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La conversación entre Pacheco y Becerra que la crítica dejó en segundo plano

La lectura de la obra de José Carlos Becerra coincide con un punto de inflexión en la evolución estética de José Emilio Pacheco. Aunque la crítica ha estudiado ampliamente a ambos poetas por separado, el diálogo entre sus escrituras sigue siendo un territorio poco explorado.

La interlocución entre José Carlos Becerra y José Emilio Pacheco una de las conversaciones menos exploradas de la poesía mexicana contemporánea.
La interlocución entre José Carlos Becerra y José Emilio Pacheco una de las conversaciones menos exploradas de la poesía mexicana contemporánea.

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Ciudad de México.- La historia de la literatura suele construirse a partir de influencias visibles: maestros y discípulos, generaciones, manifiestos, polémicas. Mucho menos frecuentes son las conversaciones silenciosas, aquellas que modifican una escritura sin dejar programas estéticos ni declaraciones solemnes. La relación entre José Carlos Becerra y José Emilio Pacheco parece pertenecer a esa categoría.

La crítica ha estudiado con amplitud las filiaciones de Pacheco con T. S. Eliot, Jorge Luis Borges, Octavio Paz o Alfonso Reyes. Son influencias indiscutibles y constituyen el sustrato intelectual de sus primeros libros. Sin embargo, el diálogo que sostuvo con algunos de sus contemporáneos —entre ellos José Carlos Becerra— ha recibido una atención considerablemente menor. No porque haya sido inexistente, sino porque la historia literaria suele privilegiar las genealogías consagradas antes que las interlocuciones entre escritores de una misma generación.

No se trata de afirmar que Becerra "inventó" al último José Emilio Pacheco. Una afirmación de ese tipo sería tan simplista como injusta con ambos poetas. Pacheco había construido una obra sólida antes de que Becerra publicara sus libros más importantes y su formación intelectual respondía a una tradición mucho más amplia que incluía la poesía inglesa, la narrativa de Borges y la reflexión crítica de Octavio Paz. Sin embargo, la lectura comparada de sus obras permite advertir que, hacia finales de la década de los sesenta, la poesía de Pacheco experimenta un desplazamiento estético que encuentra en la escritura de Becerra un interlocutor privilegiado.

Perfeccionismo obsesivo

Ese desplazamiento no consiste en un cambio de temas. El tiempo, la historia, la memoria y la fugacidad continúan ocupando el centro de su poesía. Lo que cambia es la manera de aproximarse a ellos. La voz se vuelve menos ceremoniosa y más cercana; la experiencia cotidiana adquiere una dignidad poética que antes pertenecía casi exclusivamente a la historia y al mito; las imágenes dejan de exhibir su brillantez para buscar una transparencia engañosamente sencilla. Como ha señalado Vicente Quirarte, la claridad de Pacheco no es un punto de partida, sino una conquista: el resultado de una depuración constante del lenguaje.

La lección invisible de José Carlos Becerra a Pacheco: el día que la poesía aprendió a mirar otra vez
El secreto detrás de la voz de José Emilio Pacheco: el poeta que cambió su forma de escribir para siempre.

Christopher Domínguez Michael ha observado que pocos escritores mexicanos revisaron su obra con la disciplina de José Emilio Pacheco. Cada nueva edición era una oportunidad para corregir un verso, sustituir una palabra o modificar un ritmo. Esa práctica revela algo más profundo que un simple perfeccionismo estilístico: expresa la convicción de que un poema nunca termina porque el poeta tampoco permanece idéntico a sí mismo. En esa disposición permanente a reescribir reside una de las claves para comprender la evolución de su obra. Pacheco nunca dejó de aprender de sus lecturas, de sus traducciones y de sus contemporáneos.

La poesía después de Becerra

José Carlos Becerra fue, entre esos contemporáneos, una presencia singular.

Su poesía introdujo una intensidad imaginativa poco frecuente en la tradición mexicana de su tiempo. Frente a la contención que caracterizaba buena parte de la lírica de los años sesenta, Becerra escribió con una respiración más amplia, donde el paisaje tropical, el cuerpo, el deseo y la naturaleza adquirían una fuerza casi física. No era una poesía de la ornamentación, sino del desbordamiento controlado: imágenes que parecían expandirse sin perder precisión, versos que encontraban su ritmo en la acumulación antes que en la economía verbal.

José Emilio Pacheco nunca escribió de ese modo. Tampoco pretendió hacerlo. Pero la comparación entre ambos permite advertir que, después de ese encuentro generacional, la poesía de Pacheco gana una libertad expresiva que no estaba plenamente desarrollada en sus primeros libros.

La solemnidad inicial cede espacio a una voz más conversacional; la cultura deja de aparecer como un repertorio de referencias para convertirse en una experiencia vivida; la historia desciende de los grandes acontecimientos a la vida cotidiana. Es ahí donde la interlocución entre ambos poetas resulta más fecunda: no en la semejanza de los poemas, sino en la ampliación del horizonte estético que esa convivencia intelectual hizo posible.

Más allá del mito de "La Mafia"

La evolución de Pacheco también ocurrió dentro de uno de los momentos más intensos de la vida cultural mexicana. Durante los años sesenta y setenta coincidieron en revistas, suplementos culturales y editoriales escritores como Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Fernando Benítez y José Emilio Pacheco, entre muchos otros. Con frecuencia ese conjunto fue designado con una expresión polémica: "La Mafia".

El término acabó simplificando una realidad mucho más compleja. No existía una organización con reglas de pertenencia ni una doctrina común. Había, sí, una red de amistades, afinidades, debates y proyectos editoriales que contribuyó decisivamente a renovar la literatura y el periodismo cultural mexicanos.

Cómo José Carlos Becerra transformó la poesía de José Emilio Pacheco
La muerte temprana de José Carlos Becerra en 1970 no sólo marcó emocionalmente a Pacheco, sino que coincidió con una transformación radical de su escritura.

Pacheco formó parte de ese ambiente intelectual, pero ocupó en él un lugar singular. Mientras algunos de sus contemporáneos construyeron una presencia pública marcada por la polémica o la intervención política, él eligió un camino mucho más discreto. Su prestigio provino menos de las controversias que de una obra sostenida durante décadas por el rigor de la escritura y una ética de la lectura.

Adolfo Castañón ha definido a Pacheco como un verdadero "hombre de letras": un escritor cuya autoridad nacía de su condición de lector incansable. Esa observación ayuda a comprender por qué resulta tan difícil reducirlo a cualquier grupo o etiqueta generacional. Pacheco pertenecía, antes que a una camarilla literaria, a una tradición de lectores que concebían la literatura como una conversación ininterrumpida entre los vivos y los muertos.

Leer de nuevo a José Emilio Pacheco

Cada generación encuentra un José Emilio Pacheco distinto. Los lectores de los años setenta descubrieron al poeta de la historia; los de finales del siglo XX encontraron al cronista del deterioro urbano y de la conciencia ecológica; los lectores del siglo XXI reconocen en sus poemas una reflexión sobre la fragilidad de la memoria y la incertidumbre de nuestro tiempo.

Quizá esa capacidad para dialogar con épocas distintas explique por qué su obra continúa creciendo mientras otras envejecen. Pacheco nunca escribió para el presente inmediato. Escribió desde la conciencia de que todo presente está condenado a convertirse en pasado.

Volver hoy a José Carlos Becerra permite leer esa evolución desde una perspectiva diferente. No para establecer dependencias donde hubo un diálogo, ni para disminuir la originalidad de uno en beneficio del otro. Más bien, para recordar que la literatura también avanza gracias a conversaciones que rara vez quedan registradas en manifiestos o correspondencias. Algunas ocurren en la intimidad de las lecturas compartidas, en la admiración mutua, en el descubrimiento de que otro escritor ha encontrado una posibilidad expresiva que uno mismo aún no había explorado.

Tal vez ahí resida la importancia de esa interlocución. José Carlos Becerra no explica por sí solo la evolución de José Emilio Pacheco, pero ayuda a comprender uno de los momentos en que esa evolución adquirió una nueva dirección. La influencia de un gran poeta nunca consiste en producir imitadores, sino en ampliar el territorio de lo posible.

En esa ampliación radica el verdadero legado de ambos.

Becerra dejó una obra breve, interrumpida por una muerte prematura, pero de una intensidad que sigue desafiando a la crítica. Pacheco construyó, durante más de medio siglo, una de las obras más sólidas de la literatura en español. Leídos por separado, representan dos de las voces fundamentales de la poesía mexicana contemporánea. Leídos en diálogo, revelan una conversación que todavía tiene mucho que decir sobre la manera en que la poesía transforma, silenciosamente, a quienes la escriben y a quienes la leen.

Quizá esa sea la mejor lección que ambos legaron a la literatura mexicana: que ningún escritor crea completamente solo. Toda obra importante nace de una tradición, de una época y de un diálogo. Algunos de esos diálogos quedan escritos en los libros; otros sobreviven apenas como un rumor entre las páginas. Descubrirlos es, también, una forma de leer. (ULTIMA PARTE)

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