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Villahermosa, Tabasco.- Un estallido de madera y cuero hizo vibrar el corazón de Villahermosa. Este domingo, la capital de Tabasco se convirtió en el epicentro de la tradición indígena con la tercera edición del Tamboritón, el festival de tamborileras y tamborileros más grande del mundo.
La convocatoria, impulsada por tres años consecutivos por el Colectivo Tabasco Cultura y la Asociación Civil Artífices, Arte y Cultura —en alianza con el municipio de Centro y el Grupo Cantón—, logró una hazaña histórica: congregar a 940 ejecutantes del tambor y la flauta de carrizo, unidos por un mismo latido: el orgullo yokot’an.
Un éxodo musical contra el calor y la distancia
Desde las dos de la tarde, el Parque Juárez comenzó a teñirse de fiesta. Familias enteras, mujeres, niñas, niños y adultos mayores llegaron vestidos con el orgullo de la usanza tradicional. No importó la distancia: algunos viajaron desde Balancán, en la frontera con Guatemala; otros llegaron de Oxolotán (Tacotalpa), Centla, Cárdenas, Comalcalco, Cunduacán, Nacajuca, Macuspana y Huimanguillo.
A las 15:30 horas, el contingente inició su marcha hacia la Plaza de Armas, atravesando la emblemática calle Juárez del Barrio Histórico. Bajo un calor sofocante, el retumbar de los tambores y el agudo silbido de las flautas envolvieron a cientos de transeúntes que, entre aplausos y miradas de asombro, grababan con sus teléfonos el paso de una herencia viva.




Las mujeres asumen su papel protegónico en la tradición.
El dato: Mientras la Secretaría de Cultura del Gobierno de Tabasco ha brillado por su ausencia y falta de interés en visibilizar esta tradición, el Tamboritón ha sobrevivido y crecido como una iniciativa puramente ciudadana y autogestiva, respaldada este año por la alcaldesa de Centro, Yolanda Osuna Huerta, el Grupo Editorial Cantón, la Canaco-Servytur y empresas locales.
Tres sones para la eternidad
Al llegar a la Plaza de Armas, las filas se alinearon a la perfección. Tras los discursos inaugurales de la alcaldesa Yolanda Osuna y el empresario de medios Miguel Cantón Zetina —quienes destacaron la urgencia de promover la identidad tabasqueña—, llegó el momento cumbre.

A una sola señal, más de 900 músicos tocaron al unísono. El aire se llenó de nostalgia y energía pura al sonar de tres piezas fundamentales de la tradición:
- “El Caballito Blanco”
- “El Torito”
- “El Tigre” (el zapateado más entrañable del estado)
La piel de los asistentes se erizó. No era solo música; era la resistencia de un pueblo plasmada en el arte de la percusión.

Honor a los guardianes del viento y la madera
El festival también fue el escenario para reconocer a quienes mantienen viva la flama yokot’an. Maestros artesanos de la flauta y el tambor como Feliciano Lázaro de la Cruz, Crisóstomo Román de la Cruz, Rafael Hernández Román, Luis Enrique Flores Méndez, Daniel López Jiménez y Alfredo León Luciano recibieron un merecido homenaje.





El misticismo de una gran tradición de siglos.
Asimismo, se distinguió el valor dancístico de la Danza Ritual del K’ojoble y la Danza de David y Goliat, además de un agradecimiento a la alcaldesa por su apoyo constante y al empresario Cantón Zetina, padrino del Segundo Grupo de Mujeres Tamborileras “La Flor del Tambor”.
El broche de oro fue místico: la ejecución de la Danza Ritual del K’ojoble, guiada por los maestros Saturnino Bernardo Pérez, Armando Román Cruz, Erik Román de la Cruz, Emmanuel Román Bernardo y Bertha Reyes Rivera.
Hacia las 6 de la tarde, tras un concierto colectivo de maestros piteros y un breve refrigerio, los contingentes emprendieron el regreso a sus comunidades. Se fueron con el eco de sus tambores aún resonando en el asfalto y con un deseo colectivo en el pecho: que el Tamboritón siga retumbando por muchos años más.