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Por Citlali Guerrero
La obra Desiertos amores retrata la imposibilidad de la empatía y la fragilidad de ese sentimiento que llamamos amor. También explora los apegos feroces y las tensiones afectivas que la escritora Vivian Gornick analiza en su reflexión sobre el conflicto, la identidad y el vínculo duradero entre madre e hija. En esta puesta en escena, esa relación simbólica se transforma en el encuentro entre una mujer-coneja y un hombre-gato.
Más allá del cuestionamiento del amor romántico y de la vulnerabilidad de la pasión, la obra coloca en el centro del debate una pregunta inquietante: ¿por qué los seres humanos tendemos a la protección y por qué esa tendencia ha estado históricamente asociada al género femenino?
Dirigida por Gabriel Brito, la puesta llega en un momento particularmente complejo para el puerto de Acapulco, que atraviesa una policrisis social, cultural, económica y de seguridad. También aparece en un contexto en el que la comunidad cultural lucha por reactivar los pocos espacios artísticos disponibles en la ciudad.
Con una dirección sobria pero contundente, Brito plantea desde el inicio la tensión entre los dos personajes: la mujer-coneja y el hombre-gato. Se trata de una relación discordante, fuera de lugar, de tiempo y de campo semántico frente a lo que culturalmente hemos aprendido que representan estos animales: la coneja, siempre presa; el gato, siempre cazador y la imposibilidad de la empatía.

En medio de ese conflicto aparece la idea del amor romántico, guiado simbólicamente por el padre ancestral conejo desde una dimensión satelital y distópica, un espacio atípico, incoherente pero posible, donde casi siempre terminan ocurriendo los actos de violencia.
La trama es sencilla pero eficaz. El hombre-gato llega a la casa de la mujer-coneja herido y hambriento; quiere cazar y comer ratones. La mujer-coneja, en cambio, interpreta su llegada como el amor que ha esperado toda su vida y se aferra a la idea de lo que su padre conejo le enseñó como amor verdadero.
En su intento por convencer al gato de que es el amor de su vida, recurre incluso alimentar a un carnívoro con vegetales. Pero al final se impone la realidad: el hombre-gato, enfadado, termina matando a la mujer-coneja que se creía su salvadora.
Michelle Serna, en el papel de la mujer-coneja, resulta una revelación en la escena dramática del puerto. Se apropia del personaje con una mezcla de inocencia, gravedad emocional y amor incondicional. Por su parte, el experimentado Leonardo Cuesta aporta la tensión que la obra demanda, construyendo un personaje que oscila entre la vulnerabilidad y la amenaza.
En conjunto, la obra logra colocar en el centro de la reflexión temas urgentes como la violencia contra las mujeres y el feminicidio, problemáticas que siguen atravesando al puerto de Acapulco, una ciudad que aún busca articular respuestas frente a los recientes desastres naturales, la violencia, la inseguridad y los desafíos de su recuperación social, económica y cultural.
El equipo creativo está integrado por Seremi Moreno en la dramaturgia; Gabriel Brito en la dirección; Michelle Serna y Leonardo Cuesta como protagonistas; Luis Vargas en el diseño de escenografía; Paola Gadiño y Cristopher Flores en asistencia de dirección y producción; Luis Carachere en vestuario; y Rodolfo Soto, Enrique Montejo, Moisés Sala, Bruno Leyva y Tony Valverde en asistencia general.
Hoy viernes 6 y mañana 7 de marzo a las 19:00 horas se presentarán las dos últimas funciones de “Desiertos amores”, a cargo de Acapulco Suite Ensamble Teatral, en el Centro Cultural Teatro Domingo Soler