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Acapulco, Guerrero.- Beatriz Mojica Morga, es oficialmente la coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación en Guerrero con rumbo al 2027. Ganó la encuesta que el propio partido organizó, con reglas que todos los aspirantes firmaron de antemano. Y aun así, varios de quienes compitieron contra ella se comportan como si la contienda siguiera abierta.
Y ese es un problema real al interior de Morena. Durante meses el discurso oficial de los aspirantes fue el mismo: con el pueblo todo, sin el pueblo nada. Desde el principio del proceso interno, la encuesta se presentó como el mecanismo que legitimaría al aspirante con mayor respaldo. Ahora que el resultado no benefició a ciertos grupos, ese mismo instrumento empieza a ponerse en duda. Nadie discute las cifras abiertamente, pero la derrota se trata como si todavía se pudiera negociar.
Los dilemas de las encuestas
Lo que está en riesgo no es solo quién coordina el proceso en Guerrero, sino algo más de fondo: si Morena es capaz de resolver sus propias sucesiones internas sin que cada encuesta se convierta en el inicio de una guerra de desgaste: negociar espacios —diputaciones, presidencias municipales, cuotas en la estructura— que hasta cierto punto es normal en cualquier partido, pero otra cosa muy distinta es usar esa negociación para intentar reabrir una decisión que ya se tomó. Eso no es negociar: es negarse a perder.
Quienes están pensando en hacerle el vacío a Mojica deberían tener claro que el resultado no será el mismo que en 2015. En aquel año fue candidata del PRD a la gubernatura y enfrentó resistencias internas —los cuatro fantásticos, entre otros gactores— que terminaron por fracturar a un partido que ya venía roto por dentro por la tragedia de Ayotzinapa; con el tiempo, esa fractura le costó al PRD hasta el registro nacional.
Pero la diferencia con el escenario actual es de fondo: aquel PRD era una fuerza en descomposición, mientras que el Morena de 2027 es el partido hegemónico del país, con una ventaja de alrededor de 30 puntos sobre su competidor más cercano, el PRI. Apostarle al desgaste interno pensando que se repetirá el guion de 2015 es un cálculo equivocado: quien fracture hoy no debilita a un partido de salida, debilita a la fuerza dominante del estado, y esa fractura no la va a capitalizar la oposición, la va a pagar el propio movimiento en forma de ingobernabilidad.
Por eso la pregunta que importa no es si los aspirantes derrotados "reconocen" a Mojica de dientes para afuera, sino qué van a hacer antes de que el proceso los obligue formalmente a definirse. Lo que Morena necesita en Guerrero no es lealtad personal hacia la coordinadora, es algo más básico: que un mecanismo pactado por todos obligue a todos, incluidos los que apostaron por ganarlo y perdieron a consolidar el llamado Segundo Piso de la Cuarta Transformación.
Cerrar filas no significa enterrar las aspiraciones propias. Significa aceptar que, una vez tomada la decisión, el proyecto va por encima de los intereses de grupo. Los que no logran digerir eso no desgastan a Mojica, desgastan al partido completo. Y en un proceso donde buena parte de la ventaja de Morena depende de no regalarle a la oposición una imagen de división, ese desgaste tiene un costo político muy real.
Todavía hay tiempo para que el partido absorba las aspiraciones que quedaron pendientes, antes de que arranque formalmente el proceso electoral. Lo que no hay es margen para que el cálculo de grupo se imponga sobre el proyecto: Morena no llega a 2027 a administrar una ventaja, llega a construir las condiciones para sostenerla hasta 2030, cuando se juega el tercer piso de la Cuarta Transformación. Una fractura interna en Guerrero no solo pondría en riesgo la elección inmediata; comprometería la continuidad de un proyecto que necesita gobernabilidad, no guerras de grupos, para llegar completo a esa siguiente etapa.