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Por Lucía Deblock
Vivir en esta época es emocionante y aterrador. Hemos sido testigos del derrumbe de hitos y dogmas que moldearon nuestra consciencia. En geopolítica, pocas veces lo que vemos es lo que realmente sucede.
Dichos acontecimientos impulsan cambios dramáticos que, según el filósofo Slavoj Žižek, en condiciones normales tardarían décadas en concluir. Un ejemplo claro es la caída de la URSS en 1991: no fue solo el colapso de un régimen, sino la implosión del país más grande del mundo y la desaparición del contrapeso natural del hegemón occidental. Sin ese equilibrio, Occidente se sintió libre de ejercer acciones tiránicas, regionalizando el mundo a través de la Unión Europea y la OTAN para domesticar a los estados rebeldes bajo reglas creadas a su medida.
Pero aquello que cayó en el 91 resurgió más pronto de lo previsto como la Federación Rusa. Casi en paralelo, el "Dragón Rojo" decidió romper sus murallas. El quiebre definitivo quizás comenzó el 11 de diciembre de 2001, cuando China ingresó a la OMC. Occidente intentó bloquearlo, temiendo una competencia que no podrían domesticar. Tenían razón: sabían que China pondría en evidencia un sistema basado en el subdesarrollo de países periféricos y deudas exorbitantes.
Hoy, lo impensable ha ocurrido: Rusia y China han zanjado sus diferencias, los BRICS ganan terreno y los últimos rastros del colonialismo en África se desvanecen. La Guerra Fría 2.0 ya está aquí, aunque pocos se atrevan a nombrarla.
El laboratorio ucraniano La mayoría supo de la guerra en Ucrania el 24 de febrero de 2022, ignorando lo que sucedía desde 2013: el Euromaidán, la creación del Batallón Azov —paramilitares de extrema derecha financiados, irónicamente, por el magnate judío Ihor Kolomoisky y la CIA— y la imposición de Zelenski, un cómico convertido en político manipulable.
Lo más espeluznante surgió tras el bloqueo informativo: el hallazgo de programas militar-biológicos financiados por el Pentágono en laboratorios ucranianos. Se encontraron patógenos de ántrax, cólera y peste. Aunque el aparato de propaganda lo negó, Victoria Nuland —entonces subsecretaria de Estado de EE. UU.— tuvo que admitir ante el Senado la existencia de estos laboratorios y su "preocupación" de que el material cayera en manos rusas.
Incluso circularon informes sobre investigaciones con aves y mosquitos diseñados para atacar específicamente el gen eslavo oriental. Aunque Washington lo calificó como "ciencia ficción", las pruebas rusas apuntan a una realidad mucho más oscura.
El fin del conflicto Este año, el conflicto en Ucrania probablemente llegue a su fin. Rusia ha ganado: ha probado tecnología bélica de punta, ha desmilitarizado al vecino y se ha anexionado territorios clave con salida al Mar Negro. Zelenski, tarde o temprano, será depuesto.
¿Por qué prolongar artificialmente esta guerra? Tal vez, quienes financiaron y espiaron solo buscan tiempo para gestionar con dignidad su lugar en el nuevo orden multipolar. La Guerra Fría 2.0 ya ha comenzado, y en este tablero, los perdedores siempre acaban pagando la factura.
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