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Ciudad de México.— El uso de relojes, sensores y otros dispositivos para mejorar el sueño podría ayudar a descansar mejor, pero también abrir la puerta a una nueva forma de vigilancia. Un análisis publicado en Nature advierte sobre los riesgos de convertir el descanso en un dato que puedan revisar empresas o instituciones.
La tecnología, que parece sacada de un capitulo de Black Mirror — la aclamada serie de Netflix — ya permite registrar durante el sueño variables como la frecuencia cardiaca y el nivel de oxígeno en la sangre. Algunas herramientas utilizan inteligencia artificial para detectar patrones y ofrecer recomendaciones personalizadas sobre horarios, hábitos y descanso.
Relojes y sensores convierten el sueño en datos personales
El problema aparece cuando esa información deja de estar únicamente bajo control del usuario. Los autores recuerdan que en 2016 las autoridades de protección de datos de Países Bajos cuestionaron que empresas recopilaran información sobre la actividad y el sueño de sus trabajadores, al considerar que se trataba de datos sensibles.
El riesgo podría aumentar si las tecnologías para mejorar el descanso se vuelven más comunes. Algunas buscan modificar el sueño mediante sonidos, movimientos, estímulos sensoriales o dispositivos de estimulación cerebral no invasiva.
¿Y si dormir bien se vuelve una obligación para trabajar?
Los especialistas plantean un escenario: una empresa podría argumentar que monitorear el sueño ayuda a reducir accidentes y mejorar el rendimiento. Esto sería especialmente relevante en sectores como la medicina, la aviación, la construcción o el transporte, donde la fatiga puede tener consecuencias graves.
Sin embargo, los investigadores advierten que una medida presentada como apoyo para la salud podría terminar convirtiéndose en una condición laboral. También existe el riesgo de que los datos del sueño se utilicen para evaluar productividad, alertamiento o comportamiento.
La evidencia científica sobre los beneficios de estas tecnologías todavía es limitada. Muchos estudios se han realizado en laboratorios y los resultados varían según el método utilizado.
Por ello, los autores plantean que gobiernos, investigadores y empresas deben establecer reglas antes de que estas herramientas se normalicen. La discusión no consiste en rechazar la tecnología, sino en definir quién puede acceder a los datos, para qué pueden utilizarse y si una persona realmente puede negarse a ser monitoreada.
El objetivo, señalan, debe ser que la tecnología ayude a dormir mejor sin convertir el descanso en otra actividad que pueda ser vigilada o evaluada.