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Por Misael Habana de los Santos
La esperanza del senador con licencia Félix Salgado Macedonio en gobernar Guerrero es similar a la que hoy alimenta el corazón del pueblo mexicano frente a un casi imposible: que México levante la Copa del Mundo en 2026.
¿Y si sí?
De ese territorio donde habitan los milagros deportivos y las resurrecciones políticas parece nutrirse el último intento del Toro de Las Querendas. Cuando todo indica que el camino está cerrado, cuando tres mujeres —la presidenta Claudia Sheinbaum, la dirigencia nacional de Morena Ariadna Montiel y Citlali Hernández— han marcado los límites de la sucesión guerrerense, reaparece la vieja consigna estampada en las playeras de los organizadores, de los animadores y de quienes custodiaban el orden del evento:
—¿Y si sí?
El ave fénix de la política guerrerense siempre encuentra alguna brasa donde volver a encenderse.
La colonia Emiliano Zapata amaneció distinta. Demasiados forasteros. Demasiados vehículos. Demasiado movimiento para un sábado cualquiera.
Una mujer negra, de las que todos los días destazan pescado en las calles aledañas al mercado, observaba el desfile humano con la sabiduría práctica que dan los años y la necesidad.
—Se ve que hay mucho dinero, mucha comida. A la gorra ni quien le corra.
La vendedora de aguas frescas de colores, instalada unos metros adelante, celebró el chascarrillo y lanzó otro dardo:
—Y todo con nuestro dinero.
Son opiniones del pueblo llano, verdades de banqueta que no necesitan pasar por el tamiz de la academia.
Más adelante encontré a una vieja lideresa de colonos, conocida desde los tiempos en que el PRI era el aire mismo que respiraba Guerrero.
—¿Qué haces aquí? ¿Viniste a apoyar al Toro?
La respuesta fue inmediata:
—¿Qué Toro ni qué Toro? Yo vengo a apoyar a Ricardo Salinas.
La política mexicana también está hecha de lealtades personales, de afectos y de cálculos más terrenales que las grandes proclamas ideológicas.
Ya en el lugar de la concentración, una manta declaraba un amor desmesurado:
—Arturo Salinas, te amamos.
El homenaje espontáneo acompañaba la llegada de transportistas provenientes de las dos costas y del centro del estado.
Un grupo de choferes de urbanos de Xochistlahuaca conversaba en yondaa mientras su dirigente negociaba en español perfecto con dos funcionarias que pasaban lista y recogían demandas.
—Dígale que nos reciba, y la reunión tiene que ser en Xochis. Si no, no hay apoyo. Otros ya nos andan buscando.
La política, como el mercado, detesta los monopolios.
Porque aquello que oficialmente se llamó Asamblea en Defensa de la Soberanía Nacional nunca fue, en rigor, una asamblea. No hubo deliberación colectiva. No se votó ninguna resolución. Nadie discutió acuerdos ni ejerció el derecho de disentir.
Fue un mitin. Un acto político tradicional, de los de toda la vida, con un líder al frente y una multitud escuchando. Ya la oposición y la misma gente de Morena hablan de un acto político de Estado.
En el templete aparecieron las hijas del Toro, hermanas, sobrinos y familiares de la gobernadora Evelyn Salgado. Celeste, Sol, los jóvenes cantantes de la familia, uno de ellos, según una persona cercana al grupo, con mejores condiciones vocales que el otro.
—¿Y Estrellita? —pregunté.
—A ella no le gustan estas cosas. Está estudiando. No le gusta ni la cantada. Ya ves que a todos les gusta la artisteada.
Por el escenario desfilaron funcionarios, aspirantes y operadores políticos. Ahí estaban el secretario del Bienestar, reiterando su convicción con el ya clásico “¡Hay Toro!”; Jesús Urióstegui, vestido de negro y con la sobriedad del que todavía espera otra oportunidad política; y, sobre todo, el oficial mayor Ricardo Salinas Méndez, convertido en una especie de estrella local.
Todos querían una fotografía con él.
Una señora arrastró literalmente a su hija adolescente, una muchacha de cabello teñido de rubio, para tomarse la selfie reglamentaria.
—Ándale, juntito con el licenciado.
La joven sonrió por compromiso. La madre, mucho más.
Pero la fotografía política más reveladora fue otra.
Prácticamente todo el gabinete estatal estaba ahí o, al menos, buena parte de sus figuras visibles. El secretario de Turismo, Simón Quiñones; el subsecretario de Gobierno, Francisco Rodríguez Cisneros; el director de Comunicación Social, René Posselt, además de otros funcionarios y operadores del aparato gubernamental que acompañaron la demostración de fuerza del senador con licencia.
El mensaje era inequívoco: el Toro sigue teniendo estructura, territorio y capacidad de movilización.
El músculo también es un lenguaje político.
Bolovanes, bolillos rellenos, chilate, botellas de agua fueron distribuidos en el estacionamiento de Cinépolis. Camiones cargados de alimentos para los transportados.
En la cancha Los del Sabor aportaban la música necesaria para completar una cacofonía casi perfecta que por momentos evocaba aquellos viejos mítines del partido hegemónico.
Entonces llegó la pregunta.
La pregunta destinada a negar lo evidente.
—¿Alguien fue obligado a venir?
—¡Noooo!
—¿Alguien recibió dinero?
—¡Noooo!
—¿Algún paquete de láminas?
—¡Noooo!
La multitud respondió disciplinadamente a la pedagogía política de su líder.
Pero mientras el discurso avanzaba sobre las amenazas internas y externas contra la soberanía nacional, la gente comenzaba a retirarse poco a poco.
El calor, la necesidad o simplemente la costumbre pudieron más que la geopolítica.
Como viejo maestro rural frente a su grupo de primaria, Félix preguntaba lo obvio:
—¿Qué quiere Estados Unidos de México?
Y lanzaba otras interrogantes a una multitud cada vez más dispersa, a personas que probablemente estaban allí por razones mucho más concretas que la defensa abstracta de la soberanía: conservar un empleo, gestionar unas placas de taxi, obtener algún apoyo, resolver un trámite, mantener una relación política o simplemente cumplir con los rituales eternos de la movilización guerrerense.
Entonces surge la pregunta inevitable.
¿Qué pensarán los aspirantes registrados y reconocidos oficialmente por Morena para coordinar los trabajos del movimiento en Guerrero ante esta demostración de músculo político?
¿Estarán de acuerdo con el deseo de poder envuelto en la nueva consigna felixista del “¿Y si sí?”?
¿Comparten la esperanza de una excepción, de una rendija jurídica o de un milagro político de última hora que permita alterar las reglas que el propio partido ha establecido?
Porque el “¿Y si sí?” es, en el fondo, una vieja categoría nacional. La misma que aparece cada cuatro años cuando la Selección Mexicana salta a la cancha y millones de mexicanos vuelven a creer, contra toda lógica estadística, que esta vez sí será posible.
La esperanza es el combustible de la política mexicana.
Y así, entre bolovanes, chilate, selfies, música tropical, consignas coreadas y discursos sobre amenazas imperiales, terminó una asamblea que nunca fue asamblea, sino mitin; una demostración de fuerza que obliga a preguntarse cuánto ha cambiado realmente Guerrero.
Porque uno mira alrededor y encuentra la misma pobreza, las mismas necesidades, las mismas formas de hacer política y las mismas disputas por el poder.
Y a veces, la misma gente vestida con otro color y gritando “gobernador, gobernador”.
Lo mismo en el mismo lugar y con otra gente.
Y a veces, la misma gente vestida con otro color.
Así “semos” y así estamos en Guerrero después de cinco años de transformación.