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Nadie verá llorar al tomandante

Entre aguardiente, pobreza, abandono y memoria costeña, 'Sarna', de Emiliano Aréstegui Manzano, reconstruye la vida del “escuadrón de la muerte” en la Costa Chica

'Sarna' retrata a personajes marcados por la soledad, el alcohol y la resistencia cotidiana

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Dos imágenes se presentaron cuando empecé a leer Sarna de Emiliano Aréstegui Manzano. La primera fue la figura de Nino, el borrachito de mi infancia en el pueblo donde nací. Pero junto a esa imagen aparecieron colores, sabores, amigos, amigas y familiares. Recordé cómo era mi vida en Copala a finales de los setenta y principios de los ochenta: el campo, la lluvia intermitente de verano, regar flores en primavera, el olor a tierra, a guayaba, a chiles secándose al sol, a las memelas que hacía mi abuela, y la imagen de Nino sentado en una banca bebiendo aguardiente todo el día, mientras a lo lejos se escuchaba la canción “Por fin cayó Mercedes” de Aniceto Molina.

La Casteñada y la Costa Chica

La segunda imagen fue la de Matilda Burgos y Joaquín Buitrago, personajes de la novela Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza: dos personajes marginales y adictos. Joaquín, un fotógrafo morfinómano que trabaja retratando a los internos del manicomio; y Matilda, atrapada entre la explotación sexual, el abandono y el alcohol, hasta terminar recluida en La Castañeda, en el México porfiriano y revolucionario.

La primera imagen que provoca la palabra “sarna” es algo sucio: urticaria, piel dañada, rechazo inmediato. Digamos que no es el título más poético que haya leído, pero sí uno de los que más curiosidad —por no decir morbosidad— me ha generado.

El primer verso del poemario, En cruz de corazón el escuadrón de la muerte rada / a un lado de la iglesia la ausencia de los muertos y suicidas, establece desde el inicio un universo. A diferencia de la moral porfiriana, que recurrió a la construcción de La Castañeda para recluir a alcohólicos catalogados como locos, el escuadrón de la muerte —como se conoce al grupo de hombres que han decidido, o han sido empujados por distintas circunstancias, al alcohol— tiene su rada, su lugar seguro y de paz, al lado de la iglesia; quizá como una manera de no ser enviados al infierno. Aunque también hay quienes prefieren los panteones para estar más cerca de su próximo destino.

Emiliano logra recrear desde el inicio un contexto: la cultura popular de los pueblos de la Costa Chica, sus aromas, sus paisajes, sus personajes y esa vida que simplemente transcurre sin otro propósito que existir.

Ahí están su música, sus perros, sus machetes, su desidia, la sombra y los ausentes. Ahí están también el mezcal, el estero y el cemento; la sangre, el vicio, la putería, las banquetas y el aguardiente, “con toda la fe que acecha mi corazón”.

Por ahí aparece también la histórica tienda de abarrotes y la tentación del tendero de unirse al escuadrón de la muerte, en ese existir sin existir, donde las obligaciones y responsabilidades se vuelven cantos de sirena que dicen: vete.

Ahí está el pueblo con sus minusválidos y su pobreza; el calor, las palmeras, el mar y el olor del aguardiente, ese que quema la garganta preparando el camino al infierno y, más rápido aún, a la desolación en vida: la casa sola, “sin hamacas meciendo tamarindos en el pecho de todos sus ausentes”.

Los locos y adictos del mar chico de Emiliano

Y aparece también esa sentencia fatal de destino: “Estamos vivos porque nos llevamos de a bastos con la muerte”. Pero, a diferencia de la moral porfiriana que prefería considerar locos a los adictos, en el mar chico de Emiliano no se les molesta ni se les amenaza con internarlos en un manicomio; se les deja estar, como a las moscas sobre los pescados secos, como a los puercos paseando por las calles, como a los perros sarnosos que no tienen cura alguna. O al menos así era antes, cuando todavía no estaban de moda los anexos.

Por lo pronto, “El escuadrón se afila entre el pecho y la espalda / machetes manantiales de aguardiente”. Y el tendero de abarrotes salió airoso del montón de tábanos y zopilotes, pues la tendera reclama su sobria presencia. El tendero, de madre muerta, guarda sus venablos y machetes y se refugia en el sexo solidario como una forma de recordar que sigue vivo.

Sin embargo, ¿quién no ha tenido la tentación de “dejar las cosas, tirar los días, como si de piedras se tratara. Dejar la sombra de la casa, los ojos de las crías, la piel amarga de trabajar de lunes a domingo; olvidar la sonrisa y llegar a la quincena con tortillas, después de llevar todo el dinero a casa”?, pero sin el costo de ser recluido en un manicomio o de convertirse en huésped final del escuadrón de la muerte.

Entonces uno se lamenta y se pone un poco nostálgico: “Así de triste se mira mi escuadrón cuando no estoy de tomandante”.

Modesta Burgos jamás logró salir de La Castañeda. Nadie la visitó durante los más de treinta años que estuvo recluida. El lugar de nuestro tomandante ha sido ocupado por otros integrantes del escuadrón de la muerte. Es una historia que mansamente se repite, una historia contada a través de la poesía de Emiliano Aréstegui Manzano.

Texto leído en la X Feria Internacional del Libro Acapulco 2026

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