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Por Eduardo Serna
Se nos habla de soberanía con respecto al plan minero que se ha informado recientemente. Se nos dice que los recursos son de México y que nosotros disponemos de ellos a nuestra conveniencia. Se ha hecho un esfuerzo desde el sexenio pasado para rescatar PEMEX, que hoy presenta ciertas mejorías en su desarrollo financiero y operativo. ¡Bien! Pero, en términos reales, no estamos hablando de bienes minerales soberanos. México no puede comercializar petróleo a su antojo; el caso más claro es que no se le puede vender petróleo a Cuba por el bloqueo inhumano de Estados Unidos.
La plata, uno de los metales más valiosos del mundo, es sacada del suelo mexicano, poniendo el nombre de nuestro país a la cabeza de la lista de producción, aunque en las arcas nacionales no se vea reflejado gran cosa con respecto a su valor en los mercados financieros. Las ganancias terminan en Canadá y Estados Unidos, ya que las mineras pertenecen a esos países. Entonces, ¿dónde queda la supuesta soberanía nacional, sin contar el daño ecológico y social que la actividad extractivista provoca? En otra entrega de esta columna abordamos el tema: “Plata o plomo”. Por si gusta leerlo.
Eduardo Galeano tenía un relato que hablaba de cómo se organiza el orden económico mundial. En el relato, un chef convocaba a todos los animales comestibles para preguntarles con qué salsa querían ser servidos. Por ahí, un convocado, tímidamente, dice: “yo no quiero ser comido de ninguna manera”. Y entonces se dio por terminada la reunión.
El primer ministro de Canadá lanzó una frase icónica que hace referencia a esto que ya mencionaba Galeano: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Marcelo Ebrard la retoma para adjetivar la estrategia mexicana, expresando que México debe actuar estratégicamente, señalando que "las potencias intermedias deben actuar juntas" y que, ante el nacionalismo económico de Estados Unidos, México debe asegurar su lugar "en la mesa". Ebrard ha aplicado esta visión a la cooperación con Estados Unidos, específicamente en el tema de minerales críticos, afirmando que México busca pactar una ruta de cooperación para estar en la mesa de negociación y no ser excluido.
Abrir la puerta a los minerales “estratégicos”, como los llama el necrocapital, no es algo para alegrarse; no son buenas noticias cuando nuestro rango de acción es escoger con qué salsa queremos ser servidos en mesas extranjeras.
¿Qué es “Necrocapitalismo”? Definamos este término: es un concepto crítico acuñado por el académico Subhabrata Bobby Banerjee para definir formas contemporáneas de acumulación de capital que implican el despojo y el sometimiento de la vida al poder de la muerte. Esto significa que la obtención de ganancias se logra mediante prácticas que destruyen la vida y el entorno.
Uranio, plata, shale gas (gas natural o fósil), petróleo, litio, tierras raras ubicadas en varios estados del país: un problema a futuro. Esos minerales están debajo de nuestros pueblos. No hace falta mucha imaginación para prever que se vienen despojos de tierras, desplazamientos forzados, eliminación de activistas, contaminación de mantos freáticos, devastación de entornos naturales; lo normal en cuanto a lo que la minería provoca hoy mismo en nuestro país.
Bajo el subsuelo mexicano yace una paradoja letal: mientras las estadísticas internacionales coronan al país como potencia minera, sus comunidades ancestrales enfrentan un despojo silencioso. Cifras oficiales revelan que más del 70% de las concesiones extractivas están en manos de capital extranjero, generando ganancias que rara vez superan el 5% de regalías para las arcas nacionales. Este drenaje sistemático de recursos –plata, litio, tierras raras– sigue el mismo patrón colonial: enormes camiones que arrancan minerales día y noche, mientras los pueblos circundantes carecen de agua potable, sus ríos muestran trazas de cianuro, y sus tierras de cultivo se agrietan por la sobreexplotación de mantos freáticos. La soberanía, aquí, no es un concepto abstracto: es el derecho a existir sin ser envenenado, a habitar el territorio sin ser desplazado, a decidir si el progreso significa prosperidad colectiva o solo ruinas temporales en el banco de algún accionista distante.
Se ha venido señalando desde esta modesta columna la deuda ecológica y social que ya es evidente en el periodo de la 4T. Diferentes comunidades, desde el norte hasta el sur, han manifestado su rechazo a megaproyectos de diversa índole, que van desde la industria extractivista hasta la industria turística. El desarrollo necesariamente tiene un impacto en los entornos, eso se sabe; lo que enciende las alarmas es la manera en que esos proyectos se van gestando, pasando por encima de los pueblos, despojando a comunidades indígenas y al entorno natural que las sostiene, desde Sonora hasta Quintana Roo.
Es entonces que ese término de “soberanía” se queda a medias en la realidad que se nos presenta. Este periodo de tiempo que vivimos es complejo. La soberanía de los pueblos de Latinoamérica ya no se debate en organismos internacionales como la ONU o las cámaras internacionales de comercio, o en foros comunes en donde se integraban reglas, que de alguna manera protegían a los pueblos y los intercambios, con el fin de matizar los saqueos. Ahora, la defensa de la latinoamericanidad se hace artificialmente. “Personajes producto”, como Bad Bunny, salen a defender mediáticamente una identidad latinoamericana empaquetada y segura, precisamente desde las plataformas de la cuna del necrocapital que explota nuestros territorios. Mientras el mundo les aplaude, las circunstancias reales no se modifican. Esta soberanía descafeinada que se nos propone, para que no cambie nada, el pueblo a través de movilizaciones, la debería poner en tela de juicio, combatir y transformar.
Como siempre, lo invito a reflexionar y tomar acción.