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Ciudad de México.- El 5 de febrero de 1998, fecha en la que Ricardo Monreal Ávila renunció al PRI tras diez años de militancia, el Revolucionario Institucional se encontraba en franco declive y a solo dos años de perder la Presidencia de la República, que había mantenido durante más de ocho décadas.
El partido al que decidió incorporarse fue el PRD, que apenas un año antes, en 1997, había ganado la Jefatura del entonces Distrito Federal de la mano del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Conviene que el Senador Saúl haga una lectura política correcta. No basta con recordar que su hermano, patriarca de la familia Monreal, renunció al PRI tras no obtener la candidatura a gobernador en Zacatecas, se fue al PRD y ganó. La historia no es tan simple.
Ricardo Monreal abandonó un partido que había perdido la hegemonía política del país, con una profunda descomposición interna y una crisis de legitimidad producto de la corrupción y del nepotismo desbordado, que terminaron por provocar el hartazgo social. En contraste, fue acogido por un PRD en expansión, con capital político y con referentes morales como el propio Cuauhtémoc Cárdenas, Efigenia Martínez, Porfirio Muñoz Ledo y Rosario Ibarra.
Hoy el escenario es diametralmente opuesto y distinto. El partido al que Saúl Monreal amenaza con renunciar —nos guste o no— cuenta con más del 50 % de aprobación ciudadana; gobierna con la primera mujer Presidenta de México, cuya aprobación supera el 70 %; tiene mayoría en el Congreso de la Unión y gobierna 17 de las 32 entidades federativas.
No es lo mismo, entonces, renunciar a un PRI corroído por la corrupción y el nepotismo —donde el poder circulaba de familia en familia y el erario se trataba como patrimonio privado— que abandonar un Morena con respaldo mayoritario y que, según las encuestas, se perfila para consolidar su poder político en el proceso electoral de 2027.
Por ello, Saúl Monreal debería preguntarse seriamente si esta estrategia de confrontación personal le resulta políticamente rentable y si realmente cree que las y los zacatecanos ven con buenos ojos que una familia integrada por catorce hermanas y hermanos haya concentrado el poder político del estado.
Si ya decidió renunciar a Morena, valdría la pena que en esa misma asamblea —donde asegura haber consultado, a mano alzada, si querían que fuera candidato a gobernador— preguntara también por cuál partido, distinto a Morena, consideran que debería postularse.