Tabla de contenido
“Y si esta noche es una noche del destino, bendita sea hasta la aparición de la aurora.”
André Malraux. El Tiempo del Desprecio
Días empantanado en el rocanrol, hablando puro inglés, comiéndose gabachas de nalgas bronceadas, tiburoneando aquí allá, había dormido en habitaciones de cinco estrellas, pero desde ayer, en la playa Condesa, con los lancheros, porque se había acabado el dinero que tomó prestado de su amigo Lobato. Marco estaba pasándola a toda madre y no iba aterrizar porque no quería saber del mundo. Se rascó los huevos. Tenía una pátina hedionda entre las piernas. Pasó una gringuita linda con su vestidito, en grupo de amigas, toda fina y sobria, cuando Marcos le atrapó la mano: Lets spend the night together, mamacita. Rogó juguetón, con la dicción entumida, con lo mejor posible de sus recursos de seducción. A cambio, Marcos recibió una sonrisa. No, thank you. En el fondo Marquitos era la astucia del malayo, las trampas de la China.
Marquitos hablaba un inglés fresón y eso era la mitad del atractivo, el otro era su cuerpo, el mar, el sol, la verga calcada en el short, la cerveza Corona, la vibra sensual de la playa Condesa. Dos gringuitos locuaces lo abordaron y le confiaron que traían pirotecnia mexicana, eran unos palomones y un cañón, también le confesaron que anoche quemaron el colchón de su habitación y lo arrojaron en llamas desde el décimo piso hacia la alberca, jajaja, cómo se divertían en Acapulco los güeritos. Como anfitrión Marquitos los consintió y tronó el cañón y de inmediato se hizo el escándalo y el equipo de vigilancia lo ubicó y lo expulsó de la Disco Playa. Lo sacaron por la escalinata hacia arriba a la Costera, donde toda la acera de la Condesa estaba atestada de gente y hecha un fiestón. Marquitos se animó con tanto desmadre. Y de pronto como de la nada sucedió que no se gustó con un imbécil que venía acompañado de tres batos a quienes se les veía la pinta de resentidos, y se encararon. La gente se abrió en círculo para dejarlos medirse. Iban a trenzarse cuando apareció Alancito como providencial, hasta la madre de paranoico y con la boca chueca, triturando un chicle de plástico, apuntándoles con la Taurus que le robó a Lobato. Órale, hijos de su puta madre, este Marquitos es mi bróder. Entonces escaparon y fueron a esconderse al Barba Roja, donde se encontraron a Christie, aquella gringa preciosa que hacía rato negó a Marcos pasar la noche juntos. Sorpresas que da la vida, Alancito con fusca; Marcos se bajó a la güerita a la playa, entre las lanchas varadas, bártulos de mar y pilas de tumbonas, donde puso a la hermosa rubia a enloquecer con aquel incienso. Estaban en Acapulco, solamente ella sabría lo ligera que podía ser. Así que la rubia se cogió a ese acapulqueño suvenir. Y lo que más prendía a la lady de Minessota era que no pudiera creer que un dirty beach boy acapulqueño le sacara así lo puta. Era el viejo placer de ensuciarse con el lodo cuando nadie de quienes te respetan está mirándote. Sucede con frecuencia en Acapulco. Sonríes. Bebes un poco de más. Te aligeras. Todo marcha bien. De repente blackout. Hola. Estás puteando. Eres un éxtasis (tú querrás escuchar “un éxito”).
Siguieron llegando gringos al Barba Roja y Marcos tuvo la revelación de que nada lo llenaría nunca. Deseaba más de esos abundantes coños extranjeros, mucho más alcohol, mucha más batalla. Descubrió que Alancito era invitado amablemente a largarse a chingar a su madre de aquel lugar por parte del gerente; quién sabe qué amague habría cometido con su juguete de fierro. Marcos lo alcanzó a la salida, saltándose una cadena. Vámonos al diablo, dijo Alancito celebrando, iba feliz. Yo pago, fanfarroneó el junior, traigo el metal. Marquitos se entusiasmó con la locura de su amigo. Vámonos, bróder, le confirmó, yo sé a dónde. Alancito traía la camioneta del Gordo porque, como sucedió con la pistola y con el dinero, también se la tomó prestada y simplemente aceleró y subió todo el volumen a los Pixeles. En aquel momento, mientras corrían a toda velocidad por la Costera, esa larga avenida sembrada de palmeras traídas de Oriente, Marcos y Alancito eran la verdad y la vida, el éxtasis al que todos aspiran pero de modo pusilánime. Sólo es cuestión de salvar el instante. El resto se apuesta. El riesgo es un lujo. ¿Tienes madre? Apuéstala. Cámbiala por un trago, como dijo Enrique Ortiz.
Fueron a estacionarse en una callecita junto al Cici, ese parque acuático que está en el imaginario local. De niño Marcos había sido vecino de Cindy y de Down Judell, unas gringas que entrenaban los delfines del show y que lo invitaban a ayudarles a cargar la cubeta de pescado. Ellas no sabían que ya desde niño Marcos era un puerco que aprovechaba cada momento para deleitarse con esos cuerpos finos en trajecitos de baño. De modo que el Marquitos se conocía las instalaciones del acuario del parque. No mames, ¿no tienes calor?, Marcos replicó reaccionario al extrañamiento de Alan. Saltaron un portón trasero. Alan se quedó en calzones pero se dejó los tenis por miedo a que los defines le mordisquearan los pies. Se echaron al agua, esperaron sigilosos que los fusiformes se acercaran pero no aparecieron, a lo mejor estaban aislados. Esperaron un rato metidos en el agua hasta el cuello, cuando escucharon unos pasos, luego unos voceos por radio, luego unos ladridos de perros. Más tarde las sirenas de unas patrullas y el eco de un grupo de botas. Alancito simplemente dejó ir la pistola al fondo de la alberca, en lo que la policía llegaba por ellos le contó a Marcos su capítulo favorito de la Pantera Rosa, se llama Pink Pistons, es uno en el que la Pantera compra un cupé en un lote de usados (es color azul pero claro que lo pinta de rosa) y el cochecito resulta más brioso que un toro porque nunca se deja ganar por ningún otro, ni siquiera por el súper bólido de una viejecita profesional del Gran Prix. Ese cochecito competía contra todos porque todo y todos le valían madres. ¿Me explico?
Mira, nunca sabes dónde quedarán tus zapatos, tu novia, tus ideas, tú mismo, hasta lo que sueñas que eres. Así que no te aferras, dejas irte hasta el fondo, despacio, como la pistola que Alancito soltó.