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Por: Gonzalo Gallardo García
Opinión.- La salida de Marx Arriaga de la Secretaría de Educación Pública, anunciada por Mario Delgado bajo el argumento de que “se resistía a cambios en los libros de texto”, no es un simple relevo administrativo. Es un síntoma. Y los síntomas, cuando no se atienden, se convierten en crisis.
Si la diferencia fue pedagógica, debía resolverse pedagógicamente. Si fue política, debía resolverse políticamente. Pero si se convierte en narrativa de disciplina interna, entonces estamos ante algo más profundo: la dificultad de procesar el disenso dentro de un proyecto que se dice transformador.
La transformación auténtica no teme al debate; lo necesita. La crítica no debilita un movimiento: lo afina. Los libros de texto no son propiedad de una persona ni de un grupo; son un instrumento público que debe construirse con pluralidad, rigor académico y sensibilidad social.
Desde una visión afromexicana —desde la Costa Chica, donde históricamente hemos sido invisibilizados en los relatos oficiales— sabemos lo que significa que otros decidan por nosotros sin escucharnos. Sabemos lo que es quedar fuera del libro, fuera de la narrativa, fuera de la historia. Por eso este episodio nos interpela. No se trata de defender personas, sino principios. Si un funcionario se opone a cambios, hay que preguntarse:
¿Qué cambios?
¿Con qué sustento pedagógico?
¿Con qué participación de docentes, comunidades y especialistas?
¿Incluyen realmente la diversidad cultural de México o la simplifican?
La educación pública no puede convertirse en campo de tensiones cerradas ni en espacio de lealtades incondicionales. Debe ser el lugar donde el pensamiento crítico florece, incluso —y sobre todo— cuando incomoda.
Pero también hay que decirlo con serenidad: ningún proyecto colectivo puede quedar atrapado en personalismos. Si hubo desacuerdo estratégico, debió procesarse con transparencia y altura política. La madurez democrática no consiste en evitar conflictos, sino en saber administrarlos sin fracturar la confianza pública.
¿Qué hacer entonces?
- Abrir un debate nacional real sobre los contenidos educativos, con participación del magisterio de base, incluidos docentes afromexicanos e indígenas.
- Transparentar los criterios técnicos y pedagógicos de cualquier modificación.
- Garantizar que los libros de texto reflejen la pluralidad histórica y cultural del país, incorporando con dignidad la historia y aportaciones de los pueblos afromexicanos.
Establecer mecanismos institucionales para resolver desacuerdos internos sin que se perciban como purgas o imposiciones.
La educación es demasiado importante para reducirla a un pulso de poder.
Si la Cuarta Transformación quiere consolidarse como proyecto histórico, debe demostrar que puede convivir con la diferencia sin expulsarla. Porque cuando un movimiento deja de escuchar voces críticas, empieza a parecerse a aquello que juró superar.
Desde Guerrero, desde territorio afromexicano, creemos en una transformación con raíces, con memoria y con diálogo. Una transformación que no silencie, sino que integre. Que no desplace, sino que construya colectivamente.
La historia no se escribe con unanimidades forzadas. Se escribe con debate honesto, con autocrítica y con valentía moral. Y la educación, más que un campo de batalla, debe ser el espacio donde aprendamos a disentir sin destruirnos.