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*Superadas las dudas que despertó el sitio desde su apertura
Por Olga Borobio
A 10 años de ser inaugurado, el enorme monumento al Holocausto, que el 10 de mayo de 2005 muchos veían con reservas y francamente pocos entendían en su significado, hoy se encuentra plenamente integrado a la arquitectura de la capital alemana.Se trata de dos mil 700 bloques de hormigón gris oscuro a diferentes alturas, que se extienden sobre una superficie equivalente a tres campos de fútbol, en pleno centro de Berlín.
No ayudaba a vencer esas reticencias ciudadanas el secretismo de su arquitecto, el estadounidense Peter Eisman, que en torno al significado del diseño había dicho que se trataba de "A place of no meaning" (un lugar sin significado).
Hoy se cumplen 10 años de aquel momento inicial y mucho ha cambiado desde entonces: el monumento está perfectamente integrado en la arquitectura de la ciudad, que también ha experimentado muchos cambios, y las primeras reticencias están totalmente superadas, como señaló recientemente el presidente del Bundestag (Parlamento) alemán, Norbert Lammert.
Pese a los primeros temores, el monumento se ha convertido en un lugar central para el recuerdo del asesinato de millones de judíos en Europa durante el régimen nazi de Adolf Hitler y la Segunda Guerra Mundial, ya forma parte inseparable de la imagen de la ciudad.
Prueba de su éxito son las 4.5 millones de visitas registradas al centro de documentación subterráneo, siendo imposible de contabilizar los visitantes que recorren la parte superficial.
Niños y jóvenes juegan en su laberinto de bloques de hormigón e incluso hay gente que cuando llega el verano aprovecha esos bloques para tomar el sol.
El lugar, situado entre la Puerta de Brandenburgo y la Plaza Postdam, está rodeado de puestos de comida rápida y autobuses de turistas. Algunos han criticado esas actitudes, al considerar que deberían mantenerse las formas y el silencio en señal de respeto a las víctimas.
Pero al propio arquitecto Eisenman, hoy de 82 años, le parece bien que los niños y jóvenes jueguen en el lugar.
“También ocurre en los monumentos de la Iglesia católica”, dijo recientemente en declaraciones a medios alemanes. Y tampoco le molestan los puestos de comida que han proliferado alrededor.
Eisman sigue defendiéndose de las acusaciones de oscurantismos y misterio sobre la forma del monumento: el monumento crea un espacio para la experiencia personal, pues no se puede ordenar el sentido de la visita, como tampoco la forma en que la gente debe recordar el Holocausto.
“Lo que me gusta es su carácter abstracto. No es un monumento, pero tampoco un cementerio”, replica.
Los bloques de hormigón en la superficie se completan con un amplio centro de documentación subterráneo que se sumerge en la vida de las víctimas.
Eisman asegura que su resistencia inicial al centro de documentación, que un principio no había sido previsto como parte del monumento, fue un debate artificial, y defiende que otorga una nueva dimensión: “Es imposible representar el asesinato de millones de personas, pero sí que se puede exponer la Historia”.
El monumento, que se inauguró coincidiendo con el 60 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, acompaña ahora las celebraciones por el 70 aniversario, en medio de una renovación y acompañado de un debate sobre la necesidad de transmitir la historia a los más jóvenes.
Precisamente, Josef Schuster, presidente del Consejo Central de los Judíos, se pronunció porque los escolares visiten campos de concentración y monumentos sobre el Holocausto de forma obligatoria, durante la celebración por el décimo aniversario del monumento. Y es que está horrorizado de que para algunos niños Auschwitz no les diga nada.
El monumento berlinés tiene un importante significado pedagógico, pues hizo que millones de personas conocieran y debatieran la historia del Holocausto.
El político Norbert Lammert, presidente del Bundestag, está convencido de que el monumento cumple su función: recuerda a las víctimas asesinadas al tiempo que apela al respeto a los derechos humanos, recordando las monstruosidades de la historia alemana.
Pero 10 años tras su apertura sufre algunos problemas físicos: algunas grietas se han detectado en los bloques y las fisuras han obligado ya a reforzar con anillos de acero 44 de ellos.
Un tribunal de Berlín inició hace dos años un proceso en busca de responsabilidades y explicaciones, pero aún no hay conclusiones.
“Seguimos buscando la causa”, se limitó a comentar recientemente en declaraciones al diario sensacionalista “Bild”, Uwe Neumärker, director de la Fundación de Monumentos dedicados a las víctimas judías en Europa.
Para conmemorar la ocasión en el 70 aniversario del fin de la II Guerra Mundial, se celebró el viernes una pequeña ceremonia en el Monumento en la que participaron, entre otros, el presidente del Bundestag alemán, Norbert Lammert, y el presidente el Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster.
Lammert recordó que la última decisión que tomó el Parlamento Alemán en Bonn, antes de mudarse definitivamente a Berlín, fue precisamente levantar este memorial en la capital alemana. “Es una bonita casualidad”, declaró.
Una cuestión que, recordó, ocupó a los diputados durante un año, tiempo en el que debatieron sobre la necesidad de un monumento como este, sobre el lugar en el que ubicarlo o sobre la información que debería disponerse para el público.
“Al final el Bundestag decidió por aplastante mayoría elegir este lugar, este memorial, la solución arquitectónica de Peter Eisenman”, recordó el presidente del Parlamento alemán.
“10 años después podemos decir que este memorial cumple con el propósito con el que lo concibió el Bundestag, que es honrar la memoria de los judíos asesinados, recordar un capítulo inconcebible de la historia alemana y exhortar a las nuevas generaciones para que no permitan que los derechos humanos sean violados”, aseguró Lammert.
A la ceremonia asistió Peter Eisenman, el arquitecto neoyorquino que diseñó el memorial. Horas antes de la ceremonia, Eisenman visitó el monumento y no ocultó su satisfacción después de ver cómo evolucionó a lo largo de los años.
“Vi a gente hacerse fotos, saltar, sentarse en alguno de los bloques. Eso es lo que siempre quise, siempre quise que este memorial se convirtiera en un elemento cotidiano de Alemania. No quería que pasase a ser un lugar sagrado”, dijo el arquitecto en declaraciones a la televisión berlinesa RBB.
En su opinión, visitar este memorial tiene poco que ver con adentrarse en un campo de concentración. “Se trata de una experiencia muy diferente, aquí no se trata de experimentar el Holocausto, se aprende de forma diferente a lo habitual, aunque la analogía es clara”, precisó.
Según Eisenman, a la hora de visitar el monumento se debe sentir desacuerdo.
“No se necesita saber nada del Holocausto. El horror no se puede representar, por eso me gusta tanto este memorial y esa es la razón por la que continúa irradiando poder incluso después de diez años, porque es muy abstracto, porque no significa nada y la nada o el vacío es una forma mucho más aterradora que cualquier cosa que entendemos o conocemos”, explicó.
El memorial es un extenso campo de estelas transitado en toda su extensión que sirve como recuerdo a la memoria de los millones de judíos que fueron asesinados durante el nazismo.
Consta de una superficie cercana a los 20 mil metros cuadrados en la que se disponen dos mil 711 losas de hormigón de diferentes alturas en forma de una cuadrícula.
El terreno en el que se encuentra no es uniforme, sino que presenta una especie de ondulaciones que permiten al visitante sumergirse en la estructura del memorial y moverse con libertad en su interior.