Tabla de contenido
Cuando, a principios de la década de 1970, las fuerzas de la ZANU y la ZAPU iniciaron una guerra civil en Rhodesia, Ian Smith, el primer ministro, declaró que aquellos “luchadores por la libertad” estaban aterrorizando a los “a los pobres negros en los pueblos [...] se les dijo qué hacer y a quién apoyar”.
Smith y el cinco por ciento de la población de Rhodesia conformaban la elite blanca de una nación cuya mayoría negra vivía en la miseria y en la explotación. Abiertamente racista, el hombre de origen escocés controló esta nación durante sus quince años de existencia, antes de convertirse en la actual Zimbabue.
Rhodesia fue una de las últimas naciones – junto a Sudáfrica - en las que un racismo abierto justificó jurídicamente el estado de esclavitud; la población negra vivía con limitaciones establecidas en los códigos legales y el voto negro no existía.
Smith esperaba que esa situación permaneciera vigente en lo que consideraba “la nación africana más próspera”, supuestamente por qué no sufría del desorden de las recién descolonizadas naciones vecinas. “Si los negros llegan un día al gobierno, la culpa será nuestra, por no haber sabido impedir su progreso”, decía Smith, quien claramente conocía la formula necesaria para mantener a una población en estado de sometimiento.
La definición de esclavitud es imprecisa. En un sentido básico se entiende como la pertenencia de un ser humano a otro, pero el desarrollo de los procesos de producción, sumado a los avances de la ética, ha obligado a redefinir los alcances de su significado. Por ejemplo, los movimientos feministas del siglo XX hablaban de liberar a la mujer de la “esclavitud de la cocina”, mientras que hoy se habla de la “esclavitud del siglo XXI” para referirse a la trata de personas.
Sin embargo, la esclavitud se diferencia de la trata de personas en el sentido de que la trata se considera un delito en prácticamente todas las naciones, mientras que la esclavitud es legal, al menos en un sentido jurídico, al menos en el territorio donde se practica.
Eso convierte a la esclavitud en algo más peligroso que la trata, puesto que se percibe apenas entre las grietas de lo legal contra lo legítimo, de lo normal contra lo justo.
La esclavitud, antes visible por las cuestiones de racismo y etnicismo, ahora se diluyen entre los procesos de producción y el grado de poder político de los actores sociales.
Cada septiembre las clases en las escuelas de Uzbekistán se suspenden. Este mes marca la llegada de la cosecha de algodón, principal bien de importación de esta nación asiática, y un millón de niños se dirigen a los campos para recogerlo. Parece y es esclavitud.
Uzbekistán se ha convertido en una empresa privada de Islom Karimov, su presidente durante 25 años, y de su familia. Gulnara, una de sus hijas, se encuentra estratégicamente situada como embajadora de su nación en España, sede de Inditex, principal grupo multinacional de fabricación y distribución textil – léase Zara, Pull and Bear, Bershka, entre otras -.
Así, Karimov y su familia no acuden a cuestiones de raza, ni credo, ni siquiera étnicas – casi todos los uzbekos tienen un origen sámanida – para legitimar el estado de esclavitud de su nación, sino únicamente político: unos pueden hacerlo y los otros lo permiten.
Por extremo que parezca, la esclavitud no es sólo un fenómeno vigente sino que está latente incluso en los países en donde “eso no pasa”.
Dar demasiado poder a un grupo político, a un gobierno o incluso a una institución privada es dejar la puerta abierta a la dependencia. Las naciones cuya sociedad civil es débil son las favoritas de quienes pueden apropiarse de su sistema político y colocarse en una situación de amos capaces de explotar a su antojo a su población, y es ahí donde se vuelve iluso creer que nuestra nación este exenta de eso.
Las reformas políticas, sociales y económicas que conllevan restar poder a la ciudadanía no son un capricho; buscan, entre otros objetivos, palpar la reacción de la sociedad. Así, los habitantes de algunos países permiten que esto suceda sin apenas darle importancia, mientras que en otros la población reacciona de inmediato y pone un alto en seco.
Más preocupantes son aún aquellas situaciones en las que los grupos gobernantes generan políticas que “dan poder al pueblo, pero no se lo dan”, pues los procesos que “vigilan” a quienes realmente ostentan el poder son controlados por ellos mismo. Esto genera que gran parte de la población crea que eso que sabe que está pasando quizás no está pasando.
Por eso resulta importante mirar los asuntos de distribución de poder no sólo como una cuestión de equidad sino incluso de seguridad nacional. El estado de esclavitud no sólo puede dar pie a un conflicto interno sino a un fracaso económico que concluya en la creación de un verdadero estado fallido.
Sierra Leona tiene una historia que es también una cátedra sobre esclavitud y sus consecuencias. Nacida como un conjunto de etnias locales, la región se convirtió en un punto de exportación de esclavos para los europeos y pasó pronto a convertirse en una colonia británica. Aunque prohibida la esclavitud en los territorios europeos del imperio Británico, no fue del todo así en las colonias que, como Sierra Leona, siguieron explotando a la población negra en beneficio económico de los blancos.
De esta manera Sierra Leona pasó a convertirse de una nación a un codiciado tesoro. Con un sistema extractivo instaurado por los británicos; quien lograra obtener su control se aseguraba una vida de rey. Ese fue Siaka Stevens, un hombre negro que dictaría sobre Sierra Leona con una brutalidad igual o mayor que la de los británicos.
Stevens no sólo bloqueó el progreso industrial y económico de su país – a sabiendas de que eso podría empoderar a los habitantes a quienes explotaba – sino que desmanteló el ejército, temeroso de que alguien o algo pudieran tener más poder que él.
Sin embargo el tiro le saldría por la culata y, sin un ejército fiel a él, un comando de menos de 30 soldados dirigido por Valentine Strasser sacó a Stevens del poder.
¿Qué hizo Strasser? Al igual que los británicos y al igual que Stevens, Strasser se presentó como el libertador de un pueblo marginado pero no tardó en dar continuidad al sistema de explotación vigente sobre una población cada vez más y más reducida a la inacción. Sierra Leona se convirtió en un hueso que todos querían roer hasta reducirla a nada.
Uzbekistán, donde un millón de manos infantiles hacen innecesario el desarrollo tecnológico, bien podría correr hacía la misma dirección de Sierra Leona.
¿Y Rhodesia? Rhodesia ahora es Zimbabue, controlada por Robert Mugabe después de que la pesadilla de Smith se hiciera realidad. Siendo un negro en el poder, Mugabe no hizo otra cosa más que sentarse en el trono de los blancos, a quienes expulsó de su nación con un discurso racista que ensombrecía al propio Smith.
Mugabe no tardó en tomar el control de las viejas fincas blancas, y continuó con el sistema de explotación a su favor. Hoy Zimbabue es un desastre, pero no es al menos un estado fallido, en el sentido de que existe un empoderamiento en la sociedad que ha hecho que Mugabe se las vea cada vez más y más difícil en las elecciones fraudulentas que él mismo orquesta.
No se sabe si a sus 91 años la historia lo verá “oficialmente” derrotado en una elección, pero lo cierto es que es la sociedad zimbabuense tiene ante sí un reto, uno que podría representar o no al menos otros veinte años de esclavitud: que el próximo gobierno no tenga todo el poder ni todo el apoyo popular, sólo la gran responsabilidad de generar equidad mientras es vigilado.
Cualquier nación con una sociedad civil débil, y con niveles de desigualdad suficientes para colocar en unas pocas manos las riendas de un país, bastan para poner en marcha el viaje que conduce hacía la esclavitud y, por lo general, siempre es demasiado tarde para darse cuenta.