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La primera mujer encargada de ejercer el más alto puesto de poder en Brasil llevaba a varias mujeres en su nombre: Isabel Cristina Leopoldina Augusta Micaela Gabriela Rafaela Gonzaga de Braganza y Borbón.
Conocida por sus súbditos como princesa Isabel, hija y heredera del emperador Pedro II, quien reinó en Brasil entre 1840 y 1889, lo substituía durante sus prolongados viajes al exterior; pero más de un siglo después surgió una segunda representante del género femenino capaz de alcanzar el cielo.
Es Dilma Vana Silva Rousseff, guerrillera enfrentada por voluntad propia a la dictadura militar en el último tercio del siglo XX, luego economista y ministra de Estado en los dos gobiernos del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Entre la princesa de la antepasada centuria y la mujer electa en octubre de 2010 por el voto ciudadano hay una victoria colectiva digna de ser contada y, para hacer ese viaje, las brasileñas escribieron una historia de luchas que convirtió a su sorprendente nación en una sociedad mejor.
El 13 de mayo de 1888, Isabel fue la soberana humanista que firmó la Ley Áurea que acabó con la vergüenza de la esclavitud, aún después de que, enfrentando a un sector insensible y deshumanizado de la sociedad, el presidente Abraham Lincoln hiciera lo mismo un cuarto de siglo antes en Estados Unidos.
El domingo 31 de octubre de 2010, Dilma llegó a la presidencia de la República Federativa de Brasil comprometida con un programa en que los avances sociales estuvieron entre sus principales promesas.
La plebeya Dilma, la hija del inmigrante búlgaro Pétar Russév fue, en cierta forma, el fruto del árbol plantado por la noble hija de don Pedro II con sus siete nombres, pues la abolición que inmortalizó a la princesa abrió las puerta del país a la migración europea, que llegó para substituir a los esclavos descendientes de africanos sometidos por la colonización portuguesa.
Dilma es hija de ese peregrino búlgaro que, décadas después de la fase imperial que tuvo Brasil durante casi medio siglo, encontró la tierra prometida, la nueva patria de las oportunidades que no tuvo en la vieja Europa arrasada por los cuatro jinetes del Apocalipsis.
Como la plebeya que llegó al Palacio de Planalto el 1 de enero de 2011, la princesa del siglo XIX tenía sangre europea, igual que en las venas de la mandataria también corre sangre brasileña heredada de una madre ejemplar, Dilma Jane Silva, originaria del estado de Minas Gerais.
De niñas y adolescentes, ambas tuvieron la mejor educación de sus épocas que sus respectivos reinos podían ofrecer: Isabel fue educada en los palacios de la familia imperial, de acuerdo con la realidad europea, entre discusiones que no llegaban a un Brasil arcaico y feudal.
Don Pedro y doña Dilma Jane, por su parte, llevaron a sus inteligentes vástagos, -Igor, Dilma y Zana- a los mejores colegios de Belo Horizonte, la capital “mineira”, llenándolos de libros que los sensibilizaron en materias artísticas y los aproximaron a los vientos de cambio que las juventudes americanas, orientales y europeas hacían soplar en la década de 1960.
Isabel de Braganza y Dilma Rousseff, poliglotas también, son hijas de un Pedro, y la vocación abolicionista de la primera ayudó a acortar el imperio de su padre, ejerciendo un efecto histórico transformador para Brasil, mientras la elección de la segunda empezó a generar cambios en un sistema político en transición.
La expectativa consistió en que, entre 2011 y 2014, se lograra la consolidación de la abolición de la pobreza en país de las Amazonas, como base para un largo período de avances como los logrados por Lula da Silva en sus dos cuatrienios.
Dilma, como mandataria, sobresale como una de las mujeres más poderosas del mundo, disputando el sitio con la canciller alemana Ángela Merkel, y el Brasil de hoy debe seguir aspirando a potencia global, con todos los lastres que ha significado la corrupción en su principal empresa petrolera y el estancamiento del crecimiento económico.
Brasil, lo reconocen propios y extraños, subdesarrollado regionalmente, menos desigual debido a la inserción de más de treinta millones de sus habitantes en una clase media emergente, no es totalmente justo con la condición femenina.
La princesa fue una fulgurante excepción, de carácter hereditario, al hacer que su voz se escuchara en un ámbito aplastantemente masculino y machista, en tanto Dilma Rousseff fue consagrada por el sufragio de mujeres y hombres.
El 51.8 por ciento de los electores brasileños pertenecen al género femenino; pero ellas no tienen, como jamás lo han tenido, representación proporcional, como ha pasado en todas las legislaturas, en las cuales las mujeres ocupan menos del 10 por ciento de las curules en el Congreso.
Ni siquiera se cumple la ley que crea cuotas del 30 por ciento por partido para las candidatas y, hay que recordarlo, en las elecciones de 2010, solamente cerca del 20 por ciento de los contendientes fueron mujeres.
Ahí, sí, la excepción relevante fue en la disputa presidencial: entre los tres candidatos más votados en la primera vuelta de los comicios, además de Dilma Rousseff, estaba Marina Silva, del Partido Verde (PV).
Las mujeres pelearon mucho, demasiado es la palabra, por el derecho a votar y ser votadas, y Berta Lutz, bióloga de São Paulo, quien había estudiado en la Universidad de La Sorbona en París, fundó en 1922 la Federación Brasileña para el Progreso Femenino.
A ella y a las sufragistas del siglo anterior es a quienes habría que honrar y recordar, en momentos en los cuales Dilma Vana Silva Rousseff reivindica esa memoria y enaltece la equidad de género, nada menos que desde otro palacio, éste en el Planalto central de Brasilia.(Notimex)