: James Wan (el cerebro detrás del universo El Conjuro) y Osgood Perkins (director de la aclamada Longlegs).
El resultado es sencillamente memorable. Para desesperación de los críticos más puristas, Backrooms inaugura una nueva era en el cine comercial, una que se atreve a vampirizar territorios hasta ahora prohibidos o ninguneados por la intelligentsia: los videojuegos, las estéticas de internet como el dreamcore y el veneno de un mundo infectado de pantallas. Junto a cineastas como Jane Schoenbrun (El brillo de la televisión), Parsons camina por el legado de las mejores pesadillas de David Lynch, el padre de todo esto.
La genealogía del pasillo maldito:
El Resplandor (Kubrick), Stalker (Tarkovski) Twin Peaks, (Lynch) Backrooms (Parsons)
¿Qué demonios es un "espacio liminal" y por qué nos aterra?
La película popularizó un término que viene de la sociología y los videojuegos: la liminalidad (del latín limen, umbral). Un espacio liminal es una zona de paso, un lugar de transición anormalmente vacío y con un ligero aroma entre irreal y onírico.
El antropólogo Marc Augé los llamó "no-lugares": vestíbulos, aeropuertos, hoteles o centros comerciales. Lugares funcionales por desesperación, despojados de identidad y sumidos en el silencio. Son escenarios de terror donde la sobremodernidad muestra sus peores excesos: la aceleración del tiempo y la expansión del espacio vacío. No es casualidad que nos generen nostalgia; crecimos recorriendo esos mismos pasillos infinitos en los videojuegos shooters de los años 90.
La trama: Cuando la realidad se rompe
Backrooms aterriza toda esta teoría en una historia profundamente humana. El dueño de una tienda de muebles (Ejiofor), quien está en terapia tras su divorcio (con Reinsve), descubre un pasadizo hacia lo que parece una dimensión paralela hecha exclusivamente de estos pasillos interminables.
Lo que sigue es un viaje incómodo. Da miedo por su descripción de la soledad, por lo inquietante que es verse en mitad de ninguna parte, por ser extraño y personal a la vez. "No he querido abrumar con demasiadas explicaciones. No es una obra terminada y hay mucho más que contar", advierte el director, dejando la puerta abierta a una franquicia.
La radiografía de nuestra propia alienación
Al final, Backrooms funciona porque es un espejo de la era pospandémica. Es un retrato de un mundo donde el "no-espacio" de internet sustituye la geografía real de las calles; donde el scroll infinito de TikTok o Instagram es la única medida del tiempo; donde la memoria vive suspendida en el brillo de una pantalla y tener una vivienda propia es la más irreal de las aspiraciones.
Backrooms es una película de miedo que da miedo porque se parece demasiado a nuestra vida diaria en el capitalismo tardío. Definitivamente, el miedo da miedo.