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El Cachorro de Sandino: El símbolo que se convirtió en preso político

Un icono de la juventud revolucionaria, una generación partida y la paradoja del sandinismo en el poder

El Cachorro era el joven que ni se vendía ni se rendía y sabía defender a la patria.
El Cachorro era el joven que ni se vendía ni se rendía y sabía defender a la patria.

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Managua.- Hay imágenes que se graban en la memoria colectiva. Una de ellas, tomada en octubre de 1986, muestra a un joven soldado nicaragüense de apenas 18 años, fusil en mano, custodiando a un prisionero estadounidense con barba y gorra. El soldado, de rostro aniñado y mirada seria, es Fernando Canales. El prisionero, Eugene Hasenfus, es el único superviviente de un avión derribado sobre la selva nicaragüense. La fotografía dio la vuelta al mundo y destapó el escándalo Irán-Contra, probando la implicación directa de la administración Reagan en la guerra contra la revolución sandinista.

Canales y sus dos compañeros —Byron Montiel, de 17 años, y Raúl Acevedo, de 20— eran "cachorros de Sandino", la generación de adolescentes que empuñaron las armas para defender la revolución. Cuarenta años después, esos cachorros tienen destinos opuestos. Montiel, Canales y Acevedo recibieron en 2024 la máxima condecoración del Estado, la Orden Augusto C. Sandino, y ocupan cargos oficiales. Otro cachorro, Marvin Vargas Herrera, cumple más de trece años en prisión por haber protestado contra el mismo gobierno que alguna vez le prometió una patria mejor.

El símbolo ya no es el mismo. O quizá sí, pero el espejo en el que se refleja se ha roto.

El arquetipo

En la década de 1980, "El Cachorro" era el centro de una poderosa campaña propagandística. Representaba al joven revolucionario ideal: valiente, humilde, disciplinado, leal a la revolución y dispuesto al sacrificio. La frase que lo definía —"ni se vendía ni se rendía y sabía defender a la patria"— resonaba en carteles, canciones y discursos. Era un arquetipo, el "hombre nuevo" que la revolución pretendía forjar en las montañas.

El Servicio Militar Patriótico (SMP) fue el crisol de esa generación. Miles de adolescentes, a menudo con solo 16 años —dos menos de la edad reglamentaria—, se integraron voluntariamente al ejército popular. La montaña se convirtió en el lugar simbólico de su transformación, el espacio donde el egoísmo individual era eliminado en favor del colectivo y la soberanía nacional.

Detrás del mito había carne y hueso: muchachos que creían estar construyendo un país
Detrás del mito había carne y hueso: muchachos que creían estar construyendo un país nuevo..

La iconografía del cachorro se inspiró en jóvenes combatientes muertos durante la guerra. Con el tiempo, trascendió a las personas reales y adquirió vida propia como mito político. Pero detrás del mito había carne y hueso: muchachos que creían estar construyendo un país nuevo, que defendían a su patria de lo que percibían como una intervención extranjera y que, en muchos casos, pagaron con su vida o su juventud esa creencia.

La gesta de octubre

El 5 de octubre de 1986 fue un día decisivo. El avión C-123K, volando a baja altura para evadir los radares, transportaba un cargamento de 13 mil libras de armas para la contra nicaragüense: fusiles AK-47, lanzacohetes RPG-7 y munición. La nave fue derribada por un cohete tierra-aire disparado por tres jóvenes soldados del Batallón de Ligero Cazador "Gaspar García Laviana".

Hasenfus, el encargado del lanzamiento de la carga, fue el único sobreviviente. Se lanzó en paracaídas y fue capturado al día siguiente, cuando intentaba huir por la selva. La historia local cuenta que fue el cachorro Raúl Acevedo quien lo encontró en una choza abandonada y lo conminó a rendirse con la frase que se volvió legendaria en el imaginario popular: "¡Rendite, gringo, o te volamos verga!".

La fotografía del joven Canales conduciendo al prisionero Hasenfus, tomada por el fotorreportero Lou Dematteis, apareció en las portadas de los principales diarios del mundo. Las confesiones del prisionero, que admitió trabajar en una operación de la CIA con conocimiento de la Embajada de EE.UU. en El Salvador, fueron una prueba contundente que la administración Reagan no pudo negar y contribuyó decisivamente a destapar el escándalo Irán-Contra.

"¡Rendite, gringo, o te volamos verga!".
"¡Rendite, gringo, o te volamos verga!".

El destino de los cachorros

Cuatro décadas después, el destino de aquellos jóvenes es un reflejo de la fractura del sandinismo.

Los tres héroes de la captura de Hasenfus han tenido trayectorias ascendentes dentro del Estado. Fernando Canales es médico y director del SILAIS de Zelaya Central. Byron Montiel, ingeniero agrónomo, trabaja como técnico de vectores en el SILAIS de Río San Juan. Raúl Acevedo, abogado, es alcalde del municipio de El Cuá, en Jinotega. En mayo de 2024, los tres recibieron la Orden Augusto C. Sandino en su máximo grado, la más alta condecoración del Estado nicaragüense. Fue el propio Daniel Ortega quien les impuso la distinción, rescatando su gesta como un emblema de la lucha antimperialista.

Pero hay otra historia que el gobierno no quiere rescatar. Marvin Vargas Herrera nació en Estelí en 1970 y se integró voluntariamente al SMP en 1987. Como tantos otros, participó en combates durante la operación Danto 88, la más grande del Ejército Popular Sandinista. Tras la desmovilización, quedó en la pobreza. Vendió periódicos, acarreó mercadería y trabajó como taxista.

Con el regreso de Daniel Ortega al poder en 2007, Vargas y otros excachorros fundaron la Fundación de Veteranos de Guerra del Servicio Militar Patriótico, buscando el apoyo que el gobierno les había prometido. Pero Ortega nunca los recibió. La discriminación fue evidente: mientras el gobierno otorgaba tierras y pensiones a excontras y miembros del ejército somocista, los cachorros que defendieron la revolución eran ignorados.

En 2011, Vargas lideró protestas que incluyeron la toma de la Catedral Metropolitana de Managua. El gobierno asumió compromisos que nunca cumplió. La respuesta fue la represión. El 8 de mayo de 2011, unos 50 policías rodearon su casa, lo capturaron sin orden judicial, lo golpearon y le quebraron la nariz y la clavícula.

 Daniel Ortega, ahora en el poder, ha borrado la memoria sus camaradas.
Daniel Ortega, ahora en el poder, ha borrado la memoria sus camaradas.

Lo que siguió fue un calvario jurídico. Vargas fue acusado de estafa por tres mil dólares; las supuestas víctimas nunca aparecieron. Cuatro jueces diferentes ordenaron su libertad, pero ninguna orden fue acatada. En noviembre de 2016, cuando cumplió su condena de cinco años y medio, en lugar de ser liberado, fue acusado de tráfico de drogas dentro de la prisión y condenado a otros 12 años y ocho meses. Fue recluido en "El Infiernillo", el sector de máxima seguridad del penal La Modelo.

Hoy, Marvin Vargas, de 56 años, sufre problemas de salud graves, posiblemente cáncer de próstata, y ha sido mantenido en aislamiento, sin atención médica adecuada. Lleva más de trece años en prisión y su condena termina recién en 2029. Es, según varios analistas, el primer preso político del régimen de Ortega, el símbolo vivo de la traición a los ideales que alguna vez movilizaron a toda una generación.

La disputa por la memoria

El símbolo de "El Cachorro" ha sido disputado por dos memorias distintas del sandinismo. Para el gobierno oficial, el cachorro sigue siendo aquel que defiende la revolución, ahora encarnada en el régimen de Ortega. Por eso, los héroes de 1986 son condecorados y celebrados. Son la prueba de que la revolución continúa.

Pero para los críticos, para los sandinistas disidentes, el verdadero cachorro es aquel que, como Marvin Vargas, no se vendió ni se rindió ante el poder —y por eso está preso. Como ha señalado la excomandanta guerrillera Mónica Baltodano, el caso de Vargas "evidencia el odio de Ortega contra quienes —teniendo raíces sandinistas— han denunciado al Gobierno o liderado movimientos sociales que adversan al régimen".

La disputa por la memoria es también una disputa por el futuro. Los muchachos de 16 años que empuñaron un fusil en los ochenta son ahora hombres de sesenta. Han visto cómo su revolución, la que defendieron con su juventud, se ha transformado en un régimen que persigue a sus propios compañeros. La dirección nacional del FSLN de los años ochenta —aquellos nueve comandantes que lideraron la lucha contra Somoza— está rota, dispersa, exiliada o muerta. Daniel Ortega, el último de ellos en el poder, ha borrado de la fotografía a sus camaradas: Dora María Téllez está exiliada y desnacionalizada; Henry Ruiz, bajo arresto domiciliario; Humberto Ortega, el hermano del presidente, murió en arresto domiciliario en 2024; Bayardo Arce, su último aliado, fue despojado de su escolta y desalojado de sus oficinas.

Los cachorros sandinistas de los 80s
Los cachorros sandinistas de los 80s

El cachorro como idea

La pregunta que inauguró este artículo —¿qué haría hoy El Cachorro?— no tiene una respuesta única. Hay tantas respuestas como cachorros, tantos destinos como proyectos de revolución.

Si la consigna de "El Cachorro" era "ni se vendía ni se rendía", entonces quizá el verdadero cachorro de hoy es aquel que, como Marvin Vargas, no se ha vendido al poder de Ortega y no se rinde a la enfermedad y al olvido en una celda de máxima seguridad. O quizá es aquel que, como los excomandantes en el exilio, mantiene viva la memoria de una revolución que ya no es la del gobierno.

Pero también es aquel que, como Fernando Canales, Byron Montiel y Raúl Acevedo, aceptó la condecoración del Estado y ocupa un cargo oficial. Porque ellos también fueron cachorros, y su gesta fue real. La foto de Hasenfus no es un mito; es un documento histórico.

El símbolo, como todos los símbolos políticos, ha sido capturado y resignificado por el poder. Pero la potencia de una imagen no se agota en el uso que el poder haga de ella. El cachorro sonriente que guiña un ojo desde las fotografías de los ochenta, el muchacho que carga un AK-47 que pesa casi tanto como él, sigue siendo un emblema de una juventud que creyó en la posibilidad de construir un mundo distinto.

Esa juventud ya no existe. En su lugar, hay hombres y mujeres que cargan el peso de cuatro décadas de historia, con sus luces y sus sombras. Algunos murieron en la guerra. Otros quedaron discapacitados. Muchos emigraron. Muchos se convirtieron en opositores del régimen. Algunos, como Marvin Vargas, están en prisión. Y otros, como los tres héroes de Hasenfus, han sido absorbidos por el Estado que ayudaron a construir.

Epílogo: la última foto

El gobierno de Ortega ha puesto todo su esfuerzo en controlar la narrativa de la revolución, en borrar de la foto a quienes le hacen sombra, en construir una historia oficial en la que él es el único héroe vivo. Pero la memoria es rebelde. Las fotografías de los jóvenes cachorros, con sus rostros infantiles y sus fusiles, circulan en redes sociales, en archivos, en la memoria de quienes vivieron aquella época.

La última foto de esta historia, sin embargo, no es la de los muchachos sonrientes. Es la de Marvin Vargas, de 56 años, encerrado en una celda de El Infiernillo, esperando quizá morir antes de que se cumpla su condena en 2029. Esa es la imagen del cachorro que sobrevivió a la guerra, pero no al gobierno que prometió su revolución.

Tal vez por eso el símbolo de "El Cachorro" sigue siendo tan poderoso: porque su historia no ha terminado de escribirse. La pregunta de qué fue de los cachorros de la revolución no es solo una pregunta histórica, sino una pregunta política sobre el futuro de Nicaragua. Una pregunta que sigue abierta.

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