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Treinta y cinco años de obsesión global acaban de dar un giro millonario. Kryptos, la mítica escultura instalada en el patio central de la CIA en Langley y considerada el mayor enigma criptográfico de la era moderna, ya tiene dueño para su respuesta definitiva. Exhausto tras décadas de acoso, cartas amenazantes y hasta allanamientos en su vivienda por parte de fanáticos, el artista Jim Sanborn, de 80 años, decidió vender la clave del invicto cuarto bloque (K4) a la empresa de inversión Paradigm por cerca de un millón de dólares.
El enigma, compuesto por 97 letras indescifrables que han frustrado a súpercomputadoras, criptógrafos de élite y agencias de inteligencia desde 1990, no quedará revelado al público. La firma tecnológica diseñó un hermético sistema que blinda la respuesta mediante un código de verificación único en la nube —tras destruir el archivo original—, el cual impide el acceso directo incluso a los propios ejecutivos de la compañía.
A partir de ahora, el misterio se traslada a un tablero virtual. Paradigm habilitó una plataforma interactiva donde cualquier aficionado o investigador podrá ingresar sus candidatas a solución para ser validadas por el algoritmo. Sin embargo, para evitar ataques masivos o spam automatizado, la plataforma cobrará una tarifa de un dólar por cada intento registrado.
La caída del bloque K4 no marca el final de la historia. De acuerdo con lo revelado, la validación correcta de este cuarto fragmento activará un quinto y último acertijo (K5), cuyas herramientas de verificación ya se encuentran custodiadas en los servidores de la empresa, manteniendo viva la llama de la escultura que desafió la criptografía militar del siglo XX.