Tabla de contenido
Por Eduardo Serna
La 4T no puede ver que las esquirlas que se le desprenden a su monolítico aparato de gobierno, son las mismas que la oposición empequeñecida utiliza para golpearla. Esos fragmentos que se desprenden, son las piezas que, por fricción o disidencia interna, van tomando distancia, no del núcleo ideológico que las sostiene, sino de la dirección en la que se avanza. Esto plantea una incongruencia básica entre el discurso y la acción. Aparentemente no hay autorreflexión; los fanatismos internos son materia fluida, líquida, y se van adaptando orgánicamente a las circunstancias que plantean las decisiones del momento; este fracking interno ocasiona cacería de brujas contra los que por principio difieren. En este contexto entonces es justo preguntar:
¿Ya no es importante para este proyecto de nación el entorno natural?
De ser así, el costo social y ecológico sería altísimo. Proteger la naturaleza también es soberanía nacional. Se va presentando una brecha marcada que indica que "la soberanía nacional se está gentrificando". La voracidad del vecino crece a medida que se materializa su derrota en Asia occidental. Los capitales buitre, de manera velada, empiezan a ganar terreno, y la principal víctima es la naturaleza, al más puro estilo del neoliberalismo.
¿La soberanía se está convirtiendo en un accesorio narrativo y deja de ser una facultad suprema del pueblo mexicano?
En los art. 39 y 40 de la Constitución mexicana se indica que la soberanía radica en el pueblo como un ideal democrático y que todo poder público se crea para el beneficio de la ciudadanía, que se prohíbe cualquier injerencia que vulnere la soberanía nacional. Pero en un entorno donde los capitales mandan, la influencia hegemónica del norte parece que nos marca el camino. Por un lado, no podemos venderle petróleo a quien nos dé la gana, ahí está el caso de Cuba que, pese a toda la desinformación, se le vendía petróleo y ahora nos lo prohibieron; no podemos entablar una relación comercial saludable con China o Rusia; se nos obligó a poner aranceles a las importaciones de China y frenar inversiones. Las playas y territorios con potencial turístico prácticamente se ponen al servicio de capitales extranjeros; lo podemos constatar en las costas de Mahahual, que con marrullería legal jueces titubean en sus fallos, favoreciendo al capital extranjero; nuestro territorio se vuelve sede de datacenters, mismos que desde la oligarquía digital son centros de control y vigilancia, consumiendo gran cantidad de energía y recursos. Ante todo esto, da la impresión que el Estado queda relegado a la figura de un capataz que obedece órdenes del necrocapital. Entonces nuestro deber es hacer preguntas incómodas:
¿Las decisiones para desarrollar el fracking responden a la soberanía energética o a los deseos del capital extranjero?
A nivel global, la fracturación hidráulica produjo aproximadamente 280 mil millones de galones de fluidos contaminantes solo en 2012 en Estados Unidos, y estudios de la EPA demuestran que las actividades del fracking pueden contaminar fuentes de agua potable bajo diversas circunstancias. Peor aún, el metano que se produce en los sitios de explotación tiene un potencial de calentamiento global 86 veces mayor que el CO₂ en un lapso de 20 años. Adicionalmente, solo se recupera entre el 15 % y 35 % del agua utilizada en cada pozo, aumentando el riesgo de escasez hídrica local. Estos datos confirman que el fracking sí representa una amenaza tangible tanto para los entornos naturales como para la sociedad.
La conexión con el proyecto Sahuaro, impulsado por la empresa Mexico Pacific Limited con sede en Houston, Texas, es el eslabón más evidente de una cadena de extracción que subordina el territorio nacional al capital extranjero. Su objetivo es construir la planta de licuefacción de gas natural Saguaro Energía en Puerto Libertad, Sonora, y el gasoducto Sierra Madre de 800 km, que atravesaría 16 municipios de Chihuahua y Sonora para transportar el gas desde la frontera con Estados Unidos hasta la planta. Pero este gas no es mexicano: proviene de la Cuenca Pérmica (Permian Basin), en el oeste de Texas y Nuevo México, extraído mediante fracturación hidráulica, donde Shell, ExxonMobil y ConocoPhillips ya han firmado acuerdos de suministro o intención de compra de GNL. Lo que esta geografía deja claro es que la Cuenca Pérmica y la Cuenca de Burgos en México no son dos formaciones aisladas: la primera es una vasta región de 220,000 km² que abarca Texas y Nuevo México; la segunda, ubicada en la Planicie Costera del Golfo de México es su prolongación geológica natural hacia el noreste mexicano, mayormente en Tamaulipas. México Pacific planea extraer gas de la cuenca estadounidense, enviarlo por el gasoducto a Sonora, licuarlo en Saguaro Energía y exportarlo a Asia.
No se trata de soberanía energética: es la conversión del país en una plataforma de tránsito y procesamiento de un recurso ajeno, mientras en la Cuenca de Burgos, Pemex, bajo su Plan Estratégico 2025-2035, evalúa replicar el mismo modelo de fracturación hidráulica. El gasoducto Sierra Madre y la planta Saguaro Energía, con una inversión de 15,000 millones de dólares, buscan posicionar a México como el cuarto exportador mundial de GNL, pero lo hacen sin evaluaciones ambientales completas, sin transparencia y sin la participación de las comunidades afectadas, como ha denunciado la ONU, que advirtió que estos megaproyectos pondrían en grave riesgo el Golfo de California. De hecho, en diciembre de 2025 el proyecto seguía detenido por 10 amparos interpuestos por organizaciones civiles que alertan sobre sus impactos socioambientales y la ausencia de consulta previa.
Y en el plano normativo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (T-MEC), junto con el Acuerdo para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones (APPRI) entre México y Estados Unidos, otorgan a las empresas extranjeras mecanismos de arbitraje que permiten demandar al Estado mexicano si sus ganancias se ven afectadas por medidas ambientales o sociales, blindando de facto al capital frente al interés público. La Cuenca Pérmica y la Cuenca de Burgos no son dos cuencas separadas: son la misma herida geológica abierta a ambos lados de una frontera que, para el capital, nunca ha existido.
México importa casi todo su gas de Estados Unidos (80 %), pero podría no necesitar hacer fracking para dejar de ser dependiente: se puede invertir más en energía solar y eólica, que, además de ser más limpias, podrían crear casi un millón de empleos en el país. Otra opción es comprar gas a otros países como Trinidad y Tobago o Australia en barcos especiales (GNL), en lugar de depender solo de Estados Unidos. La diversificación de proveedores es un síntoma de soberanía. También puede simplemente usar mejor lo que ya produce: apostar por la eficiencia y arreglar fugas en tuberías y consumir menos energía.
Estas alternativas requieren inversión, así como proyecciones a mediano y largo plazo. Buscar esquemas transparentes en donde el control sea del Estado por sobre las empresas privadas que participen, asumiendo el menor daño social y ecológico posible.
El capitán Marcos del EZLN afirmó: "Según nosotros, podemos equivocarnos; la reconstrucción del Estado-Nación no es posible porque ya no tiene bases fundamentales".
Es decir que se ha perdido capacidad de decisión frente al capitalismo global, señal de que la soberanía se debilita por la apertura económica y los intereses transnacionales. Espero profundamente que el diagnóstico de Marcos sea equivocado y la 4T reconfigure la dirección que lleva por el bien de los mexicanos.
Como siempre lo invito a reflexionar y tomar acción.