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Agencia SINC.- Es el cliché favorito en las galerías de arte: frente a un cuadro de Jackson Pollock o una obra minimalista, alguien sentencia: "Eso lo hace mi perro". Sin embargo, la ciencia acaba de demostrar que, aunque tu boca lo diga, tu cerebro sabe que mientes.
Investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y la Universidad de Bergen han publicado un estudio en The Conversation que desmantela este mito. La conclusión es fascinante: los seres humanos tenemos una habilidad innata, casi instintiva, para detectar la intencionalidad en los trazos, algo que nos separa de cualquier otra especie.
El experimento: Humanos vs. Chimpancés
Para probar esta teoría, los científicos enfrentaron a un grupo de voluntarios a un dilema visual: distinguir entre pinturas abstractas creadas por personas sin formación artística y obras elaboradas por chimpancés (de la famosa colección Schretlen).
Para evitar trampas, los investigadores igualaron digitalmente los colores y las texturas. Sin las pistas del color, los participantes solo podían confiar en la estructura de la composición. ¿El resultado? Los voluntarios acertaron muy por encima del azar. Incluso en el garabato más simple, detectamos un "sello humano" invisible.
Los tres pilares de la intención
¿Qué es lo que realmente vemos cuando miramos una mancha? Según el estudio, nuestro cerebro escanea tres variables clave de manera automática:
- Equilibrio: Cómo se distribuye el peso visual en el lienzo.
- Organización: La coherencia interna de los elementos.
- Complejidad: No se trata de qué tan "recargado" esté, sino de la estructura de esa complejidad.
Las obras humanas siempre puntuaron más alto en equilibrio y organización. Cuando vemos un orden interno, nuestra mente concluye: "Aquí hay una intención; aquí hay un semejante".
Un eco de nuestra supervivencia
Este fenómeno no es casualidad, es evolución pura. A lo largo de milenios, nuestra especie desarrolló una visión afinada para detectar patrones. Identificar una señal, un símbolo o un rastro dejado por otro ser humano supuso una ventaja competitiva para la cooperación y la comunicación.
Es el mismo mecanismo que nos hace ver una "cara" en la superficie de Marte o un rostro humano en un enchufe (pareidolia). Estamos programados para buscar mentes detrás de las formas.
El veredicto: El arte es un rastro humano
El estudio aclara que esto no significa que cualquiera pueda pintar como un maestro, pero sí que el arte abstracto no es aleatorio. Aunque parezca caótico, contiene rasgos de estructura que el cerebro interpreta como el gesto deliberado de una mente.
La próxima vez que escuches a alguien decir que su mascota podría exponer en un museo, puedes responderle con ciencia: nuestro cerebro es un detector de humanidad infalible. Incluso en la mancha más errática, buscamos —y encontramos— el alma de quien la pintó.
Autores del estudio original: Juan Olvido Perea García (U. de Las Palmas de Gran Canaria) y Larissa M. Straffon (U. de Bergen). Fuente: The Conversation.