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Opinión.- Hay una palabra que es importante recordar hoy en día: conatus. Esta palabra, del filósofo Baruch Spinoza, no tiene una traducción exacta, pero se puede entender como el esfuerzo o la perseverancia de cada ser para seguir existiendo. No es porque tengamos la obligación moral de vivir, sino porque la vida en sí misma es un movimiento constante.
Para Spinoza, todo ser persevera en su existencia de una manera única. Una piedra sigue siendo una piedra, un árbol sigue creciendo, un animal sigue desarrollando su naturaleza, y el ser humano también persevera en su existencia. No vivimos porque decidimos hacerlo, sino porque ya hay una fuerza dentro de nosotros que nos impulsa a seguir adelante.
En la actualidad, vivimos en una época en la que se habla mucho del bienestar, pero al mismo tiempo, la depresión, la ansiedad, el aislamiento y el suicidio están aumentando. Tenemos más dispositivos que nunca para comunicarnos, pero parece que es más difícil que nunca sentirnos conectados con los demás. Se habla de salud mental en todas partes, pero millones de personas sienten que la vida ha perdido su significado.
La predictividad del vivir
No es una contradicción accidental. Es un síntoma de una civilización que ha olvidado para qué existe. El poshumanismo ha contribuido a esta transformación, convirtiendo al ser humano en un nodo dentro de redes biológicas, tecnológicas y económicas. La identidad se ha convertido en algo provisional, la conciencia es un efecto secundario, el cuerpo es una plataforma que se puede optimizar, y la inteligencia es un proceso que se puede replicar con máquinas.
Lo inquietante es que esta visión filosófica coincide con nuestra experiencia cotidiana. Las plataformas digitales nos dicen qué queremos antes de que lo pensemos. Los algoritmos anticipan nuestras elecciones. Las métricas nos dicen qué valor tenemos. La productividad se ha convertido en lo más importante, y el carácter y la virtud han sido reemplazados por el rendimiento. Ya no nos preguntamos quiénes somos, sino qué producimos.
En este proceso, desaparece el conatus: la potencia interior que nos hace afirmar nuestra vida. El conatus no se trata solo de sobrevivir, sino de aumentar nuestra capacidad de actuar. La alegría, según Spinoza, consiste en aumentar nuestra potencia de existir. La tristeza es lo contrario: disminuir nuestra potencia.
Vivir sin alegría
El malestar contemporáneo no es solo un problema psicológico individual, sino un problema político y cultural. Una sociedad que reduce la capacidad de actuar de sus miembros produce individuos que no pueden experimentar la alegría. No hace falta recurrir a la violencia para lograr esto. Basta con generar fatiga, comparación, competencia, precariedad y aislamiento. La tristeza se convierte en un dispositivo social.
El conatus tiene una dimensión política importante. No nos invita a encerrarnos en nosotros mismos, sino a reconocer lo que aumenta nuestra potencia de existir: la amistad, el conocimiento, la creación artística, la conversación, la comunidad. Todo lo que nos hace más capaces de actuar y comprender.
Consumir estímulos
Frente a una cultura que nos convierte en consumidores de estímulos, Spinoza nos recuerda que la vida consiste en aumentar nuestra potencia. La felicidad no se trata de satisfacción o de poseer más, sino de ser más. Esta diferencia es importante frente a la expansión de la inteligencia artificial. Mientras las máquinas procesan más información, la pregunta humana sigue siendo la misma: ¿qué aumenta nuestra potencia de vivir?
Tal vez por eso Spinoza sigue siendo incómodo. Mientras la cultura contemporánea nos enseña a adaptarnos al entorno, Spinoza nos obliga a preguntar si este mundo favorece la expansión de la vida o la reduce lentamente. En una época que ha perfeccionado las tecnologías del rendimiento y del control, recuperar el conatus significa recordar que vivir no consiste solo en permanecer con vida, sino en conservar intacta la capacidad de aumentar nuestra potencia de existir. Y esa es una forma de resistencia frente a la desolación contemporánea.