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Ciudad de México.- En política, cambiar de opinión no es un pecado. Lo que sí tiene un costo es hacerlo en cuestión de horas sin ofrecer una explicación convincente. Eso es precisamente lo que ocurrió con Raúl Suárez Martínez.
El 25 de junio publicó uno de los deslindes políticos más severos que se recuerden en el actual proceso interno de Morena en Guerrero. No fue una crítica menor ni una diferencia de matices. Fue una ruptura total con Esthela Damián.
La acusó de rodearse de "lo más rancio y corrupto del PRI"; afirmó que había excluido a la izquierda histórica; aseguró que estaba reproduciendo las prácticas de las viejas élites; sostuvo que, si así actuaba sin tener el poder, era fácil imaginar cómo gobernaría con él; incluso anunció su retiro definitivo de la política, argumentando desencanto, problemas de salud y la necesidad de regresar a su vida familiar.
El mensaje terminaba con referencias a Rebelión en la Granja, de George Orwell, comparando a quienes antes combatían al viejo régimen con quienes hoy —según él— terminaban pareciéndose a aquello que criticaban.
Era un rompimiento absoluto.
Pero apenas un día después ocurrió lo inesperado. El 26 de junio apareció un nuevo comunicado donde ya no existía la dirigente autoritaria descrita horas antes. Ahora hablaba de "Esthela Damián la persona", reconocía su capacidad de diálogo, destacaba su calidad humana, aseguraba que "ganó el amor por Guerrero" y hasta respaldaba su mensaje con una cita del Che Guevara sobre el amor como motor de la revolución.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrió en menos de 24 horas para transformar una supuesta representante de las peores prácticas políticas en una figura digna de reconocimiento? Si las críticas del primer comunicado eran ciertas, el segundo resulta difícil de explicar. Si el segundo refleja la realidad, entonces el primero fue una acusación desproporcionada e irresponsable.
Las dos versiones no pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Más aún cuando el primer documento no hablaba de diferencias personales, sino de cuestiones estructurales: la incorporación de personajes provenientes del PRI, el desplazamiento de la izquierda histórica y una forma de ejercer el liderazgo que, según Suárez, reproducía justamente aquello que Morena prometió erradicar.
Esos cuestionamientos, además, no son exclusivos de Raúl Suárez.
En distintos espacios políticos de Guerrero se han expresado críticas similares respecto a la integración del equipo cercano de Esthela Damián. Incluso su propio tío, Pioquinto Damián Huato, hizo público su distanciamiento político. Diversos actores regionales también han señalado que perfiles identificados con el PRI y el figueroísmo ocupan posiciones relevantes dentro de su círculo de mayor confianza, mientras militantes de izquierda y fundadores de Morena afirman sentirse relegados o ni siquiera tomados en cuenta.
La controversia quedó aún más expuesta el día de su registro como aspirante a coordinar los trabajos de defensa de la Cuarta Transformación en Guerrero. Durante el chacaleo con medios locales y nacionales, Esthela Damián reaccionó con evidente molestia cuando un reportero le preguntó por la presencia de figuras vinculadas al figueroísmo en su equipo. En lugar de disipar las dudas con una explicación política de fondo, la respuesta terminó alimentando una discusión que ya existía entre distintos sectores de Morena.
Incongruencia entre dicho y hecho
A ello se suma otro episodio que resulta difícil de conciliar con los hechos. El pasado sábado, durante una reunión convocada por El Costeño, Esthela Damián afirmó haberse sentido "indignada" cuando la Secretaría de Cultura de Guerrero rindió un homenaje al exgobernador Rubén Figueroa Figueroa. Sin embargo, esa postura contrasta con los hechos de que sus colaboradores más cercanos provienen precisamente del grupo político identificado con el figueroísmo. Esta contradicción pone en tela de juicio la honestidad y la congruencia de quien se dice parte del equipo Sheinbaum.
Esta contradicción ha sido utilizada para cuestionar la inconsistencia entre su discurso y la integración real de su proyecto político. Todo parece indicar que la incongruencia será su marca personal.
No obstante, nada de ello demuestra, por sí solo, que todas las críticas sean acertadas. Pero sí confirma que el debate existe, que no se limita a la opinión de Raúl Suárez y que forma parte de una discusión más amplia dentro de Morena sobre quiénes están conduciendo realmente los proyectos políticos en Guerrero.
Precisamente por ello sorprende aún más la rapidez con la que Raúl Suárez pasó de denunciar esas mismas prácticas a celebrar la capacidad de diálogo de quien, apenas horas antes, describía como una expresión del modelo político que decía combatir.
En política los acuerdos son legítimos. Lo que exige una explicación pública es cuando esos acuerdos parecen borrar, de un día para otro, acusaciones que habían sido planteadas como diferencias de principios y no como simples desencuentros personales.
Porque entonces la discusión deja de centrarse en Esthela Damián y comienza a recaer sobre la consistencia de quien formuló esos señalamientos. La congruencia es uno de los activos más valiosos para cualquier actor político. Y cuando el discurso cambia de manera tan abrupta, ese activo queda inevitablemente bajo escrutinio.
La otra pregunta
Más allá de la polémica con Raúl Suárez, permanece abierto un debate que Morena difícilmente podrá eludir en Guerrero.
Si el movimiento ha hecho de la austeridad, la humildad y la cercanía con la militancia una de sus principales banderas, ¿cómo debe interpretarse la percepción —compartida por diversos actores políticos— de que algunos proyectos privilegian la incorporación de cuadros provenientes del viejo régimen por encima de militantes que construyeron Morena desde sus orígenes?
También cabe preguntarse cómo observan esta dinámica liderazgos nacionales como Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, quienes durante años han defendido el trabajo territorial y la organización de base como la esencia del movimiento. ¿Comparten una estrategia en la que, según numerosos críticos, los perfiles vinculados al antiguo régimen político ocupan espacios centrales mientras buena parte de la militancia histórica permanece al margen?
Y, sobre todo, ¿qué lectura hará la presidenta Claudia Sheinbaum si esa percepción continúa creciendo?
Sheinbaum ha insistido en que la Cuarta Transformación no solo debe distinguirse por gobernar, sino por hacerlo con humildad, cercanía y congruencia. Si en Guerrero termina consolidándose la percepción de un proyecto excluyente o excesivamente cercano a grupos identificados con el viejo sistema político, _promovido por su alumna Esthela Damián_ la discusión dejará de ser únicamente sobre una candidatura, sino del regreso del viejo régimen al poder en Guerrero.
También será, inevitablemente, un debate sobre la distancia entre el discurso nacional de Morena y las prácticas que algunos de sus liderazgos locales proyectan ante la militancia y la opinión pública.
Porque, al final, la transformación no se mide solamente por quién obtiene una candidatura, sino por quiénes enarbolan el proyecto de transformación.