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La crisis de la poesía como atrofia del aparecer; el problema de la objetivación

Una civilización que solo reconoce lo que se puede medir ha perdido el asombro ante el hecho mismo de que haya algo en lugar de nada.

Objetos divinos. Autor: Zoe MG.

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Cada época aprende una manera de mirar el mundo. Algunas lo contemplaron como un misterio; otras, como un orden divino. La nuestra ha perfeccionado una habilidad distinta: convertirlo todo en objeto.

No parece un problema grave. Después de todo, los objetos siempre han existido. Pero basta observar cómo hablamos de las cosas para advertir la magnitud del cambio. Lo que no puede medirse inspira desconfianza. Lo que no puede clasificarse parece confuso. Lo que no puede almacenarse o intercambiarse termina por desaparecer del horizonte. Hemos llegado a llamar realidad únicamente a aquello que puede transformarse en dato, mercancía o información útil.

Quizá por eso se habla tanto de una crisis de la poesía. Se repite que ya no tiene lectores, que las grandes editoriales la han borrado de sus catálogos o que sobrevive en las periferias. Todo eso puede ser cierto. Pero también es superficial.

La poesía no comenzó a estar en crisis cuando perdió lectores. Perdió lectores cuando nosotros perdimos algo más importante: la capacidad de permanecer ante el mundo antes de convertirlo en objeto. El ser humano ha dejado de experimentar el aparecer de las cosas.

El mundo contemporáneo ha sometido toda realidad a un solo régimen: el del objeto medible, utilizable e intercambiable. Cuando todo debe justificarse por su utilidad, el poema se vuelve in/cierto. Entonces se le ofrecen dos destinos igualmente tranquilizadores. El primero consiste en reducirlo a objeto estético: un artefacto para producir emociones, un adorno para la emotividad, una experiencia de consumo más entre otras. El segundo consiste en tratarlo como documento: un conjunto de signos dispuesto sobre la mesa de disección de la crítica y la filología.

En ambos casos, el poema queda neutralizado. Se le aborda como un ente más entre entes. Y se olvida que el texto impreso o, el artificio digital, no es la poesía, sino apenas la huella de un acontecimiento más originario. La poiesis no es el poema, sino aquello por lo cual el poema llega a ser posible.

Adornos para la emotividad.
Adornos para la emotividad.

Lo que se ha atrofiado es la capacidad de habitar la grieta. Esa rendija por donde el mundo brota antes de ser clasificado. Una civilización que solo reconoce lo que se puede medir ha perdido el asombro ante el hecho mismo de que haya algo en lugar de nada. La atrofia del aparecer es, en el fondo, la imposibilidad de estar ante la presencia sin la urgencia de apropiársela.

La imposibilidad de objetivar la condición de posibilidad

Si la poiesis es el acontecimiento por el cual las cosas llegan a presencia, entonces se sigue una consecuencia inevitable: la poiesis no puede objetivarse a sí misma. Y no porque sea esquiva, sino porque es estructuralmente previa a toda objetivación.

Toda objetivación supone una distancia. Un marco, una luz, un lugar desde el que el objeto se recorta frente a un sujeto que lo examina. Pero la poiesis es esa luz misma, no lo iluminado. Pretender hacer de ella un objeto de estudio —equipararla a una técnica, a una teoría del lenguaje o a un método de composición— es un error categorial: se confunde el horizonte con la figura.

Esta imposibilidad no es una carencia del pensamiento, sino su condición de posibilidad. Pienso en el ojo: puede ver todos los objetos del mundo, pero no puede verse a sí mismo en el acto de ver. Si se mira en un espejo, no ve su visión, sino el órgano reflejado, ya convertido en cosa. O pienso en la linterna: muestra los objetos en la oscuridad, pero no podemos iluminar la luz misma. Solo vemos lo que ella hace visible.

Heidegger lo dijo con claridad: el ser nunca comparece como un ente más, porque es aquello que permite que los entes sean. La poiesis ocupa ese mismo lugar. Si fuera objetivable, pasaría a ser una cosa entre cosas. Pero al ser aquello por lo cual el mundo acontece, permanece en la penumbra de las condiciones. No se la captura mediante el dominio conceptual; solo se la reconoce en la resonancia de lo que ha llegado a ser.

Por eso la poesía no es un saber sobre los objetos del mundo. Es el testimonio de que hay mundo.

El acontecimiento como proceso: entre la excepción rupturista y la ocasión actual (Whitehead)

Antes de seguir, conviene aclarar a qué llamo acontecimiento en este trabajo. Porque la palabra ha sido secuestrada en las últimas décadas por una matriz rupturista que la entiende como excepción, como quiebre impredecible del orden. Badiou, Derrida, incluso cierto Žižek: el acontecimiento es lo extraordinario, el milagro laico que interrumpe la monotonía de la estructura.

Si asumiéramos esa lógica, la poiesis quedaría reducida a una rareza, a un destello dentro de un mundo de objetos inertes. Pero la hipótesis que sostengo aquí es exactamente la contraria: la poiesis no es el relámpago que rompe la noche, sino la textura continua de la luz.

Poesía sonora.
Poesía sonora.

Para sostenerlo, recurro a la metafísica del proceso de Alfred North Whitehead y a su noción de “ocasión actual”. Whitehead nos propone una imagen del mundo radicalmente distinta a la que hemos heredado. La realidad no está hecha de sustancias estáticas que sufren accidentes en el tiempo. Whitehead demuestra que la metafísica occidental comete un error al pensar que el mundo está compuesto por "cosas" independientes con atributos. La "física de las ocasiones" disuelve la separación entre sujeto y objeto: el sujeto no contempla al objeto a la distancia, sino que el objeto es incorporado en el devenir del sujeto. El cosmos es, en su raíz, una trama incesante de procesos de actualización.

En el centro de esta metafísica se encuentra lo que Whitehead llama la “Categoría de lo Último”: la Creatividad. No es un principio abstracto, sino el impulso mediante el cual lo diverso y lo múltiple se sintetiza sin cesar en una nueva unidad. Esta síntesis no ocurre en el aire, sino en cada ocasión actual, mediante la prehensión —el modo en que la ocasión siente e incorpora el pasado— y la concrescencia, el acto vivo por el que la multiplicidad se ensambla en una unidad orgánica y nueva.

Desde esta perspectiva, el acontecimiento no se define por la rareza ni por la violencia de la ruptura, sino por su actualidad en constante actualización. La poiesis es el nombre ontológico de esa Creatividad en acto. Es la concrescencia misma: el impulso creativo e inmanente por el cual el presente está llegando a ser. Es la dimensión viva, inacabada e inobjetivable de la ocasión mientras ocurre.

Esta precisión procesual tiene tres consecuencias decisivas para lo que estamos pensando:

Primera: la poiesis no es creación ex nihilo ni interrupción mística. Es el impulso creativo inmanente por el cual el presente está continuamente llegando a ser. La poiesis no acontece de vez en cuando en un poema genial; la poiesis es el carácter procesual de todo cuanto existe.

Segunda: cuando una ocasión actual (el acontecimiento originario en el que el mundo acontece), alcanza su meta, perece como sujeto en devenir y pasa a formar parte del pasado. Adquiere lo que Whitehead llama una “inmortalidad objetiva”: se convierte en dato inerte para futuras ocasiones. El drama de nuestra civilización consiste en aislar ese dato fenecido y consagrarlo como la única realidad, desligándolo del flujo vivo que lo hizo emerger.

Tercera: esa operación es lo que Whitehead llamó la “falacia de la concreción fuera de lugar”: tomar las abstracciones por la realidad concreta. La objetivación es el triunfo de esta falacia: el hábito de sustituir la marea viva de las ocasiones actuales por modelos estáticos de control.

La reducción a dato, a soporte.
La reducción a dato, a soporte.

Por eso, cuando afirmo que la poesía es la condición de posibilidad de la objetivación, estoy diciendo que la poiesis es la energía de la concrescencia (el acto poético originario mediante el cual el mundo se configura por primera vez en una experiencia concreta) continua. Sin ella, no habría siquiera “objetos fenecidos” que el mercado, la ciencia o el lenguaje pudieran aislar y clasificar. El poema no se concibe aquí como una sustancia muerta sobre el papel, sino como una ocasión de experiencia que reactiva en el sujeto la memoria procesual del universo.

De la presencia a la disponibilidad: la lógica del Gestell y la reducción a dato

¿Por qué se ha vuelto tan difícil experimentar este acontecer no-objetivable? La respuesta exige mirar a la técnica, pero no a la técnica como conjunto de máquinas, sino como estructura de la verdad.

Heidegger lo advirtió en La pregunta por la técnica (1953): la esencia de la técnica moderna no es instrumental. Es un modo de desocultamiento al que llamó Gestell, el “emplazamiento” o la “composición”. Bajo su hegemonía, la realidad ya no se revela como un brote espontáneo que exige respeto o contemplación, sino como reserva disponible. Un río ya no es un acontecer; es un proveedor de energía hidroeléctrica. Un bosque ya no es un hábitat de misterio; es madera calculable en metros cúbicos.

En el siglo XXI, este emplazamiento ha dado un paso más. La reducción a dato. El dato es la forma extrema de la objetivación porque exige la disolución de toda opacidad. Mientras que la cosa física conserva una reserva de sombra, el dato exige ser sólido (toda solidez es un impulso que ha olvidado su propio acontecer), cuantificable, procesable en tiempo real.

Cuando la realidad es traducida enteramente a flujos de información y rendimiento algorítmico, ocurre la sustitución definitiva: el acontecer es reemplazado por el procesamiento; la presencia, por la disponibilidad; la densidad de las cosas, por fricción operacional.

En este escenario, todo aquello que no se deja reducir a código, cálculo o mercancía es declarado inexistente o inútil. La poiesis, como acontecimiento indomable y no-objetivable, resulta radicalmente inútil para la lógica de la disponibilidad. Y es precisamente en esa “inutilidad” donde radica su potencia crítica. Quizá, también, su condición de último reducto de lo humano.

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