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Ciudad de México.- El Estadio Azteca —ahora rebautizado como Estadio Banorte— reabrió sus puertas con la promesa de ser la joya de la corona del Mundial 2026. Pero este sábado, ante 81 mil personas, quedó claro que por más que pintes las paredes y pongas wifi de alta velocidad, el "Coloso" sigue siendo un lugar donde la exigencia no perdona. México y Portugal empataron a cero en un partido que fue, para muchos, un bostezo millonario.
Un "bostezo" de 81 mil gargantas
Lo que debía ser una fiesta de bienvenida terminó en un juicio sumario. La afición mexicana, que inicialmente regaló aplausos a figuras como Álvaro Fidalgo, perdió la paciencia antes de la media hora. El amor en el sur de la CDMX dura lo que tarda en llegar el aburrimiento, y ayer el tedio se instaló temprano.
- El castigo: Los silbidos recorrieron las tribunas recién pintadas. La multitud, desesperada ante la falta de gol, comenzó a corear el nombre de la "Hormiga" González, evidenciando la fractura entre el planteamiento táctico y el deseo de la grada.
- La postura del "Vasco": Tras el encuentro, Javier Aguirre no tuvo de otra más que reconocer el golpe. "Hay que tener pantalones y tamaños, porque la afición nos pide ganar", sentenció ante los reproches que bajaron de las gradas.
El laberinto de Santa Úrsula: Una logística "silenciosa"
Si dentro del estadio el problema fue el fútbol, fuera lo fue la movilidad. La vieja mística de los puestos de banderas y la comida callejera fue sustituida por una geometría estricta y restrictiva.
Aficionados relataron caminatas de hasta 3 kilómetros rodeando el complejo para encontrar una puerta de acceso. El Azteca se sintió menos como un templo deportivo y más como una terminal de transbordos fría, donde los filtros de seguridad y la falta de señalización generaron retrasos que caldearon los ánimos antes del silbatazo inicial.
Publicidad vs. Salud: El negocio de la pausa
La FIFA implementó las "pausas de hidratación", supuestamente para cuidar a los atletas. Sin embargo, en la práctica, el público notó que el "silencio forzado" era la oportunidad perfecta para que las pantallas gigantes escupieran publicidad, convirtiendo un momento de salud en un espacio comercial que rompió el ritmo, ya de por sí lento, del encuentro.
La sentencia de la Catedral
Ni siquiera los elogios del técnico portugués, Roberto Martínez, quien llamó al estadio "la catedral del futbol mundial", pudieron endulzar el trago amargo. El poste salvó a México de un gol de Gonçalo Ramos, pero nada pudo salvar al Tri del juicio de su gente.
El estadio pasó la prueba de ingeniería, pero la comunión eléctrica entre equipo y afición está en ruinas. Al final, el 0-0 fue una verdad incómoda: el templo está listo, pero el milagro del gol sigue sin aparecer.