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Por Misael Habana de los Santos
Parece que Lionel Messi les enseñó a llorar a los argentinos. Era un dios sin dedos arrodillado.
Al finalizar la gran final, mientras España celebraba y el estadio se convertía en una fiesta ajena, Messi levantó la mirada hacia el cielo y se deshizo en lágrimas. Era la viva imagen de la derrota: un hombre inmóvil en medio del ruido, buscando quizá una respuesta allá arriba porque en el césped ya no quedaba ninguna.
No lloraba solamente un futbolista.
Lloraba el final de una época.
Argentina no perdía una final desde 2016, cuando Chile la derrotó en la Copa América Centenario. Durante una década, la albiceleste vivió bajo la protección de una certeza casi religiosa: Messi podía envejecer, el partido podía complicarse, los rivales podían resistir, pero al final la historia encontraría la manera de vestirse de azul y blanco.
Esta vez no ocurrió.
La derrota frente a España comenzó a perfilar entre los argentinos un sentimiento de orfandad: inminente, desconcertante, doloroso. Porque cuando un pueblo convierte a un futbolista en padre de la patria, su retiro no se parece al de un deportista. Se parece a la desaparición de una divinidad.
Messi les enseñó a ganar. Ahora les enseñaba a llorar.
La argentinofobia
Pero la derrota también dejó al descubierto algo que venía incubándose desde hacía tiempo: el rechazo que la selección argentina ha ganado a pulso en amplios sectores del mundo: la argentinofobia.
No es un rechazo al pueblo argentino. Sería una necedad confundir a una nación con once jugadores, del mismo modo que sería injusto reducir a México a la estulticia de sus gobernantes.
Argentina es un pueblo que ha sido motor de las luchas sociales de América Latina. El país de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo; de los trabajadores que resistieron al neoliberalismo; de los jóvenes perseguidos y desaparecidos por la dictadura videlista; de una sociedad que ha padecido crisis, corralitos, gobiernos fallidos y recetas económicas escritas lejos de sus barrios.
El rechazo se dirige a otra cosa.
A la arrogancia convertida en estrategia. A la provocación presentada como carácter nacional. A ciertos jugadores que confundieron el campeonato del mundo con un permiso para humillar al vencido, burlarse del rival y comportarse como si el talento eximiera de la decencia.
No ayudó aquella escena posterior al partido contra México en Qatar 2022. En el vestidor argentino apareció en el suelo una camiseta mexicana y Messi la desplazó con el pie mientras se quitaba el calzado. No era una bandera, como se afirmó en las redes, y nunca se demostró que hubiera una intención deliberada de insultar a México. Saúl “Canelo” Álvarez lo acusó de una ofensa y después reconoció que se había dejado llevar por la pasión y ofreció disculpas.
Pero en política, como en el fútbol, las imágenes no siempre necesitan comprobar una intención para convertirse en símbolos.
La camiseta mexicana en el suelo quedó instalada en la memoria de muchos aficionados. No como prueba de un crimen contra la patria, sino como una pieza más de esa sensación de soberbia que acompañó a la selección argentina durante sus años de gloria.
Maradona y Messi: dos formas de representar a Argentina
La Argentina futbolística de Messi es muy diferente a la Argentina futbolística del Pelusa.
Diego Armando Maradona fue excesivo, contradictorio, pendenciero y genial. Podía caer mal y podía caer peor. Pero nunca fue neutro. Fue amigo de Fidel Castro, llevó al Che Guevara tatuado en el cuerpo, abrazó a Hugo Chávez y denunció a los dirigentes de la FIFA cuando todavía eran tratados como príncipes intocables.
Maradona pertenecía al barrio.
Era el hijo insolente de Villa Fiorito que entró a los palacios sin limpiarse los zapatos. El que entendió que el balón también podía ser una piedra contra las ventanas del poder.
Messi eligió otro camino. El de las grandes marcas, los contratos globales, la prudencia política y el silencio cuidadosamente administrado. Su figura se adaptó mejor al fútbol convertido en una corporación planetaria, donde los jugadores ya no son únicamente deportistas: son empresas con piernas, marcas registradas, escaparates ambulantes.
No es un delito. Tampoco disminuye su grandeza sobre el terreno de juego. Pero produce otra clase de héroe.
Maradona jugaba como si defendiera el honor de los que nunca fueron invitados al banquete.
Messi juega como si cargara sobre los hombros la obligación de no decepcionar a una nación, a sus patrocinadores y a la industria que edificó alrededor de su apellido.
Quizá por eso sus lágrimas son distintas. Las de Maradona parecían lloradas por un barrio entero.
Las de Messi son las lágrimas solitarias de un hombre que alcanzó todo y, sin embargo, descubrió que no podía detener el tiempo.
Argentina es mucho más que su selección
Pero Argentina no termina en Messi ni comienza en Maradona.
Argentina es Jorge Luis Borges recorriendo los laberintos de la memoria; Julio Cortázar enseñándonos a jugar rayuela sobre los límites de la realidad; Ernesto Sabato descendiendo a los túneles del alma; Rodolfo Walsh escribiendo contra la Junta Militar aun cuando sabía que cada palabra podía costarle la vida.
Argentina es Alejandra Pizarnik haciendo poesía con las astillas del dolor; Juan Gelman buscando en las palabras a sus muertos; Alfonsina Storni caminando hacia el mar; Roberto Arlt retratando la rabia de las calles y Osvaldo Bayer rescatando del olvido a los peones fusilados de la Patagonia.
Es Mercedes Sosa, la voz de los que no tenían voz.
Es Atahualpa Yupanqui recordándonos que las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas.
Es Astor Piazzolla haciendo que el bandoneón sonara como una ciudad herida. Es Charly García saltando de los hoteles y pidiendo que los ingleses no bombardeen Buenos Aires. Es León Gieco preguntándonos por qué Dios no escucha a quienes sufren. Es Fito Páez cantándole a los amores que sobreviven a las ciudades.
Y es Enrique Santos Discépolo escribiendo, hace casi un siglo, una frase que parece compuesta para este presente: “Que el mundo fue y será una porquería…”
Discépolo no hablaba del fútbol.
Hablaba del poder, de la hipocresía, de la derrota moral de una época en la que resultaba lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o ladrón.
Sin embargo, el fútbol termina pareciéndose demasiado al mundo.
Tiene sus imperios, sus dictadores, sus corporaciones, sus millonarios, sus bufones y sus multitudes hambrientas de una alegría que dure más de noventa minutos.
También tiene héroes que envejecen. Y pueblos que un día despiertan sin saber quién ocupará el lugar del padre.
España derrotó a una selección. El tiempo derrotó a un mito.
Messi miró hacia el cielo y lloró porque comprendió que hay partidos que no pueden repetirse, cuerpos que no obedecen eternamente y coronas que tarde o temprano deben caer al suelo.
Como aquella camiseta mexicana en el vestidor de Qatar.
Sólo que esta vez fue la camiseta argentina la que quedó simbólicamente tendida sobre el césped.
Y nadie pudo levantarla.