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Por Eduardo Serna
Generalmente, cuando decido qué temas abordar para esta columna, pienso en sucesos concatenados con la historia y, sobre todo, la historia no oficial, que siempre deriva en acciones que se manifiestan en nuestro presente y que, a través del análisis y la reflexión, muchas veces se puede aventurar la opinión de uno a referir el futuro, no como adivino místico, sino basado en la relación que nuestro presente desarrolla con el pasado y para detonar discusiones que enriquezcan la percepción y que muchas veces se contrapongan con ideas que circulan en medios controlados. A la verdad nunca llegaremos del todo; aspiramos más bien a percibir una realidad más amplia, pero nunca total. Estamos ahora en un punto donde esta acción de obtener claridad a través del conocimiento les juega en contra a los que detentan el poder. Es por eso que se ha emprendido la guerra cognitiva, la batalla que se libra en nuestra mente y que pretende cambiar la percepción y la historicidad en la que se sustenta. Eso impacta principalmente en el hecho de que las jóvenes generaciones estén perdiendo esa capacidad crítica y abreven conocimientos de fuentes estériles y programadas para la distorsión disfrazada de intelectualidad.
En últimas fechas se han dado ataques retrógrados en donde influencers y comunicadores, algunos de ellos mercenarios del micrófono, otros simples repetidores de un trending topic, se han montado en la ola que a “alguien” se le ocurrió. Esto para nada tiene que ver con los think tanks conservadores de la ultraderecha; es una cuestión que surgió de manera natural y que, para estas salas de la comunicación, parece conveniente discutir (sarcasmo). Por supuesto que fue un tópico creado en un think tank en Washington, perfectamente estudiado por las corrientes atlantistas de ultraderecha. La simultaneidad con la que están ocurriendo cosas en el mundo, llámese la toma de la Patagonia, los ecocidios, el genocidio en Gaza, la guerra en Irán, la guerra de Ucrania y Rusia, la batalla de los mercados y de las divisas, requiere que la población no participe de esos debates, que no reconozca quiénes son los generadores en donde se origina la deshumanización sistemática que estamos viviendo. Estas cortinas de humo, porque eso es lo que son, tienen la función de ocupar las mesas de debate. Por supuesto que el voto femenino o el voto de las personas sin importar su nivel de estudios o su nivel socioeconómico son derechos grabados en leyes y en constituciones, protegidos por instituciones y gobiernos, que sería muy difícil que se den las circunstancias que las hagan mover.
Es grave plantear discusiones sobre acotar derechos cuando la democracia ni siquiera es algo que se ha establecido para todos, a pesar de leyes e instituciones que la defiendan y promuevan. Abordar discusiones serias sobre derechos implica por fuerza fortalecer las instituciones y leyes que las sustentan. La sociedad es reflejo de una humanidad contradictoria, pero estos “debates” como se vienen dando se ve que son importados; es decir, este debate surgió primero entre las mujeres conservadoras en Estados Unidos y posteriormente lo retomaron las huestes digitales reclutadas por los atlantistas. No es un debate orgánico y mucho menos justo o necesario.
Es de llamar la atención que hoy por hoy se lleven a las mesas de discusión cosas como el derecho universal del voto, el derecho del voto de la mujer, el fascismo, el clasismo, que si tienes más derecho por la educación, que si tienes más derecho por el género, que si tienes más derechos por la posición económica. En pleno siglo XXI, ¿a un grupo de personas se les hace pertinente tener esta discusión? No se trata de cancelar a nadie, pero se trata de temas que ya se han superado en la historia. La misma realidad implica hoy por hoy otras cosas que afrontar: el cambio climático, la real opresión de los poderosos, el incumplimiento de las leyes internacionales, la demolición sistemática de las instituciones internacionales que se suponía daban orden, las guerras, el colonialismo.
Como ya se lo he mencionado, entrar en estos temas estériles es una cortina de humo. Por supuesto, es para mantener entretenida a una población que no reflexiona, sino que consume información. Ni siquiera se debería estar tomando en cuenta esto, pero esa manera reactiva de informarnos y de montarnos en la ola nueva impide que profundicemos y analicemos un panorama generalizado de lo que sucede en el mundo.
Esto es parte de la guerra cognitiva y de la disonancia cognitiva. En referencia al otro tema de discusión que se está poniendo de moda desde la cabeza siniestra de Marco Rubio y en contra de lo que llama las “izquierdas terroristas”, y que básicamente se compone de todo lo que se manifieste de manera distinta a lo que los think tanks de Washington piensan, y todo se mete en un costal que por fuera dice comunismo, y aquí el autor M. Remski nos regala un pensamiento que dice lo siguiente: «No se trata de defender el socialismo a capa y espada frente a la pregunta trampa de “Muéstrame un lugar donde el socialismo haya funcionado”, sino de evidenciar que el capitalismo y el fascismo dependen de impedir que la gente sepa cosas importantes». Remski sostiene que la prueba de esta supresión está documentada en la historia reciente: en el Santiago de Allende, entre 1970 y 1973, existía un laboratorio vivo de investigación marxista con cinco think tanks internacionales; sin embargo, cuando Pinochet, respaldado por la CIA, dio el golpe, destruyó todo en cuestión de horas, asesinó, encarceló o exilió a los investigadores y designó militares jubilados como rectores. El ejemplo más escalofriante es el de Orlando Letelier, economista de Allende, a quien la policía secreta de Pinochet asesinó con una bomba en su coche en Washington D.C. en 1976, solo porque no le gustaba su investigación sobre el flujo de capital. Ese mismo patrón, añade Remski, se repite hoy: en Gaza, el ejército israelí asesina periodistas para ocultar el genocidio; y bajo Trump, se despidió a científicos del clima para negar la catástrofe ambiental. La sentencia final que rescata Remski es brutalmente lúcida: «Cuando el socialismo funcionaba, como en Chile, fue destruido; los responsables borraron la evidencia y hoy siguen suprimiendo a quienes investigan alternativas». Por eso, concluye el autor, «el capitalismo necesita que no sepas cómo funcionan otras cosas, igual que necesita ocultar el cambio climático, la contaminación y las enfermedades». Esa es la verdadera cortina de humo que nuestra columna denuncia: la discusión estéril sobre derechos ya conquistados no es más que ruido mediático para que no veamos que el poder se sostiene sobre la ignorancia forzada y sobre el silencio de los que se atreven a investigar.
¿Cómo es posible que aceptemos situaciones que están sucediendo, genocidios, desplazamientos forzados en el sur del continente, explotación de recursos por corporaciones transnacionales, destrucción de la naturaleza, embargos inhumanos a países como Cuba y simplemente hagamos caso omiso? ¿Cómo es posible que una élite de pederastas imputados y señalados no sea uno de los temas más importantes? ¿De qué tipo de inmunidad gozan? Nos limitamos a hacer un comentario en las redes sociales, un like o un dislike, y el scroleo eterno, que sepulta la realidad, como si esta ya no importara.
Como siempre, los invito a reflexionar y tomar acción.