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La excepción como método: poder, miedo y obediencia en el siglo XXI

Mientras el ciudadano común intenta adaptarse a la vorágine, los gobiernos imponen su voluntad por decreto. Un análisis crudo sobre cómo la avaricia global está normalizando lo impensable.

Estado de excepción o estética contingente.

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Por: Lucía Deblock

Los ciudadanos del mundo hemos tenido que aprender a gran velocidad a adaptarnos a una cantidad de situaciones con capacidad de transformar nuestra vida, al menos, así como la conocemos hasta ahora. No sólo en las formas, sino el fondo y sus repercusiones.

Particularmente los mexicanos, tan inclinados a enfrascarnos en nuestro universo particular, hemos entendido que cuando un evento internacional golpea a México, como se ha vuelto frecuente, las prioridades y la discusión nacional migran a terrenos internacionales, a dinámicas diplomáticas y, muchas veces, defensivas. Tal vez, algunos crean que es el precio de tener a un Bullie como jefe de gobierno de nuestro vecino y principal socio comercial.  Pero, a decir verdad, poco tiene que ver con eso, nosotros, como el resto de la humanidad, estamos a merced de la misma vorágine impelida por la avaricia y el sinsentido.

En términos sencillos, según la IA, el estado de excepción es un régimen jurídico extraordinario que un gobierno declara ante situaciones graves (guerra, desastres naturales, disturbios internos) que desbordan la capacidad normal del Estado, permitiéndole asumir poderes especiales y restringir temporalmente ciertos derechos y garantías constitucionales para restablecer el orden, siempre dentro de límites legales y con respeto a derechos intangibles como la vida y la prohibición de tortura. 

Por ejemplo: ya desde 2022 el método Bukele ha sido diseñado para irnos adiestrando sobre los gobiernos y medidas totalitarias, que sacrifican derechos y garantías institucionales en aras de resultados que no son tan malos. A golpe de “buenos datos” nos enseñan sobre la eficiencia de su sistema de gobierno que, en términos positivos, refleja la dramática disminución de la violencia e inseguridad en El Salvador; asimismo, cuenta con aquiescencia de la oficina oval y algunos de los gobiernos más ricos e influyentes del orbe, es decir, ha sido aprobado por quienes ostentan el control.

Reforzado, obviamente, por cientos de artículos de opinión y notas publicados por la prensa internacional empresarial – sí, esa que persigue sus propios intereses –que con ímpetu renovador destacan los resultados por encima de las formas. Éstas, entendidas como una serie de reglas y obligaciones éticas y legales que la comunidad internacional se pasó casi la mitad del siglo XX pergeñando y perfeccionando con la intención de que fueran las que rigieran a casi toda la humanidad.

Con la salvedad de que ahora mismo, ya no les sirven a las élites. Tal vez por eso, nadie, ni ciudadanos ni prensa ni élites ni organismos internacionales creados para preservar las reglas y cuidar las formas, dan bola al estado de excepción con el que se imponen advertencias y se ejerce el poder en el otrora imperio del norte, ni cómo ganó Milei las elecciones de medio término en la Argentina, o cómo se impuso Noboa en Ecuador, o cómo la comunidad internacional ahora recibe con honores y alfombra roja a un líder talibán, conocido por cortar cabezas en Youtube. O cómo a un ex agente de inteligencia hipercrítico de la política exterior de Estados Unidos (Scott Ritter), en represalia por sus opiniones que logra colar gracias a canales casi subversivos, le han sido congeladas sus cuentas bancarias.

Solo por mencionar algunas anomalías que han pasado casi desapercibidas para el grueso del corpus crítico de este enloquecido mundo. Tal vez, como única excepción, vale la pena mencionar el caso de Israel y su enorme desprestigio, pero eso se debe más a que sus acciones genocidas y su cinismo, lograron amedrentar incluso la moral más adormecida de los ciudadanos comunes y corrientes, es decir partió del lado contrario.

Por lo tanto, hoy en día nos rigen en distintos puntos del planeta los decretos, decisiones, imposiciones, incluso mentiras,que no tienen necesidad de pasar por la aprobación de nada ni de nadie. Para eso, el método Bukele fue usado como estética contingente y nos fue adiestrando a mirar únicamente los resultados que, por supuesto, a veces ocultan las decisiones de un todopoderoso genio de la geopolítica y no un cuasi dictador en ciernes.

Por eso el caso Venezuela es tan revelador. La velocidad a la que corre la información ya no les da oportunidad a los ejecutores políticos y mediáticos de parecer, al menos, coherentes ni congruentes. Por acá secuestran a un presidente en funciones, atentando fehacientemente contra el derecho internacional -solo porque quieren hacerse con sus recursos y lo ejecutan sin disimulo- y representantes de otros gobiernos, instituciones tan lerdas como un elefante viejo, medios corporativos y élites de multimillonarios salivantes y sonrosados, guardan silencio cómplice, defienden con inusitada vehemencia o respingan rápidamente, contrario a su naturaleza tardía e inútil. Y sin tiempo suficiente para pensar en otra estrategia, casi de inmediato salta a la arena internacional la amenaza de invadir y anexarse un territorio como Groenlandia -perteneciente a uno de sus socios que antes sonrieron extasiados tras ver a Maduro encadenado como vulgar delincuente. Y claro, no tienen argumento que valide ora su exaltación y un día después su encono ante exactamente el mismo hecho atrabiliario e ilegal apremiado por métodos que antes aplaudieron y que hoy les coloca en el centro del pecho esa diana envenenada. Los discursos fallan, las caretas caen, oh, sí, caen.

Por eso creo que mientras Heidegger sería muy feliz de habitar estos tiempos, sólo para comprobar con una gran sonrisa, su teoría sobre la finitud… los ciudadanos del mundo vivimos al filo del machete, inmersos en filosofía callejera que nos rescate con humor del matadero.

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