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La FIL: la literatura como entretenimiento que se mide en dólares y la poesía sobra en el programa

Conciertos, catas gastronómicas, cine, experiencias inmersivas y actividades paralelas colonizan el espacio que antes pertenecía al silencio y la lectura.

FIL como espejo: cuando la literatura se mide en dólares.
FIL como espejo: cuando la literatura se mide en dólares.

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México.- Cada octubre, el ecosistema cultural de América Latina contiene la respiración. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) anuncia su programa y, con él, una cascada de cifras que pretende justificar su propia grandeza: 900 escritores, 18 mil profesionales, 2 mil 800 editoriales, un millón de visitantes, 70 mil títulos, millones de dólares en transacciones de derechos. El boletín de prensa parece el informe de una junta de accionistas, no la antesala de un encuentro con la palabra escrita.

La literatura, esa forma de conocimiento que se teje en silencio y se expande en lectores solitarios, ha sido desplazada por el lenguaje de la industria. Y la edición 40 de la FIL, con Italia como país invitado de honor, no hace más que confirmar la tendencia: el discurso oficial celebra el tamaño del mercado editorial italiano, la robustez de sus traducciones y el impacto comercial de sus novedades. La cultura se subordina a la lógica del producto, y el libro, a la del best seller.

No se trata de una crítica ingenua al éxito comercial. Sería absurdo ignorar que la edición requiere viabilidad económica. Pero lo que preocupa es la jerarquía invisible que esta lógica instala: la literatura deja de ser el centro para convertirse en un engranaje más de un gigantesco festival de entretenimiento. Conciertos, catas gastronómicas, cine, experiencias inmersivas y actividades paralelas colonizan el espacio que antes pertenecía al silencio y la lectura. La FIL se parece cada vez más a un parque temático donde los libros son una atracción secundaria.

La poesía no se vende

Y en esa periferia, la primera víctima es siempre la poesía.

Resulta sintomático que, entre cientos de actividades, los espacios para la poesía sean marginales, cuando no testimoniales. No faltan poetas —nunca hubo tantos—, pero escasean las condiciones para escucharlos. La poesía vende poco, no genera grandes contratos, no llena auditorios. Por eso mismo debería ser el termómetro de una feria que se dice cultural: su presencia o ausencia revela si el criterio que ordena el programa es el mercado o la memoria.

Pero ocurre lo contrario. Mientras las novelas comerciales reciben presentaciones estelares, campañas de difusión y largas filas de lectores, la poesía queda confinada a salas pequeñas, horarios marginales o actividades casi invisibles. No es casualidad. Es la consecuencia natural de una industria que mide el valor cultural mediante indicadores de mercado. La lógica comercial establece una jerarquía donde aquello que menos ganancias produce recibe menor reconocimiento institucional. Se trata de una discriminación silenciosa, naturalizada, que rara vez se nombra porque parece normal.

Sin embargo, la historia de la literatura demuestra exactamente lo contrario. Las grandes transformaciones del lenguaje —de Dante a Sor Juana, de Hölderlin a Pessoa, de José Carlos Becerra a José Emilio Pacheco— casi nunca nacieron de los libros más vendidos. Nacieron de la poesía, ese laboratorio donde una lengua descubre nuevas formas de nombrar el mundo. La poesía ha sido la vanguardia, la herejía, la resistencia. Y hoy, en las ferias del libro, es tratada como un género de segunda.

El lenguaje del dinero

Quizá la frase elegida por Italia para esta edición —"El mundo nos habla como un gran libro", de Umberto Eco— pueda leerse también como una advertencia. Porque un libro no es únicamente una mercancía. Es una forma de conocimiento, una conversación entre generaciones, una experiencia humana irreductible a las cifras de una industria. Cuando las ferias del libro olvidan esa dimensión y comienzan a hablar únicamente el idioma de los negocios, algo esencial se pierde. No solo la poesía. También la posibilidad de que la literatura siga siendo ese espacio de disenso y asombro que el mercado nunca podrá digerir por completo.

El verdadero prestigio de una feria no debería medirse por el número de visitantes ni por el volumen de contratos firmados. Debería medirse por su capacidad para defender aquello que el mercado nunca defenderá por sí solo: la literatura como una necesidad humana y la poesía como una de sus formas más libres. Si la FIL, en su cuarta década, no es capaz de hacer ese gesto, habrá pasado de ser un faro cultural a ser un simple registro contable. Y esa sería, sin duda, la peor de las estadísticas.

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