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México.- La anunciada reforma electoral del Ejecutivo se negocia en medio de presiones abiertas y advertencias veladas dentro del propio bloque oficialista. Aunque el coordinador de Morena en San Lázaro, Ricardo Monreal Ávila, aseguró que respaldarán la iniciativa si la Presidenta decide enviarla, reconoció que no tienen asegurados los votos para sacarla adelante.
El mensaje fue claro: sin el respaldo del Partido del Trabajo (PT) y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), no hay reforma constitucional posible. Y esos apoyos hoy están sujetos a negociación.
Monreal admitió que propuestas clave, como la reducción de diputados plurinominales o nuevas fórmulas para asignar curules, quedaron congeladas por falta de acuerdos. “Si no hay consenso, no hay reforma”, resumió, dejando entrever los límites de la operación política.
En el Senado, el coordinador del PVEM, Manuel Velasco, elevó el tono al advertir que están en “las últimas horas” para lograr coincidencias. Aunque subrayó la lealtad de su partido a las reformas presidenciales, puso sobre la mesa sus condiciones: financiamiento igualitario para todos los partidos —tomando como base lo que hoy recibe el PT—, voto electrónico, sufragio desde los 16 años y mayores candados contra la infiltración del crimen organizado.
Desde el PT, la vicecoordinadora Geovanna Bañuelos rechazó que exista urgencia por aprobar la reforma ante un eventual desgaste rumbo a 2027 y aseguró que las proyecciones favorecen al oficialismo. Sin embargo, en los hechos, su partido también mantiene reservas en puntos clave.
En este escenario, la reforma electoral se ha convertido en moneda de cambio dentro del propio bloque mayoritario. Los aliados negocian su respaldo a cambio de ajustes sustanciales, mientras Morena enfrenta la disyuntiva de ceder o arriesgarse a presentar una iniciativa sin los votos suficientes.
En paralelo, el Partido Acción Nacional (PAN) busca capitalizar las divisiones y presentó una propuesta para frenar la sobrerrepresentación y el uso de dinero ilícito en campañas, con la intención de influir en el debate que se abrirá en los próximos días.
Con el tiempo encima y las posiciones endurecidas, la reforma no sólo pone a prueba la capacidad de negociación del oficialismo, sino que exhibe las tensiones internas de una alianza donde cada voto vale oro.