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Agencia Sinc.- El debate se encendió en el Senado de Estados Unidos (EU), donde el republicano Ted Cruz soltó una frase que caló hondo: vivimos en una "infancia basada en el teléfono móvil". Según los testimonios, los menores pasan entre cinco y ocho horas diarias frente a dispositivos, una tendencia que algunos expertos vinculan directamente con una crisis de salud mental y aprendizaje.
El polémico titular: "¿Son oficialmente más tontos?"
El neurocientífico Jared Horvath fue quien puso el dedo en la llaga al afirmar que los hijos son hoy "menos capaces cognitivamente" que sus padres a su misma edad.
- El dato: Por primera vez, una generación (la Z) rinde peor en pruebas de lectura y matemáticas en el informe PISA (2022), pese a estar más escolarizada que nunca.
- El efecto: El New York Post no tardó en sentenciar que la Gen Z es "oficialmente más tonta", un eslogan que ha dado la vuelta al mundo y ha servido de combustible para propuestas de prohibición de redes sociales, como la impulsada en España.
¿Ciencia o prejuicio generacional?
Sin embargo, no todos los expertos compran el discurso del apocalipsis cognitivo. Para José César Perales, catedrático de la Universidad de Granada, llamar "tonta" a una generación es una sobregeneralización sin base científica.
"No es un descenso global de la inteligencia, sino tendencias complejas", señala. Estudios masivos como el ABCD en EE. UU. (con 12,000 niños) no han logrado demostrar que el tiempo de pantalla afecte directamente al funcionamiento cerebral.
Los tres factores que explican el fenómeno (más allá del TikTok):
- La externalización del cerebro: Al igual que el GPS redujo la capacidad de orientación de los taxistas, herramientas como la IA y los buscadores están haciendo que "tercericemos" el esfuerzo mental. Si no se nos exige pensar, el cerebro se adapta a no hacerlo.
- El fin de la lectura profunda: El formato importa. El papel ayuda a "anclar" las ideas en el hipocampo mediante referencias espaciales. En la pantalla, todo fluye y nada se queda.
- La caída de la exigencia: Expertos como Roberto Colom sugieren que el problema no son solo las pantallas, sino un sistema educativo que ha bajado el listón. Si los exámenes son más fáciles y los textos más cortos (como el nuevo SAT estadounidense), la demanda intelectual disminuye.
¿Prohibir es la solución?
Mientras algunos piden regular el acceso a redes hasta los 16 años —comparándolo con el tabaco o el alcohol—, otros creen que la solución no es el veto, sino la transparencia de los algoritmos y la educación.
El dato: Quizá no estamos ante una generación menos inteligente, sino ante un cambio de paradigma. Estamos entrenando la multitarea y la búsqueda rápida, mientras dejamos morir la paciencia y el razonamiento profundo. La pregunta incómoda no es qué están haciendo las pantallas con ellos, sino qué estamos dejando de exigirles nosotros.