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Taxco, Guerrero.– José Manuel Castañeda Hernández regresó a Taxco, pero no como su familia lo esperaba. El geólogo de 43 años, padre de familia, aficionado al fútbol y profesional con dos décadas de trayectoria, fue despedido este martes entre coronas florales y el llanto de una comunidad que se niega a aceptar que su asesinato sea reducido a un simple "error de cálculo" del crimen organizado.
Un refugio que no fue
La tragedia de José Manuel no ocurrió en un callejón peligroso, sino en su propio centro de trabajo. El pasado 23 de enero, él y otros nueve trabajadores de la minera canadiense Vizsla Silver Corp fueron sustraídos de su campamento en Concordia, Sinaloa. Semanas después, su cuerpo fue identificado en una fosa clandestina en la comunidad de El Verde.
Para sus colegas y académicos de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG), el caso ha roto el último velo de seguridad que les quedaba. “Nunca esperas que lleguen y te secuestren en tu refugio, donde se supone que estás más seguro”, lamentó el académico Israel Castrejón, quien recordó a José Manuel como un estudiante brillante y un profesional formal.
El rechazo a la narrativa de la "confusión"
La indignación en el funeral no solo se dirigía a los captores (presuntamente vinculados a "Los Chapitos"), sino también a las declaraciones hechas en la capital del país. El titular de Seguridad Federal, Omar García Harfuch, sugirió que los mineros fueron "confundidos" con sicarios rivales.
Esta versión fue tajantemente rechazada por los mineros de la Sección 17 de Taxco. Roberto Hernández Mojica, secretario general del sindicato, calificó la explicación oficial como un intento de salida fácil:
“Tenían su identificación, su ropa de trabajo… luego se ve cuando es gente honesta. No los pueden confundir”.
Un país sin territorio seguro
El sepelio de José Manuel puso de manifiesto una realidad dolorosa para los profesionistas de la tierra: el "sueño del norte" se ha terminado. Compañeros de generación del geólogo señalaron que muchos guerrerenses huían de la violencia local buscando refugio en las minas de Durango o Sinaloa, solo para descubrir que la inseguridad ha permeado cada rincón.
A las 3 de la tarde, bajo las notas de un mariachi y rodeado por más de 300 personas, el féretro partió hacia el panteón municipal. La familia optó por el silencio y la privacidad, pero el mensaje del gremio fue estruendoso: José Manuel no era un daño colateral, era un hombre que, como miles de mexicanos, salió a trabajar y fue alcanzado por un estado de guerra que las autoridades aún intentan minimizar con adjetivos de "confusión".