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Por Francisco Vázquez Salazar
Una primavera en Palacio Nacional no es mala idea.
Abriré uno de sus ventanales. Asolearé mis piernas un día; en otro, me sentaré en la cornisa a pensar un poco.
¿Hay manifestaciones afuera? ¡Qué importa! El cielo luce radiante. Las horas de la tarde se despliegan con más sosiego que las aves que anidan en la Catedral. Los edificios vecinos me invitan a retratarme en la majestuosidad de la plaza.
¿Soy funcionaria pública? ¿Y cuál es el problema? Este país, tan generoso, con su gente llena de bondad y buen ánimo, comprende que lo que no está prohibido está permitido. Y yo tengo ganas de salir al sol.
¿Debo pensar que alguien tomará fotos y videos, que puedo hacerme viral por esta escena en Palacio? No. Yo pienso en números. Ayudo a la República a que haya orden en la hacienda pública.
¿Me grabó un maestro de la CNTE? Por cierto, ¿qué quieren?
El sonido de las campanas marca que mi horario de comida terminó. Pero no me es posible dejar de mirar el cielo. Yo, que puedo hacerlo desde estas alturas. ¡Ay, el celular! Llegan tantas cosas al mismo tiempo. El sol sigue ahí. Eso es lo bueno.
¿El Palacio Nacional es la casa de todos los mexicanos? ¿Quién inventó esa mafufada? Aquí está mi oficina. Es lo único cierto. A ver, intenten hacer esto que ahora hago. Apenas si les alcanza para una visita guiada.
¿Qué es la 4T? ¿Qué es la nueva ética pública? ¿Qué es actuar con modestia y saberse gobernar a sí mismo? ¿Qué es “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”?
Esta ventana que no cierra… ya la reporté y no me pelaron. Esto del servicio público es patético. A ver si mañana ya queda. No me gusta entretenerme con estas cosas.
II
El Palacio Nacional es hoy la sede del Poder Ejecutivo; antes lo fue del Legislativo y del Judicial. Símbolo patrio. Gigante macizo en el que el pueblo deposita su mirada con orgullo secular. Morada de Benito Juárez, de quien aún se conserva su recámara recreada, para que el pecho se inflame. Resguardo de murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco y Arturo González Orozco.
Centurias de historia de un país que se sigue construyendo, a pesar de personajes que se pierden en los pasillos palaciegos o que se sientan en los balcones, indiferentes a un movimiento social y político que busca, precisamente, instalar nuevos símbolos para erradicar el abuso y el privilegio.
III
Ya se armó todo un escándalo por asolearme en “mi” balcón, de “mi” oficina.
¿De cuánto —o de qué forma— es la sanción?
Mejor renuncio.