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Por Eduardo Serna
Opinión.- El arte y el artista no necesariamente deben tener una función explícita; el aliento que impulsa la expresión artística es un misterio, esto se puede abordar desde muchos puntos de vista. Por ejemplo, para algunos, el arte no se debe a nada ni a nadie.
Autonomía del arte en la historia
A lo largo de la historia del pensamiento estético, diversos filósofos e intelectuales han defendido la idea de que el arte carece de función alguna y debe permanecer ajeno a la política.
Esta tradición encuentra uno de sus primeros fundamentos en Immanuel Kant, quien en su Crítica del Juicio concibió la experiencia estética como un placer “desinteresado”, independiente de cualquier utilidad moral o práctica.
Ya en el siglo XIX, el movimiento del “Arte por el Arte”, encabezado por figuras como Théophile Gautier, Charles Baudelaire, Oscar Wilde, radicalizó esta postura al proclamar que la única finalidad del arte es la creación de belleza, rechazando explícitamente cualquier compromiso con la moral, la sociedad o la política.
En el siglo XX, el crítico inglés Clive Bell, desde el formalismo, redujo el valor artístico a la “forma significativa” (líneas, colores y texturas), desligándolo de todo contenido ético o ideológico.
Por su parte, el crítico estadounidense Clement Greenberg, líder del modernismo, sostuvo que el arte auténtico debe ocuparse exclusivamente de sus problemas formales como la “planitud” en la pintura y consideró el arte políticamente comprometido como estéticamente inferior.
En conjunto, estos autores coinciden en un principio fundamental: el arte vale por sí mismo, no por su utilidad ni por su adhesión a causa política alguna.

El arte como compromiso social
En contraparte hay otras opiniones que contradicen la autonomía del arte. Frente a esta visión autonomista, otros filósofos e intelectuales han sostenido con igual fuerza que el arte sí cumple una función moral, social o política y que no puede ni debe permanecer ajeno a la política.
Ya en la antigüedad, Platón, en su República, argumentaba que el arte debía estar al servicio de la educación de los ciudadanos y ser regulado por el Estado para evitar representaciones corruptoras.
En el siglo XIX, León Tolstói, en ¿Qué es el arte?, definió el arte como un vehículo de transmisión de sentimientos religiosos y morales, cuya función era la unión fraternal de los hombres.
En el siglo XX, el dramaturgo Bertolt Brecht concibió un teatro épico y políticamente comprometido, cuyo propósito era generar conciencia de clase y transformar la realidad. Por su parte, Jean-Paul Sartre afirmó que el escritor está siempre situado y que la literatura es una forma de acción, toda obra artística implica un llamado a la libertad y una toma de posición ante el mundo.
En una línea más compleja, Theodor W. Adorno defendió que el arte autónomo no es apolítico sino que, precisamente mediante su autonomía, puede ejercer una crítica social negativa; sin embargo, rechazó el arte abiertamente militante por considerarlo propenso a la manipulación.
En conjunto, estos autores coinciden en que el arte, lejos de ser un ornamento desinteresado, es una práctica inseparable de la vida colectiva y del conflicto político.
Autonomía estética y crítica
Pero aquí podemos hacer una distinción importante: tanto Kant como Wilde en sus obras podemos encontrar un sinfín de críticas sociales, juicios al valor moral de su época, etcétera; entonces no son apolíticos.
El modo de hacer arte entonces abogaba, no por una autonomía total, sino una autonomía de la estética, proponiendo una visión que creara una contracultura que rompiera el estándar.
La autonomía estética, tal como la desarrollaron Immanuel Kant y Oscar Wilde, no implica un arte vacío o indiferente a la política, sino más bien la defensa de que el arte no debe ser instrumentalizado por intereses morales o utilitarios inmediatos.
En su Crítica del Juicio, Kant sentó las bases de esta autonomía al afirmar que el juicio estético es “desinteresado”, pero esto no lo convierte en un filósofo apolítico, su obra está atravesada por una profunda reflexión sobre la paz, el derecho y la ilustración.
Por su parte, Oscar Wilde, conocido por el lema “el arte por el arte”, llevó esta autonomía a una provocación contra el moralismo victoriano, pero lejos de encerrarse en una torre de marfil, escribió ensayos explícitamente políticos como El alma del hombre bajo el socialismo, donde sostuvo que solo un orden social justo puede permitir la verdadera libertad artística.
Así, tanto Kant como Wilde coinciden en que el arte vale por sí mismo, pero precisamente por esa autonomía puede ejercer una crítica social más radical, sin convertirse en mera propaganda o herramienta de poder.
Tradición latinoamericana viva
En la tradición latinoamericana podemos encontrar este mismo compromiso incluso potenciado; la visión del arte desde el sur global es profundamente descolonizadora.
En la pintura lo vemos en el muralismo mexicano, en Rivera, Siqueiros y Orozco, pero también en la obra íntima y política de Frida Kahlo.

En la música hay programas y directores que promueven la mexicanidad con maestría y respeto, desde Silvestre Revueltas hasta Carlos Chávez, pasando por compositores actuales que recuperan nuestras raíces sonoras.
En la literatura tenemos una basta lista de escritores comprometidos con su cultura: Eduardo Galeano, José Emilio Pacheco, Juan Rulfo, Julio Cortázar, etc. Todos ellos, hoy por hoy, son ejemplo de maestría.
El arte como reflejo social
El arte como expresión del espíritu humano está vinculado con todo lo que a lo humano le atañe y rodea, independientemente de que las obras de arte y sus autores no tengan intención explícita del compromiso social.
En este mundo hasta la basura cumple una función crítica; nos dice mucho de la sociedad que la genera. El arte es directamente proporcional a las sociedades y su profundidad reflexiva.
Flores de plástico y cultura
Es aquí donde quiero introducir parte del título que da nombre a esta columna: “Flores de plástico”.
Primero me gustaría entrar en la comparación del arte y las flores. Hablando de las flores y su función en la naturaleza, ¿Qué significa la flor para la planta? Su morfología llamativa, su perfume, el color, la tersura; en ella están los órganos reproductores que perpetúan la semilla y el fruto.

Están diseñadas de manera llamativa para activar la polinización; no es belleza efímera, cumple una importante función en la cadena de la vida.
¿Pero qué pasa con las flores de plástico? Cumplen una función meramente ornamental, adornan y nada más; no propagan la vida, no invitan a la polinización, no mueren y, a la larga, se convierten en basura.
Regresando al arte: el que no invita a la polinización es una flor de plástico, que a la larga contamina.
La cultura se propaga y desarrolla provocando la polinización de la sociedad, generando mieles artísticas. Cuando los promotores culturales de un lugar eligen adornar con flores de plástico a la sociedad, cometen un acto premeditado que encapsula la reflexión o impide que una cultura florezca de manera natural.
Esta ingeniería social es muy común, callada, y avanza hasta lograr la impostura cultural.
Cultura local y reflexión
En esta columna no pretendo hacer un enroque cultural que rechace lo “no local”, en Cancún lo local es pluricultural; eso sería un acto de cerrazón que reproduce otro tipo de vicios ombliguistas, que no tienden puentes para crecer.
Pero que traten de imponer cultura vacía es otra cosa. Habiendo tanta calidad y variedad, esos apoyos deberían enfocarse en su mayoría al desarrollo de la cultura local, y no tratar de vender espejitos.
Hay que apoyar la cultura de su comunidad y, como siempre, lo invito a reflexionar y tomar acción.
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