ir al contenido

El tiempo de recoger las banderas

Misael Habana analiza el papel que mantiene Félix Salgado Macedonio en la sucesión de Guerrero y plantea que ha llegado el momento de decidir entre seguir disputando espacios o enviar una señal de unidad al interior de Morena

Traducido al lenguaje político, el mensaje parece inequívoco: la dirigencia reconoce el peso específico de Félix, pero el proceso interno sigue otro cauce

Tabla de contenido

Por Misael Habana de los Santos

En política, negar la realidad suele ser el primer paso para equivocarse en el diagnóstico.

Quien hoy pretenda construir un análisis serio sobre la sucesión de Guerrero negando el liderazgo de Félix Salgado Macedonio parte de una premisa falsa. Podrá gustar o no, podrá compartirse o combatirse, pero durante más de dos décadas ha construido un liderazgo que ningún otro actor político del estado ha logrado consolidar.

Otra discusión distinta es la naturaleza de ese liderazgo.

Es un liderazgo profundamente personal. No descansa en una estructura institucional sino en la figura del propio Félix. Sus seguidores lo acompañan porque creen en él, porque se identifican con su historia o porque, como ocurre en toda organización política, esperan una oportunidad de participar en el poder. También es cierto que muchos de quienes ayer fueron sus aliados hoy son sus críticos más severos, convencidos de que nunca llegó la reciprocidad esperada. La política también tiene memoria… y facturas pendientes.

Mientras tanto, Morena avanza por un camino que parece ya definido.

En el escenario de quienes sí participan formalmente en el proceso interno, tres nombres aparecen con mayor consistencia: Beatriz Mojica, Abelina López y Esthela Damián. Son las tres mujeres que concentran buena parte de la atención política rumbo a la coordinación estatal.

Y alrededor de ellas sigue gravitando un actor que decidió no registrarse: Félix Salgado Macedonio.

Su capital político continúa siendo considerable. Quienes conocen las mediciones internas sostienen que su nivel de conocimiento y respaldo permanece competitivo. Sin embargo, las diferencias entre los principales actores parecen haberse estrechado hasta configurar un escenario donde nadie posee una ventaja definitiva y donde cada punto puede resultar decisivo.

Pero la política no sólo se mueve con encuestas.

También se mueve con señales.

Y las señales que llegan desde la dirigencia nacional de Morena parecen cada vez más claras.

La presidenta nacional del partido, Ariadna Montiel, ha reiterado una convicción que va incluso más allá del criterio formal de paridad.

“¿Qué tal que ganan 17 mujeres y ya no tenemos que ajustar nada? Esa es mi convicción: que sean sólo mujeres.”

La frase no es menor.

Tampoco lo fue la declaración realizada este martes durante la conferencia matutina presidencial, cuando respondió sobre Félix Salgado Macedonio:

“Él no se registró como aspirante y como él no es candidato lo voy a acompañar en las asambleas.”

Traducido al lenguaje político, el mensaje parece inequívoco: la dirigencia reconoce el peso específico de Félix, pero el proceso interno sigue otro cauce.

Quizá ahí radique el momento más importante para el senador con licencia.

Los grandes liderazgos también se miden por la forma en que saben administrar el tiempo.

Félix conserva un capital político respetable. Nadie sensato podría negarlo. Pero también posee información privilegiada sobre los tiempos de su partido y conoce mejor que nadie las reglas no escritas de Morena. Si ese diagnóstico es correcto, quizá haya llegado el momento de enviar señales de unidad a la dirigencia nacional y a quienes hoy encabezan la competencia formal.

Porque negociar nunca ha significado rendirse.

Al contrario.

Los votos que aún representa pueden inclinar la balanza, fortalecer un proyecto político o convertirse en el factor que termine definiendo una elección.

Los capitales políticos, como las mareas de Acapulco, tienen ciclos. Suben, alcanzan su punto más alto y después comienzan a retirarse.

La diferencia entre un político común y un verdadero operador consiste en saber exactamente cuándo recoger las banderas antes de que el viento decida hacerlo por él.

Más reciente