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Tenía nueve años cuando conocí Acapulco. En mi pueblo serrano descubrí al puerto guerrerense en un libro de texto gratuito  donde la madre de la patria nos invitaba a hojear la portada y entrar al conocimiento escolar. La Secretaria de Educación Publica, gracias a José Vasconcelos, masificó la mexicanidad y su historia en todo el país, e incluso en Huayacocotla.

No voy a entrar a detalles, pero debo decirles que el día que arribé a Acapulco el sol descansaba y los aguaceros habían inundado sus calles. Una imagen muy común y los actuales candidatos a gobernador no me dejarán mentir: los turistas o lugareños le daban propinas a los niños por ayudarlos a cruzar la avenida mal construida y bien pagada que los acercaba al mercado central.

Un ejército de infantes se adueñó de la avenida Cuauhtémoc, cercana al cine Río (por la Manuel Acuña y la Vallarta), para hacer negocio con piedras y madera. La gente daba brinquito para lograr cruzar esa importante arteria y agradecer la ayuda con unas cuantas monedas.

Aclaro: esto siempre ocurrió en el Acapulco tradicional, no en el dorado o diamante. Los rechazados del mundo siempre luchamos por no morir de hambre en esas playas paradisíacas.

Hay algo importante que debo resaltar: descubrir Acapulco en el interior de un autobús foráneo desde la parta alta, donde era posible por primera vez visualizar con asombro y sin miedo la bahía, es una bendición porque jamás fui agredido al tocar suelo guerrerense. Por el contrario, la calle y sus pobladores irradiaban generosidad.

En fin amigos lectores, en esas fechas aun no estaba enterado que en el Armando’s Le Club conocería al chef más genial, un hombre sabio y generoso, y a don Pedro Huerta Castillo, propietario y director general del periódico Revolución de Acapulco, quien años después me daría una oportunidad de ser parte de su equipo de trabajo. Precisamente, en sus instalaciones, conocería a su hijo Rodrigo y a un fanático de la Biblia y la mariguana…

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