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Por Eduardo Serna
La etapa de la era contemporánea, supuestamente civilizatoria y democrática, marcada por los progresismos y el capital financiero, con sus fases neoliberales y nacionalistas, ha terminado. Hemos iniciado una especie de Edad Media 2.0, en la que la clase que se erige como dominante son las oligarquías: los tecno-oligarcas, los narco-oligarcas, la oligarquía bancaria, la oligarquía farmacéutica y la oligarquía belicista. Estas son las nuevas élites dominantes; gobiernos, países y organizaciones internacionales se inclinan ante ellas.
En esta etapa del necrocapitalismo, sus representantes hegemónicos, que oscilan entre el 5% y el 10% de la humanidad, no tienen ideología y no están sujetos a ninguna regla, ley o constitución. Utilizan estas como herramientas de control y de generación de ganancias; la única norma es la del necrocapital total, con la excepción de que cualquier movimiento en falso significaría la aniquilación nuclear. Para el resto de la humanidad es distinto: estamos sometidos a estos sistemas de control, seguimos reglas impuestas en el pasado y vivimos una especie de orden ilusorio que incluye al 90% de la población mundial. Para mantener cohesionada la base que sostiene la pirámide, se utiliza deliberadamente una suerte de pegamento compuesto por ideología, propaganda, manipulación y distorsión espiritual de las religiones, que permea y coloniza las mentes para preservar la unidad que sostiene al 10% de la cúpula dominante.
Sé que estos dos primeros párrafos introductorios pueden sonar más a ciencia ficción que a una realidad objetiva, pero hagamos el ejercicio de seguir leyendo, intentar comprender y no juzgar por el momento.
El andamiaje del poder: tecno-oligarcas y la máquina de guerra
Las instituciones que aparentemente organizaban las relaciones internacionales hoy se desmoronan; el necrocapitalismo las ha rebasado. Se diluye la línea entre capital legal e ilegal; esa barrera ya no existe. Solo persisten el capital total, la ganancia a toda costa y la hipertecnología, en la que esta nueva élite invierte y confía, creyendo que la perpetuará. Los tecno-oligarcas son la columna vertebral de este nuevo feudalismo. Figuras como Alex Karp, CEO de Palantir, proclaman en foros como Davos que su hipertecnología de vigilancia “fortalece las libertades civiles”, mientras utilizan ese mismo argumento para justificar el fin de la migración a gran escala. Su poder no reside solo en el capital, sino en el control de los datos y de las narrativas. Peter Thiel promueve la fuga de la democracia hacia “ciudades flotantes” y “estados en red”, desmantelando desde la raíz los conceptos de soberanía popular y bien común.
Este poder tecnológico se fusiona de manera simbiótica con la oligarquía belicista. La coalición no es casual: think tanks como el Washington Institute for Near East Policy (WINEP) actúan como puentes intelectuales entre Washington y Jerusalén, legitimando bajo el lenguaje de la “seguridad nacional” agendas de expansión territorial. Es la materialización de un proyecto en el que la guerra permanente es un negocio y una herramienta de control geopolítico.
La reciente orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, acusado de crímenes de guerra y genocidio, no es relevante en el sentido material; viaja impune gracias a la cobertura de su clase oligárquica. No es una anomalía: es la norma del nuevo orden. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, puede hoy bombardear, secuestrar y robar recursos sin enfrentar consecuencias materiales; y existe una maquinaria mediática dedicada a tejer cortinas de humo y a polarizar sociedades y opiniones con el fin de generar caos y desviar la atención de los crímenes cometidos “en nombre de la democracia y la libertad”.
La economía de la muerte: finanzas, fármacos y narcotráfico
En este sistema no existen leyes que separen lo legal de lo ilegal. Esa barrera fue derribada. Solo existe el necrocapital total. La oligarquía bancaria y financiera, aunque poderosa, baila al ritmo que marcan los caprichos del poder oligárquico. Como se vio cuando una medida administrativa sobre tasas de interés hizo temblar los mercados, las reglas pueden cambiar por decreto, sembrando un caos controlado que beneficia a los más grandes.
La oligarquía farmacéutica opera en un mercado distorsionado en el que la salud es un lujo. En Estados Unidos se gastan más de 730 mil millones de dólares anuales en medicamentos, un costo artificialmente inflado por monopolios de patentes que corrompen la ciencia y generan crisis como la de los opioides, mientras se negocia un teatro pseudopolítico sobre la reducción de precios.
Mientras tanto, la narco-oligarquía ejerce un poder paralelo y, en muchos territorios, fusionado con la oligarquía belicista. El caso de Latinoamérica es paradigmático: países acorralados entre agrupaciones criminales entrenadas y armadas por los belicistas. Estos grupos dominan regiones y funcionan como agentes desestabilizadores y corruptores de gobiernos. Este mecanismo mantiene sometidos a los Estados al necrocapital, pagando enormes cuotas de sangre y violencia. A ello se suma la presión de potencias extranjeras que utilizan la “guerra contra las drogas” como pretexto para un intervencionismo que erosiona toda soberanía. El capital del narcotráfico se lava y se integra perfectamente en los flujos legales de la economía global, demostrando que la frontera entre lo legal y lo ilegal es hoy una ficción.
Los perros amaestrados: el neofascismo como brazo ejecutor
El neofascismo (fascismo y sionismo) resurge y camina por las calles, por las redes sociales y por las mentes. Son perros amaestrados que infunden miedo al rebaño, que observa impávido. Estas fuerzas pueden ser legales o ilegales: ICE en Estados Unidos; en Europa, grupos neofascistas que actúan violentamente en España, Alemania, Italia, Inglaterra, entre otros países. Lo importante es patrullar, infundir miedo y ejercer la violencia. Es parte del experimento aglutinador para impedir que la base de la pirámide mencionada al inicio se organice y derroque a la élite dominante.
Su función ya no es oculta. Es Donald Trump declarando sin rubor que “a veces se necesita un dictador” desde la cumbre de los oligarcas en Davos. Es la retórica que convierte a inmigrantes y disidentes en blancos de agresiones legales e ilegales, para cohesionar a una base social mediante el miedo y la violencia. Casos como el del agente de ICE que ejecutó a Renee Good, madre y poeta en Minneapolis, por el “delito” de ser observadora comunitaria durante una redada, lo ejemplifican. A estas fuerzas, legales o ilegales, ya no les importa el marco jurídico; más aún, este las protege. Es el experimento aglutinador definitivo: una violencia espectacular y cotidiana para recordar a la base esclavizada las consecuencias de organizarse. No es ciencia ficción: es nuestra realidad, es la forma en que sobrevivimos.
La semilla del pesimismo
Este es nuestro paisaje. Sin embargo, en el diagnóstico del colapso reside un atisbo de esperanza. La semilla incómoda del pesimismo generalizado puede romper el silencio, encender la indignación y llevarnos a las calles para tambalear este nuevo sistema; no sé si para derrocarlo, pero al menos para luchar. Que el 54% de los estadounidenses crea que “nada importa porque los poderosos siempre harán lo que quieran” es, paradójicamente, el primer síntoma de lucidez que los ha sacado a las calles por millones. La gente identifica ya la podredumbre sistémica, la degradación contra la dignidad de la vida, el genocidio estructural y el saqueo.
Hechos como el genocidio en Gaza o el caso Epstein prendieron en la conciencia colectiva no por el morbo, sino porque confirmaron una verdad: los poderosos operan sin moral, en una impunidad dorada. La Edad Media 2.0 tiene nuevos señores feudales: los oligarcas de la tecnología, la guerra, las finanzas, los fármacos y el crimen. Pero en el reconocimiento masivo de este hecho yace la semilla de la rabia que precede al cambio. La pregunta que define nuestra época ya no es cómo reformar el sistema, sino cómo derrocar a sus nuevos señores y evitar que nos arrastren a un final oscuro.
Reflexionemos, finalmente, sobre esto: ¿es ciencia ficción o es una realidad material, visible desde los polos de dominación? Como siempre, los invito a reflexionar y a tomar acción.