Tabla de contenido
El loco lo ha perdido todo, menos la razón
G. K. Chesterton
Por Alejandro Almazán
Fuimos a ver a Fernando en su celda, al fondo del psiquiátrico. Traía cara de no tener cara y estaba en cuclillas, desnudo, comiéndose sus heces. Glendia Texta, la directora, no quiso acercarse a él, pero le habló con cariño de madre sufrida. “Ay Fernandito, mira lo que hiciste”, le dijo, y luego me miró un tanto avergonzada, como si ella fuera la culpable de que Fernando tenga la cabeza marchita. “Él es de los que me dicen mamá”, me dijo Glendia más tarde. “Pero a mí me duele que me llamen así”.
Glendia podrá hacerse la dura del corazón, podrá añorar su antigua vida donde los hijos y las tres tiendas de telas en Acapulco ocupaban la mayor parte de su tiempo, incluso podrá pedirle diario a Dios que regrese el tiempo y le traiga de vuelta al hijo que se le ahogó. Sin embargo, por alguna razón que más tarde entenderé, desde hace unos siete años Glendia no sólo se hace cargo de los desechos del sistema de salud de Guerrero. También se hace cargo de la compasión.
En el psiquiátrico del Cristo de la Misericordia hay 140 pacientes y Glendia es su última y única esperanza.Por la mañana estará haciendo un calor del diablo y, en la radio del auto, Alex Lora cantará que es un perro negro y callejero, sin hogar, sin hembra y sin dinero. Pronto dejarás atrás la bahía de Acapulco y, pasando los cerros, tomarás la carretera hacia Pinotepa Nacional. Por la ventana verás todos los tonos verde que deben existir, y el fotógrafo te platicará que ese paraíso se ha vuelto un infierno últimamente: es un basurero de cadáveres. Te presento a Kafkapulco, carnal. Luego, en el kilómetro 11, a pie de carretera, en el poblado Tres Palos, verás un cristo que, si no ha buscado dónde cubrirse del sol, es porque lo hicieron de piedra.
Ahí pararás, darás vuelta a la derecha y avanzarás por una brecha encharcada e infestada de mosquitos. Setenta, ochenta metros más adelante, en medio de una apretada vegetación, entre árboles de mango, zapote, limón y de guayaba, verás una pequeña prótesis de concreto con barrotes. Ese es el psiquiátrico. Disculparás las carencias de éste, pero quien lo fundó fue un ex alcohólico y al gobierno de Guerrero no le interesan los enfermos mentales.
Ya adentro, conocerás a la señora que vigila-hace aseo-vende refrescos, a Niky la labrador, y Glendia te estará esperando para contarte que, mucho tiempo antes de que su esposo Francisco Arce encontrara a Cristo, la vida con Francisco se complicó cuando el alcohol empezó a llevarse lo mejor de él. También te dirá que Francisco intentó dejar la botella varias veces, que era un muerto que no estaba muerto, que se fue a la quiebra, que de contador público no le quedaba ni el título y que ya sólo le faltaba pegarles a sus hijas.
“Un cómico de Acapulco, uno de apellido Carranza, fue el que internó a Francisco en una granja”, te platicará Glendia, pero no va a contarte cómo fueron los tres meses que pasó encerrado su marido. Apenas va a decirte que le pegaron con palos, que lo amarraron en la taza del baño “para quitarle el ego”, que lo raparon, que lo encerraron con los enfermos mentales, que un hermano quiso sacarlo de la granja pero Francisco le dijo que no y se quedó en ese lugar de locos. Glendia va a contarte también que ese centro de rehabilitación aún existe, que se llama Volver a nacer y que ahí, entre súplicas inacabables a Dios, nació este manicomio.
“Francisco le prometió a Dios que ayudaría a los enfermos mentales si lo sacaba de la enfermedad del alcohol”, te dirá Glendia y te contará luego que Francisco salió a los tres meses de la granja y nunca volvió a beber, que sus amigos lo tildaron de loco cuando les habló de construir un psiquiátrico, que visitó algunos hospitales para darse una idea porque, de psiquiatría, no sabía ni escribir el nombre, que un ex alcohólico le donó la huerta de hectárea y media, que Francisco empezó a traer a los drogadictos que encontraba abandonados en Acapulco, que en ese entonces a los pacientes los amarraba a los árboles, que Francisco fue aprendiendo sobre la marcha, que todo anotaba para no cometer los mismos errores, que una cosa es leer libros de psicología y otra muy distinta es estar frente a frente con eso que llamamos la vida; que, salvo un ex alcalde y la esposa de un sinvergüenza ex gobernador, ningún otro político de Guerrero les ha dado un centavo; que el entonces arzobispo de Acapulco, Rafael Bello Ruiz, les llevaba donativos, pero ya se murió; que ignora por qué el gobierno del estado no se hace cargo de los enfermos mentales; que Ángel Aguirre les prometió a los enfermos darles el Seguro Popular, pero después de lo Ayotzinapa todo, hasta el país, se fue al carajo; que Francisco celebraba sus cumpleaños en el psiquiátrico, que murió en 2008, a la edad de 56; que el huracán Manuel, el de septiembre de 2013, no dañó las instalaciones pero con Paulina, en octubre de 1997, sí se inundó y costó trabajo volverlo a levantar; que por eso mismo, Francisco vendió las tiendas de telas; que el psiquiatra, el psicólogo y el dentista van de vez en cuando; que por paciente se cobra de 150 a 300 pesos semanales, según la pobreza de la gente; que ella calcula que unos dos mil enfermos han pasado por el hospital, y que 150 mil pesos al mes sería lo ideal para que el Cristo de la Misericordia no tuviera tantas carencias. “Pero con muchos trabajos apenas juntamos como 80 mil”.
Todo esto, sin embargo, lo sabrás por la mañana, cuando haga un calor del diablo y en la radio del auto suene rock nacional.Lo primero que vemos al entrar es a un joven hecho un manojo de movimientos espasmódicos. Alguna vez fue otra persona, una que podía hilar ideas, que tenía amigos y que debió tener planes.
Y aunque la locura es un horror que se trae bien adentro, a este joven se le mira en los ojos una angustia inagotable. Entonces cobra un auténtico parecido a la figura que pintó Munch. En otros pacientes —es una alucinación mía—, la locura sale por la boca, en medio de un sonido que no es humano ni animal. Y hay otros en que la locura les genera una tristeza profunda y una desesperación insoportable, como debe estarle ocurriendo al viejo que está a unos metros, debajo de un limonero, cubriéndose del sol.
“Aquí tenemos esquizofrénicos y bipolares”, me dice Glendia. “Pero nos llega mucho enfermo con daño orgánico cerebral”. Más tarde, en el pabellón de “los aislados”, Glendia me señalará a algunos de esos zombis, locos, chiflados, lunáticos, desequilibrados, idos, maniacos que a nadie nos interesa contabilizar.
Pero ya me adelanté. Ahorita estamos en el pabellón de “los estables” y la situación de “los estables” es una moneda echada al aire, puede que encuentren la salud mental o no. Viven en dos galerones con camas de cemento, colchones meados y dos televisiones desvencijadas que parecen del tiempo de González Camarena.
Algunos de “los estables” nos miran como si acabáramos de llegar del espacio y hay otros que nos preguntan quiénes somos y luego posan para el fotógrafo y les dicen a otros que van a salir en la televisión y esos otros se ríen como risa grabada. El vigilante, ese sí que no ríe. Ya olvidé su nombre, pero no su peso ni su tamaño: así intimida a los pacientes y los mantiene a raya. Querré preguntarle qué hace interesante su trabajo, pero la enfermera y un chico en bermudas me distraen: ella trae los medicamentos y él carga un viejo balde con agua de la llave con el que los pacientes se empujan los medicamentos.
Después del cóctel psiquiátrico y amebas, Glendia nos lleva al pabellón de “los crónicos” y “los crónicos” son los que, según el diagnóstico, nunca van a montarse de nuevo en los ríales de la realidad. Muchos de ellos ya ni siquiera recuerdan cómo llegaron a este sitio o si alguien los trajo. Muchos de ellos escuchan voces. Muchos de ellos ya fueron olvidados por sus familiares.
—¿Cómo aguanta esto, Glendia?
—Porque, después de que se murió mi hijo Paco, aquí fue el único lugar donde encontré alivio.
“A mí no me gustaba venir al hospital. Le decía a Francisco que yo no tenía el carácter como él. Francisco era bromista, se daba a querer. Los enfermos le decían Papá Paco y a mí ni me conocían. Las veces que visitaba a Francisco me daba miedo, así que mejor me iba al cine o me iba a la casa a hojear revistas de moda. Alguna ocasión llegué a pensar que si Francisco faltara, ni mis hijas ni mi hijo Paco ni yo íbamos a involucrarlos.
El hospital era idea de Francisco y Francisco debía hacerse responsable. Pero luego se ahogó mi hijo Paco en la alberca de la casa y todo se movió. Después del funeral, me encerré meses en mi cuarto. El mundo me daba miedo. Yo quería volver a reír, volver a vivir, y nada. Nada me animaba. Así estuve hasta que un día se apareció Paco en mi recámara. ¿Por qué, mijo?, ¿por qué te moriste?, le pregunté.
Y él, con un rostro gozoso, me dijo: Porque lo necesita la familia. No sé si fue una visión o qué, pero eso me dio fuerzas para salir de mi cuarto y comencé a venir al hospital. Después entendí lo de “Necesita la familia”, cuando en su lecho de muerte Francisco me encargó el hospital y yo se lo prometí. Si mi hijo Paco no se hubiera muerto, yo no hubiera estado preparada para dirigir un lugar así. No, no estudié psicología, pero lo que aquí más se necesita es corazón”.
(De Glendia voy a recordar tres detalles:
1) Tiene una vieja libreta que le sirve de directorio telefónico; 2) En la pared colgó la carta que su marido le escribió hace ocho años, cuando Paco se ahogó; y 3) Cuando le pedí que me contara más pormenores de algunos enfermos, me contestó que sólo podría decirme ciertas cosas porque esa era la vida de los pacientes y ella no tenía el derecho a ventilarla.)
“¿Que qué ha sido lo más fuerte que he visto? Un chico que se colgó con su cinturón de un barandal. Se llamaba Óscar, tenía veinte años. Pasé como diez días deprimida. Primero porque estimaba a Óscar y luego porque tuve que enfrentar a las autoridades y a la familia. Eso fue en agosto del 2012, si no me equivoco”.
(No, Glendia no se equivoca. En agosto ha habido otros dos suicidios: uno en 2008, donde Patricio, de 49 años, se colgó con las sábanas; el otro ocurrió el año pasado: Manuel, también cuarentón, también se ahorcó).
“¿Que si en el pabellón de las mujeres también hay suicidios? Casi no. Lo que nos pasó hace un año fue que una paciente salió embarazada. Ella no dijo nada y, como ni se lo notaba, nos dimos cuenta hasta que la llevamos al Hospital General a que diera a luz. La noticia me puso muy mal. Me preguntaba si el culpable había sido uno de mis trabajadores. El asunto era serio. Vigilamos día y noche hasta que vimos a un paciente saltarse al pabellón de las mujeres. Él fue. Él la violó. A ese paciente aún lo tenemos aquí, es de los crónicos”.
Adentro del pabellón, donde se encuentran las mujeres, hay una que está peinándose el poco pelo que tiene (se los cortan, porque hay pacientes que podrían estrangularse con su propio cabello), otra canta estrofas de música sufrida, otra mira el televisor aunque no esté encendido (el horario es de 6 a 9 de la noche), otra camina de extremo a extremo diciendo en voz alta que ella fue reina sabe Dios de qué, otra nos lanza besos tremebundos. Pero Isabel, una señora que se maquilla feo y en exceso, es quien comienza una especie de performance:
“Me llamo Isabel. Yo vendía tiempos compartidos en Acapulco. No tengo familia, sólo a mis compañeritas. Ya me hubiera ido de aquí, pero mi novio no anda bien de dinero. ¿Saben qué es lo bueno? Que aquí soy feliz. Aquí ningún hombre me pega”.
Otra mujer, con los dientes negros y podridos por la nicotina, interrumpe:
“A mí me deberían de dar de alta, yo ya no veo cosas. Antes sí, pero eso fue antes”.
Una joven se abre espacio empujando al resto, se para frente a los barrotes, levanta los brazos como si pidiera permiso para dar la clase y dice:
“A mí me dan ataques. ¿Tú no eres mi tío?”
Otra mujer dice:
“Están bien bonitos, ¿me regalan dinero?”
Una con el rostro desolador se dirige a Glendia:
“¿Cuándo voy a salir? ¿No sabes? Pero si el otro día me dijiste que cuando me acabara la medicina y ya me la acabé. ¿Cuándo voy a salir? ¿Mañana? Dime que mañana, dime que mañana, dime que mañana…”
Y una vieja, cuyas arrugas parecen cicatrices, platica lo siguiente:
“Yo soy del kilómetro Treinta. ¿Sabes lo que es el Kilómetro Treinta? Ándale, tú sí sabes: ahí hay mucha mafia, pero yo no tengo nada qué ver. Ora que salga de aquí te voy a llevar”.