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Ciudad de México – Gerardo Fernández Noroña ha vuelto a confirmar que su papel en la llamada Cuarta Transformación no es el de estratega, sino el de un vocero del conflicto. Tras el repentino relevo de Adán Augusto López en la Cámara Alta, un movimiento que tomó a Noroña por sorpresa y fuera de toda consulta, el senador optó por la "política del grito" para procesar su evidente molestia por el desplazamiento de su principal aliado.
En lugar de un análisis legislativo serio sobre el futuro de su bancada, Noroña utilizó su trinchera digital para lanzar una ráfaga de adjetivos que reflejan más frustración que astucia política. Al calificar el relevo como un "pésimo momento" y un "error", el senador no solo exhibió su falta de sintonía con las altas esferas de su partido, sino que buscó un chivo expiatorio en la figura de Alejandro “Alito” Moreno para desviar la atención de la fragilidad interna de Morena.
Entre la CIA y el vituperio La retórica de Noroña escaló rápidamente al terreno de lo absurdo. Sin presentar más pruebas que su propia indignación, acusó al líder nacional del PRI de ser un "agente de la CIA" y un "traidor a la patria". Este recurso a la teoría conspirativa parece ser el último refugio de un político que, al verse excluido de la toma de decisiones estratégicas, intenta validar su lealtad mediante la descalificación más extrema del adversario.
La respuesta de "Alito" Moreno fue igual de ruda, pero apuntó a una herida abierta en el oficialismo: la supuesta colusión con grupos delictivos y la falta de dignidad de quienes, como Noroña, se limitan a recoger las "migajas del poder". Al llamar al senador "narcopolítico de cuarta" y "arrastrado", Moreno Cárdenas devolvió el conflicto a un lodazal donde Noroña parece sentirse cómodo, aunque a costa de su propia seriedad institucional.
El costo de la estridencia Mientras la oposición celebra lo que consideran una implosión en la coordinación de Morena, Noroña se queda solo con sus transmisiones en vivo y sus insultos. Su insistencia en defender a Adán Augusto López, a quien describió como un hombre "gentil" traicionado, suena más a un lamento por la pérdida de su propia protección política que a una defensa de los intereses del pueblo.
Este nuevo episodio de ataques personales subraya un patrón claro en la carrera de Noroña: cuando la política real lo rebasa y el poder central lo ignora, su respuesta es la pirotecnia verbal. El problema es que, en el México de hoy, los insultos ya no alcanzan para ocultar las grietas de un oficialismo que se reorganiza sin avisarle a sus piezas más estridentes.