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Jesse Jackson, el predicador que llevó la causa de los derechos civiles hasta la Casa Blanca

El reverendo bautista, heredero político de Martin Luther King y dos veces aspirante presidencial, muere a los 84 años tras décadas como puente entre la calle y el poder.

Muere a los 84 años un puente entre el poder y la calle.

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El reverendo Jesse Jackson convirtió el púlpito en tribuna política y la protesta en estrategia electoral. Durante más de medio siglo transitó la frontera entre el activismo y las instituciones con una ambición explícita: ampliar los límites de la democracia estadounidense. Este martes murió a los 84 años, según informó su familia, tras una larga batalla contra enfermedades neurodegenerativas.

En 2017 había revelado que padecía Parkinson. En los últimos meses fue tratado por una parálisis supranuclear progresiva (PSP), un trastorno especialmente agresivo. Su entorno destacó su “inquebrantable compromiso con la justicia, la igualdad y los derechos humanos” y llamó a continuar la lucha que definió su vida pública.

El heredero incómodo de King

Nacido el 8 de octubre de 1941, Jackson irrumpió en la primera línea del movimiento por los derechos civiles en los años sesenta. En 1965 marchó en Selma junto a Martin Luther King Jr., y trabajó en la Southern Christian Leadership Conference, donde dirigió la Operación Breadbasket, enfocada en la presión económica a empresas que discriminaban a afroamericanos.

El 4 de abril de 1968 estaba en el Templo Masón de Memphis cuando King fue asesinado. Aquella escena lo proyectó como uno de los continuadores naturales de su legado, aunque su estilo —más pragmático, más dispuesto a negociar— lo convirtió también en una figura polémica dentro y fuera del movimiento.

En 1971 fundó Operation PUSH, centrada en la autosuficiencia económica de la comunidad negra. Más tarde impulsó la Coalición Nacional Rainbow, germen de la actual Rainbow PUSH Coalition, con la que articuló una alianza amplia de minorías raciales, trabajadores, mujeres y colectivos LGTBI. Su idea era clara: la política debía construirse como una coalición multicolor capaz de disputar el poder real.

De la protesta al voto

Jackson entendió pronto que la movilización necesitaba traducirse en representación institucional. Sus candidaturas en las primarias demócratas de 1984 y 1988 rompieron un techo histórico. En la segunda contienda quedó en segundo lugar, por detrás de Michael Dukakis, y logró millones de votos que evidenciaron el peso electoral afroamericano.

No ganó la nominación, pero desplazó el centro de gravedad del Partido Demócrata. Forzó debates sobre desigualdad, acceso al voto y justicia social, y abrió camino a generaciones posteriores de dirigentes negros. Su consigna —“Keep hope alive”— condensó una narrativa política que conectaba memoria histórica y aspiración de poder.

Entre 1991 y 1997 ejerció como delegado del Distrito de Columbia en la Cámara de Representantes, con voz pero sin voto pleno, un símbolo de las limitaciones democráticas que él mismo denunciaba.

Diplomacia informal y controversias

Jackson también practicó una diplomacia paralela. Viajó a Sudáfrica para denunciar el apartheid y medió en la liberación de rehenes estadounidenses en Siria, Irak y la antigua Yugoslavia. Esa disposición a dialogar con adversarios le granjeó críticas, pero consolidó su imagen de interlocutor capaz de moverse donde la diplomacia oficial no llegaba.

En 2005 protagonizó un choque con el entonces presidente mexicano Vicente Fox, a quien exigió disculpas por unas declaraciones consideradas despectivas hacia la población afroamericana. El episodio se cerró con una rectificación pública y una reunión en Los Pinos.

Pastor bautista, organizador incansable y político ambicioso, Jackson habitó siempre esa tensión entre la pureza del movimiento y la complejidad del poder. Su trayectoria dibuja un arco que va de las marchas en el sur segregado a la disputa por la Casa Blanca. Con su muerte desaparece uno de los últimos protagonistas directos de la gran era de los derechos civiles en Estados Unidos.

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