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Por: Lucía Deblock
Todo chairo que se respete tiene una tía panista; en mi caso, tengo varias. De hecho, ellas dicen lo mismo: todo fifí buenaondita tiene un pariente chairo. Es inevitable, y ese es mi rol dentro de la familia: la que pincha la burbuja, la que rompe con la inercia complaciente de sus sobremesas, la que lanza preguntas incómodas. Claro, cuando me dejan, porque a veces soy requerida, pero bajo la consigna explícita de no hablar de política.
En un lejano 2017, una de ellas me dijo: “Yo no conozco a nadie que vaya a votar por López, solo a ti y al señor de la basura”. Me encanta recurrir a esta frase porque, involuntariamente, mi tía lanzó una expresión polisémica de buen calado. Por un lado, el desprecio calculado al nombrar con ese apellido vulgar a quien, desde su particular fenotipo y con una arrogancia desmedida, se cree capaz de gobernarla a ella y a sus amigas del club de golf. Por otro, el lenguaje corporal: el tono de asco y el dramático entornar de ojos al referirse a nosotros, los votantes de AMLO, sin omitir el bien impuesto menosprecio clasista-racista. Y, por último —quizá lo más significativo—, la frase describía con gran precisión la burbuja de opinión en la que estaba inmersa.
En 2011, el activista Eli Pariser conceptualizó con gran acierto el fenómeno de los filtros burbuja. Aunque su investigación gira en torno a las redes sociales y a los algoritmos que nos acercan información que confirma nuestro peculiar punto de vista, en la vida cotidiana —en las tardes de canasta uruguaya a punto de amanecer a bordo de un yate y en espera de un merlín, o en los domingos de tacos de barbacoa campechanos en el tianguis de la colonia, o en la reunión involuntaria de señoras afuera de las escuelas públicas— también existe una cámara de eco del entorno, sesgada, que limita la exposición a la diversidad de opiniones y contribuye a una percepción única de la realidad.
El tema es relevante hoy, quince años después, por la evolución natural del fenómeno. Los mexicanos hemos experimentado distintos niveles de polarización social y hemos tenido que adaptarnos, calibrando el costo de sostener ese ritmo. A ello se suman las campañas de fake news en redes y medios de información, cada vez más intensas en cantidad y más sutiles en contenido, con una sofisticación que dificulta enormemente encontrar la verdad. Esa verdad, entendida como la planteó Kapuściński, se percibe hoy frágil ante la inmediatez y vulnerable frente a la insana necesidad de priorizar las formas sobre la profundidad, donde la información refleja cada vez menos la realidad del mundo y de sus ciudadanos.
Por eso resulta relevante que, en contra de casi todas las probabilidades, chairos y fifís hayamos descubierto que coincidimos en lo poco que nos representan los partidos políticos y sus actores en México. Los motivos que nos llevaron a esa conclusión son, por supuesto, diametralmente opuestos, pero aceptemos el punto de encuentro, justo ahora que los políticos planean sus campañas y afinan estrategias rumbo a la contienda de 2027, cuando los mexicanos volveremos a las urnas para elegir 1,088 diputaciones locales, 680 presidencias municipales y 17 gubernaturas.
En ese contexto, ¿el falso discurso de Ricardo Anaya en el Senado —con su botecito de plástico alzado como icono de lucha, mientras con voz impostada, afinada en tiempos de espera a bordo de un carrito de golf, reclama que Morena no ha bajado el precio de los combustibles en siete años de gobierno— ha adquirido relevancia en la conciencia fifí, sobre todo cuando minutos después es desmentido por otro discurso suyo, pronunciado en el mismo recinto, apenas unos años antes? ¿O será que Lily Téllez, megáfono en mano y clamando con vehemencia una intervención militar en México, más allá de la excentricidad histriónica, ha servido para marcar los límites de lo permisible en las almas conservadoras?
Pero también los chairos cargamos nuestros propios costalitos. Ahí están la compra a sobreprecio de los libros de Monreal, adquiridos mediante la falsificación de firmas del comité que supuestamente autorizó la compra y que él mismo controlaba; su forma de operar políticamente en contra de asuntos de gran calado, contraviniendo promesas de campaña, consensos y acuerdos logrados en comisiones; su cercanía con un hampón como Pedro Haces y la cobertura a sus operaciones de extorsión y chantaje en sindicatos charros.
Se suman las evasiones de Adán Augusto, los excesos de Noroña; la arrogancia de los antes simpáticos moneros; los discursos falsos de Luisa María Alcalde cuando habla de nepotismo y corrupción; las sentidas declaraciones de Andy, quejándose de que se le niega identidad y se le condena al menosprecio por el uso de un diminutivo. El desafuero nunca conseguido de Alito Moreno; los vergonzosos resultados de algunos gobernadores; los exopositores reconvertidos en fieles perros de batalla del “humanismo mexicano” hasta que tocan sus intereses. En fin, es tan estridente, tan soez por momentos, que los ciudadanos estamos francamente hastiados. De ahí, quizá, ese punto de acuerdo entre mexicanos.
Para la oposición se adivina un dramático adelgazamiento de filas y recursos, al menos hasta que logre articular un proyecto. Con excepción de Movimiento Ciudadano y algún fenómeno local, no se vislumbran ganadores claros. Para el oficialismo, basta observar con detenimiento los resultados electorales de 2025, donde Durango y Veracruz evidenciaron el hartazgo ante la inacción y la falta de congruencia política, confirmando el poder de aquello que Ortega y Gasset denominó “hiperdemocracia”: la democracia de las verdades a medias y de las políticas a medias. Tal vez sea un bypass histórico, porque, a pesar de todo, la condición humana siempre encuentra la forma de superar los fenómenos de su época.
Mientras tanto, aprovecho este inusitado remanso de paz con mis tías panistas. Estamos planeando ir a tomar café más seguido y, con un poco de suerte, tal vez lleguemos a platicar sobre quién nos hará menos daño cuando ejerzamos, juntos, el voto de castigo.