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Ciudad de México.- Alejandro González Iñárritu se ha cobrado su última gran pieza, y no ha sido en Hollywood, sino en el sanctasanctórum de la intelectualidad mexicana. El director de Amores perros ha ingresado en El Colegio Nacional, convirtiéndose en el primer cineasta en hollar un territorio históricamente reservado a los mandarines de la letra y la ciencia. Fiel a su naturaleza indómita, "El Negro" se presentó no como un académico dócil, sino como una maravillosa anomalía:
"No soy un hombre de palabras; mis argumentos no se conjugan en verbos, sino en planos y silencios incómodos". Con una ironía que congeló la solemnidad del paraninfo, el cineasta ajustó cuentas con su propio pasado: "Quién pensaría que después de haber sido corrido de tantos colegios en mi vida, me trajeran al Colegio de vuelta… ¡y a esta edad!".
"Un guacamole estético": Radiografía de un oficio bastardo
El discurso de Iñárritu huyó de la hagiografía para adentrarse en el fango de la creación. Definició al cine como un arte polimórfico, un "exquisito guacamole estético" condenado a una paradoja trágica: la necesidad obsesiva de dinero.
- El calvario del autor: Ni los cinco premios Oscar ni el aval de Cannes le ahorraron el viacrucis de la financiación. Reveló que tardó tres años "estirando el sombrero" para que alguien creyera en Birdman, rodada finalmente en unos agónicos 19 días y con el equipo trabajando prácticamente gratis.
- La fosa común del talento: Evocó el "inconmensurable cementerio de guiones" que yace en los discos duros de jóvenes creadores, proyectos devorados por la burocracia y el azar en una industria donde el estado natural de una película es, simplemente, no existir jamás.
- La promiscuidad frente al espejo: Frente a la literatura —a la que definió como un ejercicio limpio de "pensamiento describiendo pensamiento"—, el director reivindicó el cine como un acto de "promiscuidad creativa" que exige domesticar el caos y ensuciarse las manos con la plomería del set.
Del apocalipsis de barrio a la piedra mesoamericana
El nuevo colegiado conectó su mirada con la tradición de una nación que calificó como "potencia visual". Frente a la herencia grecorromana, obsesionada con replicar lo visible, Iñárritu ensalzó la cosmovisión prehispánica por su capacidad de "codificar lo invisible" y esculpir conceptos puros en la piedra, como la Coatlicue.
Sin embargo, el origen de su propia mitología personal resultó ser mucho más profano y perturbador. El director confesó que su educación cinematográfica comenzó en la Iglesia de La Piedad de la colonia Narvarte. Allí, colgado de los zapatos de su padre, pasaba las misas dominicales hipnotizado por un mural apocalíptico de 40 metros poblado por caballos celestiales y cuerpos descuartizados que caían al vacío.
"Ese horror no fue placentero, pero sí definitivo", concluyó el cineasta ante una audiencia entregada, reconociendo en ese trauma infantil su bautismo de fuego: "La primera película que vi en mi vida, en permanencia involuntaria y sin pagar boleto".