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Cultura de cuotas: el naufragio de la literatura en el INBAL

Un mes sin titular en la Coordinación Nacional de Literatura revela el descuido de una institución que cambió el rigor artístico por el activismo.

El equipo de 'idóneos' del Inbal.
El equipo de 'idóneos' del Inbal.

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Opinión.- La Coordinación Nacional de Literatura del INBAL cumple un mes en el limbo. El espacio quedó vacío tras el polémico cese de la activista Nadia López García el pasado 16 de febrero, derivado de aquel desafortunado episodio de la "carta de pulcritud moral" que pretendía fiscalizar la conducta privada de los escritores. Aunque la ocurrencia no fue de ella, su entusiasmo al validarla fue su sentencia. Sin embargo, en la lógica del servicio público actual, el fracaso no implica el retiro: López García ya encontró refugio en la Secretaría de Educación, cobijada por la misma estructura que hoy privilegia la lealtad sobre la competencia.

El ascenso de la medianía

Lo cierto es que la gestión de López García no fue una anomalía, sino el resultado lógico de una tendencia que arrastra la Coordinación desde hace ocho años. Por esa oficina han desfilado figuras cuya relevancia literaria es, por decir lo menos, discreta. Cuesta trabajo imaginar un argumento sólido que rescate aportes trascendentes de quienes han ocupado ese cargo recientemente; lo que queda es una estela de burocracia opaca que el gremio literario observa con una mezcla de cansancio y desdén.

Bajo la actual administración, la política cultural ha transitado de la mediocridad a un estado lastimoso. El "canon" ya no lo dicta la calidad de las obras, sino las directrices de un régimen que utiliza premios y becas como herramientas de control. Mientras la inflación devora los estímulos —estancados desde hace una década—, las convocatorias se vuelven cada vez más restrictivas, exigiendo a los autores una suerte de "pureza administrativa" y fiscal que nada tiene que ver con la creación estética.

La endogamia del jurado

El problema de fondo es el sistema de vasos comunicantes. Los jurados suelen ser los mismos rostros de siempre: autores que han escalado posiciones no por el peso de sus libros —muchos de los cuales no resistirían una crítica rigurosa—, sino por su cercanía al poder. Esta endogamia ha contaminado la literatura nacional, orientando el gusto hacia temáticas que agraden a la institución, en una suerte de intercambio de favores donde la retribución social es, en realidad, una validación de la medianía.

Es incomprensible que, en un país con miles de escritores y académicos de probada trayectoria, la selección de dictaminadores sea tan cerrada. Se margina al talento de las provincias y a las voces críticas bajo criterios prejuiciosos. El resultado es un Sistema Nacional de Creadores degradado, donde los fallos repiten, por inercia, la misma falta de criterio de los funcionarios que los convocan.

¿Perfil técnico o político?

El relevo en el INBAL sigue siendo una incógnita. Corresponde a la directora general, Alejandra de la Paz Nájera, decidir si la coordinación seguirá siendo un botín para el activismo que busca convertir a las letras en "herramienta de transformación social", o si finalmente se optará por un perfil con autoridad literaria.

La Dirección de Literatura no requiere comisarios políticos ni burócratas con barniz académico; exige conocedores de la tradición nacional con una obra que los respalde y les otorgue autoridad literaria. Seguir apostando por el perfil del "gestor leal" solo garantiza que el saldo siga siendo el mismo: un montón de basura premiada y el empobrecimiento definitivo de una dignidad que, a estas alturas, quién sabe si valga la pena rescatar.

El reto de la titular del INBAL es evitar el nepotismo de grupo y buscar, entre los muchos escritores ejemplares que tiene México, a alguien capaz de rescatar una oficina que hoy, lamentablemente, parece haber perdido su razón de ser.

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